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Gratis · elegí una vozSumaq vivía en un pequeño pueblo en los Andes, rodeado de montañas imponentes. Pero a diferencia de los demás niños que jugaban felices correteando por las laderas, Sumaq se sentía un poco… apagada. No es que no fuera feliz, pero anhelaba algo más, algo que no sabía definir. Observaba las montañas cada día, especialmente una, la más alta, que los lugareños llamaban la Montaña de los Colores. Se decía que en su cima, donde el sol besaba la nieve, existía un jardín secreto lleno de flores que brillaban con todos los colores del arcoíris. Sumaq soñaba con ver ese jardín.
Un día, mientras ayudaba a su abuela a tejer un poncho, Sumaq le confesó su deseo. La abuela, una mujer sabia con ojos brillantes como las estrellas, sonrió. "Sumaq, mi niña," dijo, "la Montaña de los Colores no se conquista con los pies, sino con el corazón. Debes encontrar algo valioso para ofrecerle." Sumaq frunció el ceño. ¿Qué podía ofrecerle a una montaña tan majestuosa? No tenía oro ni joyas. Solo tenía su amor por su pueblo y su deseo de ver el jardín.
Decidida, Sumaq empacó una pequeña bolsa con una manta, un poco de pan de quinua y una flauta que su abuelo le había regalado. Se despidió de su abuela con un abrazo fuerte y comenzó su ascenso. El camino era empinado y rocoso. El sol quemaba y el viento helaba. Sumaq se sentía cansada, pero recordaba las palabras de su abuela y seguía adelante.
En el camino, se encontró con un cóndor herido. Su ala estaba rota y no podía volar. Sumaq, con cuidado, examinó al ave. Recordó las hierbas medicinales que su abuela le había enseñado a usar. Preparó una cataplasma y la aplicó en el ala del cóndor, cantándole suavemente una melodía con su flauta. El cóndor, agradecido, la miró con sus ojos profundos.
Más adelante, se topó con un riachuelo seco. Los animales estaban sedientos y la tierra agrietada. Sumaq, con paciencia, buscó una fuente de agua cercana y, utilizando su manta como un filtro improvisado, logró llenar un pequeño estanque. Los animales bebieron con avidez y la tierra comenzó a reverdecer.
Finalmente, después de días de caminata, Sumaq llegó a la base de la Montaña de los Colores. La nieve cubría todo y el frío era intenso. Estaba a punto de rendirse cuando escuchó un sonido suave, como un lamento. Siguió el sonido y encontró a una llama bebé, sola y temblando de frío. Su madre no estaba por ningún lado. Sumaq la abrazó con fuerza, compartiendo su calor. Le dio un poco de su pan de quinua y cantó una canción de cuna. La llama se acurrucó contra ella y se durmió.
A la mañana siguiente, Sumaq despertó y se encontró rodeada de un resplandor mágico. La nieve había desaparecido y, en su lugar, se extendía un jardín exuberante lleno de flores que brillaban con todos los colores del arcoíris. Era aún más hermoso de lo que había imaginado. En el centro del jardín, vio a su abuela, sonriendo.
"Has demostrado tener un corazón puro, Sumaq," dijo la abuela. "La Montaña de los Colores no necesitaba oro ni joyas. Necesitaba bondad, compasión y amor. Tu deseo se ha cumplido porque has aprendido a dar." Sumaq entendió entonces que la verdadera belleza no estaba en las flores, sino en el camino que había recorrido y en las acciones que había realizado. Se quedó en el jardín por un tiempo, maravillándose con su esplendor, pero luego regresó a su pueblo, con el corazón lleno de alegría y la certeza de que el verdadero tesoro se encuentra en ayudar a los demás. El cóndor voló sobre ella, agradecido, y la llama bebé la siguió hasta su casa. Sumaq, ahora, entendía el verdadero significado de su deseo. La Montaña de los Colores la había transformado. Desde ese día, Sumaq dedicó su vida a cuidar de su comunidad y a compartir su amor con todos los que la rodeaban. Sabía que el jardín secreto siempre estaría en su corazón, un recordatorio constante de la importancia de la bondad y la compasión.
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