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Gratis · elegí una vozTito siempre había sido un lobezno muy travieso y alocado. Desde que era un cachorro, no paraba ni un segundo. Siempre estaba ladrando, aullando, y se pasaba todo el tiempo corriendo y dando vueltas de un lado a otro. Su energía era inagotable, ¡como un pequeño torbellino de pelo gris!
Vivía cerca de la granja de Don Pedro, un hombre bonachón con una barba blanca como la nieve y un sombrero de paja que siempre estaba torcido. Don Pedro tenía una granja preciosa, llena de animales tranquilos y obedientes: vacas que mugían suavemente, gallinas que cacareaban con delicadeza, ovejas que balaban con dulzura y cerdos que gruñían contentos.
Un día, Tito, jugando cerca de la valla, asustó a las gallinas, que salieron corriendo y cacareando por todas partes. Don Pedro, al ver el alboroto, se acercó a Tito con una mirada seria pero amable.
"Tito, Tito," dijo Don Pedro con voz suave, "Eres un lobezno muy simpático, pero eres demasiado alocado. Mira a mis animales. Son tranquilos y obedientes. ¿Podrías intentar ser como ellos?"
Tito, con sus grandes ojos brillantes, miró a Don Pedro con arrepentimiento. Él quería agradar al granjero, así que asintió con la cabeza y prometió intentarlo.
"¡Lo intentaré, Don Pedro! ¡Prometo ser un buen lobezno de granja!", exclamó Tito, moviendo la cola con entusiasmo.
Al día siguiente, Tito se propuso ser el lobezno más tranquilo del mundo. Intentó caminar despacio, como las vacas, pero sus patas no dejaban de moverse. Intentó ladrar suavemente, como las gallinas, pero le salía un aullido potente que resonaba por toda la granja. Intentó quedarse quieto, como las ovejas, pero sentía una necesidad imperiosa de correr y saltar.
La primera tarea de Tito fue ayudar a Don Pedro a llevar a las vacas al establo. Intentó caminar a su lado, tranquilamente, pero al ver una mariposa revoloteando, no pudo resistirse. ¡Salió corriendo tras ella, ladrando y aullando de alegría!
Las vacas, asustadas por el ruido y la repentina carrera de Tito, se dispersaron por todo el campo. Don Pedro suspiró. No parecía que Tito fuera a tener un día fácil.
La siguiente tarea fue alimentar a las gallinas. Tito intentó echarles el grano con cuidado, pero al ver a un pequeño ratón corriendo por el gallinero, su instinto de cazador se despertó. ¡Empezó a perseguir al ratón, ladrando y aullando, y el grano salió volando por todas partes!
Las gallinas, asustadas de nuevo, se refugiaron en el gallinero, dejando a Tito solo, cubierto de grano y con la cola entre las patas.
Por la tarde, Don Pedro le pidió a Tito que cuidara de las ovejas. Tito se sentó junto a ellas, intentando quedarse quieto y en silencio. Las ovejas, al principio, parecían tranquilas, pero al rato, Tito empezó a sentirse aburrido. ¡Necesitaba hacer algo! Así que, para entretenerse, empezó a dar vueltas alrededor de las ovejas, ladrando y aullando suavemente.
Las ovejas, que no estaban acostumbradas a ese comportamiento, se pusieron nerviosas y empezaron a correr en círculos, balando asustadas. ¡Pronto, todo el rebaño estaba corriendo sin control por el campo!
Don Pedro, al ver el caos, se acercó a Tito con una expresión de preocupación.
"Tito," dijo Don Pedro con paciencia, "Sé que estás intentando ser como los demás animales, pero no puedes cambiar quien eres. Eres un lobezno travieso y alocado, y eso está bien. Pero quizás, esta granja no sea el lugar adecuado para ti."
Tito se sintió muy triste. Él quería ayudar a Don Pedro, pero era incapaz de controlar su energía y su instinto. Con lágrimas en los ojos, Tito se despidió de Don Pedro y se fue corriendo hacia el bosque.
En el bosque, Tito se sintió libre de nuevo. Corrió, saltó, ladró y aulló hasta que se cansó. Se dio cuenta de que no tenía que ser como los demás. Él era Tito, el lobezno travieso y alocado, y eso era lo que le hacía especial.
Al día siguiente, Tito volvió a visitar a Don Pedro. No para ayudar en la granja, sino para jugar y hacerle compañía. Don Pedro, al ver a Tito, sonrió. Se dio cuenta de que la felicidad de Tito era más importante que la tranquilidad de la granja.
Así, Tito y Don Pedro se hicieron grandes amigos. Tito seguía siendo un lobezno travieso y alocado, pero Don Pedro aprendió a aceptarlo tal como era. Y aunque la granja a veces era un poco desordenada, ¡siempre estaba llena de alegría y diversión!
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