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Gratis · elegí una vozEn el corazón de un valle donde las flores siempre olían a miel y el pasto era tan suave como una alfombra, vivía Tito, un conejo de pelaje gris y orejas excepcionalmente largas. Tito no era un conejo común; mientras sus hermanos se dedicaban a buscar las zanahorias más dulces, él pasaba horas enteras mirando hacia el firmamento. Observaba a los gorriones y a las águilas deslizarse entre las nubes con una elegancia que le robaba el aliento. "¡Qué maravilla sería ver el mundo desde allá arriba!", suspiraba Tito con una mezcla de envidia y admiración.
Una mañana de primavera, Tito decidió que ya era suficiente de solo mirar. "Si ellos tienen alas, yo tengo mis orejas", pensó con determinación. Se dirigió a la Gran Roca del Eco, el punto más alto del bosque. Sus amigos, la ardilla Susi y el pájaro azul Zul, lo miraban con mucha curiosidad. Tito tomó aire, cerró los ojos, agitó sus patas delanteras con todas sus fuerzas y saltó al vacío. Por un breve segundo, sintió el aire fresco en su cara, pero la gravedad hizo su trabajo y Tito aterrizó, no muy elegantemente, sobre un montón de hojas secas.
—¡Ay! —exclamó Tito, un poco mareado—. Creo que mis orejas no funcionan como alas después de todo.
Zul bajó volando y se posó en una rama cercana. —Tito, querido amigo —dijo con voz melodiosa—, no tienes plumas ni huesos ligeros para flotar en las corrientes de aire. Pero no estés triste, la naturaleza te dio un regalo diferente y maravilloso. ¿Por qué no intentas usar tus poderosas patas traseras para algo más que saltar hacia arriba?
Confundido pero dispuesto a intentarlo, Tito comenzó a correr por el sendero. Al principio fue un trote suave, pero pronto sus patas empezaron a moverse con una velocidad asombrosa. Los árboles pasaban a su lado como ráfagas de color verde y marrón. El viento, que antes quería conquistar volando, ahora acariciaba su pelaje mientras él zigzagueaba entre los arbustos con una agilidad increíble.
—¡Mírenme! —gritó Tito con una sonrisa gigante—. ¡No estoy volando, pero siento que el suelo es mi propio cielo!
Tito descubrió ese día que era el animal más veloz de todo el valle. Ya no necesitaba alas para sentirse libre o especial. Comprendió que cada habitante del bosque tenía un don único: Zul tenía el vuelo, Susi la habilidad de escalar y él, la velocidad del rayo. Desde aquel día, Tito corre cada mañana, feliz de ser exactamente quien es: el gran conejo corredor.
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