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Gratis · elegí una vozTito era un osito curioso que vivía con su mamá en una casita tranquila. Tenía bloques de colores, cuentos llenos de aventuras, pinturas brillantes… ¡y muchas ganas de jugar! Le encantaba construir castillos altísimos con sus bloques, pintar arcoíris que cruzaban el cielo y sumergirse en las historias de valientes caballeros y princesas encantadas.
Un día, vio algo nuevo sobre la mesa de la cocina. Era plano, brillante y parecía mágico.
—¿Qué es esto, mamá? —preguntó Tito, con los ojos muy abiertos.
—Es mi móvil, cielo. A veces lo uso para trabajar, para hablar con tus abuelos o para buscar recetas deliciosas —respondió ella, sonriendo.
Tito, con su pequeña patita, lo tocó con cuidado.
¡Luces brillantes! ¡Canciones pegadizas! ¡Dibujos que se movían solos como por arte de magia! Le encantó al instante. Era como tener un universo entero en la palma de su mano.
Desde ese día, Tito empezó a usar el móvil cada vez más. Se sentaba en el sillón, con los ojos fijos en la pantalla, y miraba, y miraba, y miraba… Descubrió juegos emocionantes, videos divertidos de animales y un sinfín de aplicaciones que lo mantenían entretenido durante horas.
Los bloques de colores quedaron olvidados en un rincón de la habitación. Los cuentos llenos de aventuras no se abrían, acumulando polvo en la estantería. Y su cajita de juguetes, antes llena de tesoros, cogía polvo, esperando pacientemente a que Tito volviera a prestarles atención.
Un día soleado, su vecina Lili, una conejita muy alegre, vino a tocar la puerta de su casita:
—¡Tito! ¿Jugamos al escondite en el jardín? ¡Hace un día precioso! —le propuso Lili, con una sonrisa radiante.
—Ahora no puedo, Lili —dijo Tito, sin siquiera levantar la vista del móvil. Estaba concentrado en un juego de carreras de coches. Lili, un poco triste, se fue a jugar sola al jardín.
Más tarde, su mamá, preocupada por el comportamiento de Tito, le ofreció:
—¿Hacemos figuritas de plastilina? Podemos hacer un elefante rosa o un león con melena amarilla. —intentó animarlo su mamá.
Tito negó con la cabeza.
—No, mamá. Ahora no. Estoy ocupado —dijo, sin apartar los ojos de la pantalla. Solo quería seguir mirando el móvil. Nada más le importaba.
Pasaron los días, las semanas… Y Tito empezó a notar algo raro. Algo que no le gustaba nada.
Ya no se reía tanto como antes. Las carcajadas espontáneas que llenaban la casa habían desaparecido. Se cansaba muy rápido, incluso después de haber estado sentado durante horas. Y muchas veces se sentía aburrido, incluso aunque estuviera con el móvil. Era una sensación extraña, como si le faltara algo importante.
Una mañana, Tito dejó el móvil sobre la mesa. Lo miró fijamente durante un momento, como si lo viera por primera vez. Luego, levantó la vista y miró a su alrededor. Vio sus bloques de colores, apilados en la esquina. Vio sus pinturas brillantes, esperando ser usadas. Vio sus cuentos llenos de aventuras, con sus páginas llenas de magia. Y pensó:
—Hace mucho, mucho tiempo que no juego como antes. He olvidado lo divertido que era crear cosas con mis manos, imaginar historias y compartir momentos con mis amigos y mi mamá.
De repente, una idea brillante le iluminó la cara. Se puso su capa de mago, la que usaba para inventar hechizos y transformar la casa en un reino encantado. Corrió hacia sus bloques y construyó una torre altísima, tan alta que casi tocaba el techo. Luego, cogió sus pinturas y pintó un dragón verde con alas rojas y ojos amarillos. Y finalmente, buscó a su mamá y le pidió que le leyera un cuento bajo una manta, acurrucados en el sofá.
Por la tarde, Lili volvió a llamar a la puerta, con una sonrisa tímida:
—¿Jugamos, Tito? —preguntó, esperando una respuesta diferente a la de los últimos días.
—¡Sí, Lili! ¡Claro que sí! —exclamó Tito, con una alegría que hacía tiempo que no sentía—. ¡Y después te enseño la torre que he construido! ¡Es la torre más alta del mundo!
Desde entonces, Tito a veces usa el móvil un ratito. Lo usa para ver videos educativos o para hablar con sus abuelos. Pero también juega solo, se inventa historias fantásticas, dibuja personajes imaginarios y pasa mucho tiempo con su mamá y sus amigos, disfrutando del sol y del aire libre.
Porque Tito el osito curioso descubrió algo muy importante, algo que vale más que cualquier tesoro virtual:
Que los juegos más bonitos, las aventuras más emocionantes y la magia más verdadera… se encuentran fuera de las pantallas, en el mundo real, esperando a ser descubiertos.
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