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Gratis · elegí una vozNico era un niño especial. No tenía súper fuerza, ni podía volar. Su súper poder era la alegría. Siempre estaba sonriendo, y su risa era tan contagiosa que iluminaba hasta los días más grises. Por eso, todos lo llamaban Súper Nico. Vivía en un pequeño pueblo llamado Villa Esperanza, un lugar donde la gente era amable y siempre estaba dispuesta a ayudar.
Un día, Nico notó algo extraño. Las personas en Villa Esperanza ya no sonreían. Los pájaros no cantaban con la misma alegría, y hasta las flores parecían tristes. La alegría, el ingrediente secreto de Villa Esperanza, ¡había desaparecido! Nico sintió un pinchazo en el corazón. No podía permitir que su pueblo perdiera su esencia.
"¡Tengo que hacer algo!", exclamó Nico, poniéndose su capa hecha con una vieja toalla amarilla y su antifaz de cartón brillante. Salió corriendo de su casa, decidido a encontrar la alegría perdida. Lo primero que hizo fue preguntarle a la Señora Elena, la panadera del pueblo, conocida por sus deliciosos panes y su sonrisa cálida.
"Señora Elena, ¿qué ha pasado? Nadie sonríe hoy", preguntó Nico con preocupación.
La Señora Elena suspiró. "Ay, Nico, mi niño. Desde ayer, siento como si una nube gris me cubriera el corazón. No sé qué ha pasado, pero no tengo ganas de hornear, ni de reír, ni de nada".
Nico sintió un escalofrío. La Señora Elena era la persona más alegre que conocía. Si ella no sentía alegría, ¡la situación era grave! Decidió seguir investigando. Se encontró con Don Pepe, el jardinero, que siempre tenía los rosales más hermosos del pueblo. Don Pepe estaba sentado en un banco, mirando sus flores con tristeza.
"Don Pepe, ¿por qué sus rosales están tan apagados?", preguntó Nico.
"No lo sé, Nico. Les he puesto agua, les he dado abono, pero no florecen. Y yo... yo tampoco siento la alegría de cuidarlos", respondió Don Pepe con voz apagada.
Nico entendió que la pérdida de la alegría era generalizada. Tenía que encontrar la causa. Pensó y pensó, hasta que recordó una leyenda que su abuelo le había contado: en lo alto de la Montaña Nublada, vivía un duende travieso llamado Grisín, que odiaba la alegría y se alimentaba de ella. Quizás, Grisín era el responsable de la desaparición de la alegría en Villa Esperanza.
Sin dudarlo, Nico decidió escalar la Montaña Nublada. Sabía que sería un camino difícil, pero estaba dispuesto a todo para recuperar la alegría de su pueblo. Empacó una mochila con unas galletas de la Señora Elena (aunque estaban un poco sosas sin la alegría), una botella de agua y una linterna de juguete.
La subida fue dura. El camino era empinado y lleno de piedras. La niebla era tan densa que apenas podía ver. Pero Nico no se rindió. Recordaba las sonrisas de la gente de su pueblo, el canto de los pájaros y el aroma de las flores, y eso le daba fuerzas para seguir adelante.
Después de horas de caminata, Nico llegó a la cima de la montaña. Allí, en medio de la niebla, vio una pequeña cabaña oscura. Se acercó con cuidado y escuchó una risa malvada que venía de adentro. Era la risa de Grisín.
Nico respiró hondo y tocó la puerta. La puerta se abrió con un chirrido, y Nico se encontró cara a cara con el duende Grisín. Era pequeño, con la piel grisácea y una mirada fría. En sus manos, sostenía una esfera brillante, de la que salían rayos de tristeza.
"¿Qué quieres, niño?", preguntó Grisín con voz ronca.
"Quiero la alegría de Villa Esperanza", respondió Nico con valentía. "Tú la has robado".
Grisín soltó una carcajada. "¡Ja! ¿Y qué vas a hacer tú para quitármela? No tienes fuerza, no tienes magia".
"Tengo alegría", dijo Nico, y sonrió. Su sonrisa era tan brillante que iluminó la cabaña. Grisín se tambaleó hacia atrás, sorprendido. La alegría de Nico era tan poderosa que le dolía.
Nico siguió sonriendo y comenzó a reír. Su risa resonó en la montaña, y la esfera que sostenía Grisín comenzó a temblar. La alegría de Nico era más fuerte que la tristeza de Grisín. La esfera se rompió en mil pedazos, y la alegría liberada volvió a Villa Esperanza.
De repente, Nico se sintió más ligero. La niebla desapareció, el sol brilló con fuerza, y desde abajo, escuchó las risas y las canciones de la gente de Villa Esperanza. Grisín, derrotado, se desvaneció en la niebla.
Nico bajó de la montaña corriendo. Al llegar al pueblo, fue recibido con abrazos y alegría. La Señora Elena horneaba panes con una sonrisa, Don Pepe cuidaba sus rosales florecientes, y los pájaros cantaban más fuerte que nunca. Súper Nico había salvado el día, no con fuerza o magia, sino con su alegría contagiosa. Y así, Villa Esperanza volvió a ser un lugar lleno de felicidad, gracias a un niño con un súper poder muy especial.
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