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Gratis · elegí una vozEn un valle verde y exuberante, donde helechos gigantes se alzaban hacia el cielo y ríos cristalinos serpenteaban entre rocas cubiertas de musgo, vivía Steven, un dinosaurio joven y travieso. Steven no era como los demás dinosaurios. Mientras que sus amigos disfrutaban jugando a las escondidas entre los árboles o persiguiendo mariposas de colores brillantes, Steven tenía una peculiar afición: ¡le gustaba robar! No robaba cosas importantes como comida o refugio. No, a Steven le gustaba robar juguetes, canicas brillantes, e incluso las flores más bonitas que encontraba.
Un día, Steven vio a Terry, un Triceratops pequeño y tímido, jugando con una pelota roja brillante. La pelota era el juguete favorito de Terry, un regalo de su abuela. Steven, con su astuta mirada, se acercó sigilosamente a Terry, esperó el momento justo y, ¡zas!, le arrebató la pelota de las manos. Terry, sorprendido y triste, comenzó a llorar desconsoladamente. Steven, en lugar de sentir remordimiento, sintió una punzada de emoción. Le encantaba la sensación de tener algo que no le pertenecía. Corrió a esconder la pelota roja en su cueva secreta, un lugar lleno de juguetes robados, canicas brillantes y flores marchitas.
Los días pasaron y Steven continuó con sus travesuras. Le robó a Rita, la Brachiosaurus, su collar de semillas brillantes. Le robó a Pablo, el Pterodáctilo, su colección de plumas de colores. Cada vez que robaba algo, sentía una breve ráfaga de alegría, pero esa alegría nunca duraba mucho. Pronto se daba cuenta de que los demás dinosaurios lo miraban con desconfianza y tristeza. Nadie quería jugar con él. Steven se sentía solo, pero era demasiado orgulloso para admitir que su comportamiento era incorrecto.
Un día soleado, mientras Steven caminaba por el valle, notó un alboroto cerca del río. Un grupo de dinosaurios estaban reunidos, mirando algo con preocupación. Steven, curioso, se acercó para ver qué estaba pasando. Al acercarse, vio a un dinosaurio grande y corpulento, un Tyrannosaurus Rex, arrebatándole un pequeño dinosaurio, un Stegosaurus bebé, un tren de madera. El Stegosaurus bebé lloraba amargamente, intentando alcanzar su juguete. El Tyrannosaurus Rex, con una sonrisa malvada, se alejaba con el tren en sus garras.
Algo extraño sucedió en el corazón de Steven. Al ver al Stegosaurus bebé tan triste y al Tyrannosaurus Rex tan cruel, Steven sintió un escalofrío. De repente, entendió cómo se sentían los demás dinosaurios cuando él les robaba sus cosas. Sintió una profunda vergüenza al recordar todas las veces que había hecho llorar a sus amigos. Sin pensarlo dos veces, Steven corrió tras el Tyrannosaurus Rex. "¡Oye! ¡Devuelve el tren!", gritó Steven con valentía.
El Tyrannosaurus Rex se detuvo y miró a Steven con desprecio. "¿Y tú quién eres para decirme qué hacer?", gruñó el Tyrannosaurus Rex. Steven, aunque asustado por el tamaño del Tyrannosaurus Rex, se mantuvo firme. "Sé lo que se siente que te roben algo. No está bien", dijo Steven con voz temblorosa. El Tyrannosaurus Rex soltó una carcajada. "¡Qué me vas a enseñar tú!", dijo burlonamente. Pero al ver la determinación en los ojos de Steven, el Tyrannosaurus Rex pareció dudar por un momento. Steven aprovechó ese momento para arrebatarle el tren de madera y correr de vuelta hacia el Stegosaurus bebé.
Entregó el tren al Stegosaurus bebé, quien lo miró con gratitud y le regaló una sonrisa. Steven sintió una calidez en su corazón que nunca había sentido antes. No era la alegría egoísta de robar, sino la alegría genuina de hacer algo bueno por otra persona. Ese día, Steven tomó una decisión importante. Corrió a su cueva secreta y sacó todos los juguetes robados, las canicas brillantes y las flores marchitas. Uno por uno, fue a cada uno de los dinosaurios a los que había robado y les devolvió sus pertenencias.
Rita recuperó su collar de semillas brillantes y le dio a Steven un abrazo. Pablo recuperó su colección de plumas de colores y le enseñó a Steven a volar cometas. Terry recuperó su pelota roja brillante y lo invitó a jugar. Steven se disculpó con todos y prometió nunca volver a robar nada. Los demás dinosaurios, al ver su sincero arrepentimiento, lo perdonaron. Steven aprendió una valiosa lección: la verdadera felicidad no se encuentra en tener cosas que no te pertenecen, sino en ser honesto, amable y generoso con los demás. Desde ese día, Steven el dinosaurio se convirtió en un amigo leal y confiable, y nunca más volvió a robar nada.
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