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Gratis · elegí una vozSofía se miró en el espejo. Llevaba un sombrero de paja demasiado grande, una capa roja que le arrastraba por el suelo y unas botas de goma amarillas que le quedaban enormes. “¡Me siento como el Gato con Botas!” exclamó, aunque sabía que el Gato con Botas era mucho más elegante y astuto. Sofía, bueno, Sofía era solo Sofía, una niña de siete años con una imaginación desbordante.
Ese día, el abuelo le había pedido que cuidara de su gallina, Clotilde. Clotilde era una gallina muy especial. No ponía huevos dorados, ni hablaba (aunque Sofía a veces juraba que la entendía), pero era la gallina más cariñosa del mundo. Siempre seguía a Sofía por el jardín y le picoteaba suavemente los zapatos.
“Hoy seré el Gato con Botas y tú serás mi fiel compañero,” le dijo Sofía a Clotilde, mientras le ponía una pequeña flor en la cabeza. Clotilde cacareó en respuesta, como si entendiera el plan.
Su primera misión, como el Gato con Botas, era encontrar un tesoro. Había escuchado a su abuelo hablar de un “tesoro de zanahorias” escondido en el huerto. ¡Zanahorias! El premio perfecto para una gallina aventurera y su valiente Gato con Botas.
Con Clotilde pisándole los talones, Sofía se adentró en el huerto. Las plantas de tomate parecían gigantes, y las lechugas se extendían como un mar verde. “¡Atención, Clotilde! Podría haber ogros escondidos,” susurró Sofía, ajustándose el sombrero. Clotilde, sin inmutarse, picoteó una lombriz desprevenida.
De repente, Sofía vio algo brillante entre las hojas de una calabaza. ¡Un tesoro! Se acercó con cautela, con el corazón latiéndole con fuerza. Pero no eran zanahorias. Era una lata vieja, reluciente bajo el sol. Sofía se sintió un poco decepcionada.
“Un momento… ¡esto no es un tesoro cualquiera!” exclamó, al darse cuenta de que la lata estaba llena de gusanos. ¡Gusanos gordos y jugosos! Clotilde, al verlos, se puso muy contenta y comenzó a picotearlos con entusiasmo.
“¡Clotilde, espera! ¡No te los comas todos!” Sofía rió, intentando apartar a la gallina de la lata. Pero Clotilde estaba demasiado ocupada disfrutando de su “tesoro”.
Después de la aventura del tesoro de gusanos, Sofía decidió que necesitaban un desafío mayor. Había escuchado a su abuela quejarse de un “monstruo” que se comía sus fresas. ¡Un monstruo! El Gato con Botas no podía permitir que un monstruo aterrorizara a la abuela.
Sofía y Clotilde se dirigieron al jardín de fresas. Las fresas eran rojas y brillantes, pero muchas de ellas estaban mordisqueadas. “¡El monstruo ha estado aquí!” dijo Sofía con dramatismo. Clotilde cacareó preocupada.
Siguiendo un rastro de hojas mordidas, Sofía y Clotilde llegaron a un arbusto de rosas. Allí, escondido entre las espinas, estaba el “monstruo”. Era un pequeño erizo, comiendo fresas con deleite.
Sofía sintió lástima por el erizo. Estaba claro que solo tenía hambre. “¡No eres un monstruo!” le dijo Sofía al erizo. “Solo eres un erizo hambriento”.
Decidió que en lugar de asustar al erizo, le daría algo de comer. Buscó en su bolsillo y encontró una galleta de avena que su abuela le había dado. La partió en pedazos y se la ofreció al erizo. El erizo, al principio tímido, pronto se acercó y comenzó a comer la galleta con gusto.
Clotilde también pareció hacer amistad con el erizo, picoteando suavemente a su alrededor. Sofía sonrió. Había domesticado al “monstruo” con una galleta y la amistad de una gallina.
Al final del día, Sofía y Clotilde regresaron a casa, cansadas pero felices. No habían encontrado oro ni riquezas, pero habían encontrado gusanos, un erizo hambriento y, lo más importante, la alegría de la aventura.
Sofía se quitó el sombrero, la capa y las botas. Ya no se sentía tanto como el Gato con Botas, pero se sentía orgullosa de ser Sofía, la niña que había rescatado un tesoro de gusanos y domesticado a un monstruo de fresas.
Su abuelo la esperaba en la puerta. “¿Cómo te fue cuidando de Clotilde?” preguntó.
“¡Fue una gran aventura, abuelo!” respondió Sofía. “¡Fuimos el Gato con Botas y su fiel compañero!”
El abuelo sonrió. Sabía que Sofía tenía una imaginación maravillosa. “Me alegro de que te hayas divertido,” dijo. “Ahora, ¿qué te parece si comemos unas fresas?”
Sofía asintió con entusiasmo. Pero antes de entrar, miró a Clotilde y le susurró: “Mañana tendremos otra aventura, mi fiel compañero. ¡Quizás encontremos un dragón!” Clotilde cacareó, lista para cualquier cosa.
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