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Había una vez un niño llamado Tilo. Tilo era un niño pequeño, de unos seis años, con el cabello castaño siempre alborotado y la piel bronceada por el sol del verano. Tilo vivía en una casita al borde de un bosque susurrante, donde los árboles parecían contar secretos cada vez que soplaba el viento. Tilo era un niño muy feliz, pero a veces, sentía que su corazón latía más rápido de lo normal. A veces, las cosas no salían como él quería y sentía que una tormenta de arena soplaba dentro de su pecho, nublando sus pensamientos y haciéndole apretar los puños.
Una mañana de sábado, Tilo estaba especialmente emocionado. Llevaba semanas esperando el Gran Picnic del Bosque. Había preparado su juguete favorito, un pequeño avión de madera tallado a mano, y había ayudado a su abuela Rosa a preparar galletas de avena. Pero, justo cuando estaba a punto de salir, ocurrió un desastre. Al intentar guardar el avión en su mochila, Tilo tropezó con la alfombra y el avión voló por los aires, aterrizando con un crujido seco contra el suelo de madera. Una de las alas se había partido por la mitad.
Tilo sintió que el calor subía por su cuello. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sintió que quería gritar tan fuerte como un trueno. En ese momento, su abuela Rosa, una mujer de cabellos plateados recogidos en un moño y que siempre llevaba un chal de color púrpura, se acercó a él con calma. No lo regañó por el ruido, ni le dijo que no pasaba nada. Simplemente se sentó a su lado en el suelo.
—Tilo, parece que tienes un volcán a punto de estallar dentro —dijo la abuela con voz suave—. Antes de intentar arreglar el avión, ¿por qué no intentamos arreglar la tormenta que tienes dentro? Te enseñaré el secreto de las tres respiraciones.

Tilo la miró con curiosidad, sorbiendo un poco de aire. La abuela Rosa le explicó la primera respiración: La Respiración del León. —Imagina que eres el rey de la selva —dijo ella—. Toma aire por la nariz, llenando bien tu pecho, y luego suéltalo por la boca con un rugido silencioso, sacando la lengua y dejando que toda esa rabia salga con el aire.
Tilo lo intentó. Inhaló profundamente y luego soltó el aire con fuerza: «¡Haaaaaaa!». Sintió que la tensión en sus hombros bajaba un poquito. Lo hizo dos veces más. El volcán ya no quemaba tanto.
Pero entonces, miró por la ventana y vio que el cielo se había vuelto gris. Grandes gotas de lluvia empezaron a golpear el cristal. El picnic se había cancelado. Tilo sintió una tristeza pesada, como si llevara una mochila llena de piedras. La abuela Rosa lo abrazó y le dijo: —Ahora es el momento de la segunda respiración: La Respiración del Globo.
—Pon tus manos sobre tu barriga —le indicó la abuela—. Ahora, imagina que tu barriga es un globo de color azul brillante. Inhala lentamente por la nariz y siente cómo el globo se infla, empujando tus manos hacia afuera. Luego, suelta el aire muy despacio por la boca, como si el globo se estuviera desinflando poco a poco, dejando que la tristeza se escape con el aire.

Tilo cerró los ojos. Inhaló y sintió su barriga crecer. Exhaló lentamente, imaginando el globo azul volando lejos entre las nubes. Repitió esto varias veces. La pesadez en su pecho empezó a disolverse, como el azúcar en la leche caliente. Aunque seguía lloviendo, ya no se sentía tan mal.
Finalmente, la lluvia paró y un rayo de sol se filtró por las nubes. Tilo salió al jardín, donde el olor a tierra mojada lo inundó todo. Sin embargo, al buscar en su bolsillo su canica de la suerte para jugar, se dio cuenta de que no estaba. Se puso nervioso de nuevo, buscando entre la hierba alta. La abuela Rosa salió tras él y le puso una mano en el hombro.
—Es hora de la última respiración, Tilo: La Respiración de la Flor. Imagina que tienes frente a ti la flor más hermosa y fragante del mundo. Inhala su perfume muy suavemente por la nariz, disfrutando del aroma. Luego, imagina que tienes una vela frente a ti y exhala con un soplo tan suave que la llama se mueva, pero no se apague.
Tilo lo hizo. El aire entró fresco y salió como una caricia. En ese estado de calma total, sus ojos se enfocaron mejor. Allí, entre dos pétalos de una margarita, brillaba su canica azul. La recogió con una sonrisa.
—Gracias, abuela —dijo Tilo, sintiéndose ligero como una pluma—. El avión se puede pegar, la lluvia regó las flores y mi canica ha vuelto. Pero lo mejor es que ahora sé qué hacer cuando el volcán quiere estallar.
Aquella tarde, Tilo no solo arregló su avión con un poco de pegamento y mucha paciencia, sino que también comprendió que, aunque no podía controlar lo que pasaba afuera, siempre tendría sus tres respiraciones para cuidar lo que pasaba adentro.
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