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Gratis · elegí una vozSophia era una niña de cuatro años con ojos brillantes como el sol de Cusco. Vivía en una casita de adobe con un techo de tejas rojas, junto a sus papás y su hermano mayor, Luis. Cusco, con sus calles empedradas y montañas majestuosas, era su hogar, y ella lo amaba con todo su corazón. Sophia era una niña muy feliz e inteligente. Le encantaba aprender cosas nuevas, preguntar "¿Por qué?" a cada rato, y explorar el mundo que la rodeaba. Sus papás la llenaban de amor, y Luis, aunque a veces la molestaba como cualquier hermano mayor, siempre la cuidaba.
Pero lo que Sophia más amaba en el mundo era a Fiona, su gata. Fiona era una gata calicó, con manchas de color naranja, negro y blanco. Tenía unos ojos verdes penetrantes y un ronroneo que podía calmar cualquier tristeza. Sophia y Fiona eran inseparables. Jugaban juntas en el jardín, dormían la siesta acurrucadas en la cama de Sophia y se contaban secretos al oído (bueno, Sophia le contaba secretos a Fiona, y Fiona la miraba con mucha atención, como si entendiera cada palabra).
Desde muy pequeña, Sophia había dicho que quería ser doctora cuando fuera grande. Le fascinaba la idea de curar a la gente, de hacer que se sintieran mejor. Jugaba a ser doctora con sus peluches y con Fiona, a quien examinaba con un estetoscopio de juguete y le daba pastillas de menta para la tos. Un día, mientras jugaba en el jardín, Sophia vio a su abuela, la mamá de su papá, sentada en una banca, con el rostro un poco triste. La abuela de Sophia era una mujer muy sabia, que conocía muchas historias antiguas de Cusco y que siempre tenía una sonrisa para Sophia. Pero hoy, su sonrisa parecía un poco apagada.
Sophia se acercó a su abuela y le preguntó: "Abuelita, ¿estás bien? Te veo un poco triste". La abuela suspiró y le dijo: "Ay, Sophita, me duele un poquito el corazón. No es un dolor físico, sino un dolor de recuerdos. Echo de menos a tus abuelos, a los que ya no están con nosotros". Sophia pensó por un momento. Sabía que su abuela amaba mucho a sus abuelos, y que a veces se sentía sola sin ellos. Entonces, tuvo una idea brillante. "¡Ya sé!", exclamó Sophia. "Voy a curarte el corazón, abuelita".
Sophia corrió a su habitación y regresó con su estetoscopio de juguete y una cajita llena de sus tesoros: una pluma de colibrí, una piedrita con forma de corazón, una flor de cantuta (la flor nacional de Perú) y una foto de ella con su abuela. "Primero", dijo Sophia, poniéndose el estetoscopio y acercándolo al pecho de su abuela, "tengo que escuchar tu corazón para saber qué le pasa". Sophia escuchó con mucha atención, haciendo ruidos graciosos con la boca como si realmente estuviera entendiendo algo. Luego, sacó la pluma de colibrí y la sopló suavemente sobre el rostro de su abuela. "Esta pluma es mágica", explicó Sophia. "Te traerá buenos recuerdos y te quitará la tristeza".
Después, le dio la piedrita con forma de corazón a su abuela. "Esta piedra te recordará que te quiero mucho, y que siempre estaré aquí para ti". Finalmente, le mostró la flor de cantuta y la foto de ellas dos. "Esta flor es la flor de Perú, y representa la belleza y la alegría. Y esta foto es para que recuerdes todos los momentos felices que hemos compartido juntas". La abuela de Sophia sonrió. Su sonrisa era más brillante que antes. Tomó la mano de Sophia y le dijo: "Gracias, Sophita. Has curado mi corazón. Tus palabras y tus tesoros son el mejor remedio del mundo".
Sophia se sintió muy feliz. Había descubierto que ser doctora no solo significaba curar enfermedades del cuerpo, sino también curar el corazón con amor y cariño. Desde ese día, Sophia siguió jugando a ser doctora, pero ahora sabía que su trabajo era mucho más importante de lo que pensaba. Y Fiona, por supuesto, siempre estaba ahí para ayudarla, ronroneando suavemente y ofreciendo su compañía. Sophia sabía que, con amor y cariño, podía curar cualquier herida, y que, junto a su familia y su gata Fiona, seguiría explorando el mundo mágico de Cusco, aprendiendo y creciendo cada día.
Unos días después, mientras Sophia caminaba por la Plaza de Armas con sus papás y Luis, vio a un niño llorando porque había perdido su helado. Sin dudarlo, Sophia se acercó al niño y le ofreció un abrazo. "No te preocupes", le dijo Sophia. "La tristeza se cura con abrazos y sonrisas". El niño dejó de llorar y le devolvió la sonrisa a Sophia. En ese momento, Sophia supo que su camino estaba claro: sería una doctora que curaría con amor, una doctora del corazón. Y Fiona, su fiel amiga, siempre estaría a su lado, lista para ronronear y ofrecer consuelo a quien lo necesitara. Porque el amor, Sophia lo sabía, era la medicina más poderosa de todas.
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