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Mi muñeca Sophie era mi mejor amiga. Sophie tenía ojos grandes, azules como el cielo en un día de verano. Tenía brazos suaves, hechos de tela de algodón que olía a lavanda, y pies chiquitos, perfectos para abrazar. Siempre la llevaba conmigo a todas partes: al parque, al supermercado, incluso a la hora de dormir.
Un día soleado, mientras jugábamos a las escondidas en el jardín, ¡PUM! ¡Sophie se cayó al suelo! No fue una caída suave, no señor. Fue una caída estrepitosa, una caída de aquellas que te hacen contener la respiración. La recogí rápidamente, pero algo no estaba bien. Sophie estaba… ¡desarmada! Sus partes estaban esparcidas por el césped. ¡Qué desastre!
Sentí un nudo en el estómago. Mis ojos se llenaron de lágrimas. ¿Cómo iba a volver a armar a Sophie? ¡Estaba hecha pedazos! Respiré hondo y decidí que no me iba a rendir. Sophie me necesitaba. Con cuidado, comencé la búsqueda del tesoro, buscando cada una de sus partes perdidas.
Primero, encontré la cabeza de Sophie. Estaba boca abajo, con su pelo rubio revuelto y una mirada de sorpresa en sus ojos azules. La recogí con delicadeza y la abracé contra mi pecho. “Tranquila, Sophie,” le susurré, “Te voy a arreglar.”
Después encontré los brazos. Uno estaba debajo de un rosal, el otro cerca del columpio. Los brazos suaves, tan familiares, me recordaron todos los abrazos que Sophie me había dado. Los limpié con cuidado y los puse junto a su cabeza.
Luego encontré las piernas. Una estaba escondida detrás de una maceta, la otra cerca del tobogán. Las piernas chiquitas, listas para correr y jugar, ahora yacían inertes. Las recogí con cariño y las uní al resto de las partes de Sophie.
Pero… ¡faltaba algo! Miré a mi alrededor, desesperada. ¿Dónde estaban las partes más importantes, las que le daban vida a Sophie? ¿Dónde estaban sus ojos, su boca, su nariz y sus orejas?
Revisé debajo de los arbustos, entre las flores, incluso en la casita de pájaros. ¡Nada! Estaba a punto de rendirme, cuando vi algo brillante en la tierra. ¡Eran las pequeñas piezas de plástico que formaban la cara de Sophie!
Con mucho cuidado, recogí los ojos, la boca, la nariz y las orejas. Estaban cubiertos de tierra y pasto, pero después de limpiarlos con mi manga, brillaban como nuevos. Ahora solo quedaba volver a armar a Sophie.
Con la ayuda de mi mamá, quien era una experta en coser y arreglar juguetes, comenzamos la tarea. Primero, cosimos la cabeza al cuerpo, luego los brazos y las piernas. Finalmente, pegamos con mucho cuidado los ojos, la boca, la nariz y las orejas en su lugar.
Fue un trabajo largo y delicado, pero poco a poco, Sophie comenzó a tomar forma de nuevo. Cuando terminamos, la miré con admiración. ¡Estaba perfecta! Incluso parecía más feliz que antes.
La abracé con fuerza. “¡Sophie, estás completa!” exclamé. Y entonces, escuché una vocecita suave en mi oído:
“¡Gracias por ayudarme! ¡Sophie está feliz otra vez!”
Desde ese día, cuidé a Sophie con aún más cariño. Aprendí que incluso cuando las cosas se rompen, se pueden arreglar con paciencia, amor y un poco de ayuda de mamá. Y Sophie, mi muñeca desarmada, se convirtió en un símbolo de nuestra amistad inquebrantable. Siempre recordaría el día que la encontré hecha pedazos en el jardín y cómo, juntas, la volvimos a armar, pieza por pieza, hasta que volvió a ser la muñeca alegre y cariñosa que siempre había sido. Ahora, cuando jugamos a las escondidas, tengo mucho más cuidado para que no se caiga, aunque si eso llegara a suceder, ya sé qué hacer. Porque sé que con un poco de paciencia y amor, podemos superar cualquier obstáculo, incluso el de volver a armar a una muñeca desarmada. Y es que, al final del día, lo importante no es que las cosas sean perfectas, sino que estén llenas de amor y cariño. Y Sophie, mi muñeca, estaba llena de eso.
Porque cada vez que la abrazo, siento ese amor y cariño que me transmitió el día que la rescaté del jardín. Y sé que nuestra amistad durará para siempre, incluso si alguna vez se vuelve a caer y se desarma. Porque ahora sé que siempre estaré ahí para volver a armarla, pieza por pieza, con todo mi amor.
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