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Gratis · elegí una vozHabía una vez en un barrio lleno de árboles de jacarandá, un perrito salchicha llamado Tobi. Tobi era largo, muy largo, tanto que cuando su nariz ya estaba en la cocina, su cola todavía seguía descansando en la sala. Tenía las patas cortitas y las orejas tan grandes que a veces, si corría muy rápido a favor del viento, sentía que podía despegar como un pequeño avión marrón. Tobi vivía en una casa con un jardín lleno de margaritas, pero se sentía un poco solo hasta que un miércoles por la tarde, llegó su nueva vecina: Pelusa.
Pelusa era una perrita poodle blanca y extremadamente esponjosa. Parecía una nube de algodón de azúcar que había cobrado vida y decidido que caminar era más divertido que flotar. Tenía un moño rosa en la cabeza y una energía que no cabía en su pequeño cuerpo. Desde el primer momento en que se vieron a través de la reja, supieron que iban a ser los mejores amigos del mundo.
—¡Che, Pelusa! —ladró Tobi con entusiasmo—. ¿Viste qué lindo día para hacer un poco de lío?
Pelusa dio un salto mortal de alegría. —¡Me encanta la idea, Tobi! Pero primero, tenemos que encontrar algo para llenar la panza.
Así comenzó su gran aventura. Como los dueños de ambos estaban charlando en la vereda, los dos perritos decidieron que era el momento perfecto para una expedición secreta. Tobi, gracias a su cuerpo estirado, podía pasar por debajo de los arbustos más bajos, mientras que Pelusa, con su agilidad de nube, saltaba sobre los maceteros con una gracia envidiable.
Primero se dirigieron a la cocina de Tobi. Allí, sobre una mesa bajita, había un plato con galletitas de avena que olían a gloria. Tobi se estiró todo lo que pudo, haciendo que su cuerpo pareciera un puente colgante, mientras Pelusa se subía con cuidado sobre su espalda para alcanzar el botín. ¡Qué equipo formaban! Compartieron las galletas a medias, haciendo ruiditos de satisfacción. Cada bocado era una explosión de sabor, y entre miga y miga, se contaban historias de sus sueños más locos: Tobi soñaba con un bosque de salchichas gigantes y Pelusa con un parque donde llovieran pompones de lana.
Después de comer, llegó la hora del juego. Y no era cualquier juego, era el Gran Torneo del Alboroto. Tobi agarró un viejo calcetín azul y empezó a correr por toda la casa. Pelusa lo perseguía, ladrando con un sonido agudo y musical que parecía una canción de cuna acelerada. Corrieron por el pasillo, derraparon en el piso de madera y se escondieron detrás de las cortinas largas de la sala.
—¡No me atrapás ni loco! —gritaba Tobi mientras sus orejas flameaban como banderas.
—¡Ya vas a ver, salchichón audaz! —respondía Pelusa, saltando sobre los almohadones del sillón como si fueran montañas de nieve.
El ruido era monumental. Eran risas perrunas, ladridos de felicidad y el sonido de las patitas haciendo tic-tic-tic contra el suelo. En ese momento, no eran solo dos mascotas; eran piratas en un mar de alfombras, exploradores en una selva de muebles y astronautas en una estación espacial llamada Hogar. Se revolcaron por el suelo, se hicieron cosquillas con los hocicos y jugaron a las escondidas entre las piernas de las sillas. La casa estaba llena de vida, de esa alegría pura que solo los animales saben contagiar.
De repente, en medio de la persecución más emocionante del siglo, un sonido seco y contundente los detuvo en seco.
*¡Toc, toc, toc!*
Alguien estaba golpeando la puerta principal.
Los dos amigos se quedaron congelados. Tobi levantó una oreja, Pelusa inclinó la cabeza hacia un lado, haciendo que su moño rosa se ladeara. El silencio que siguió al ruido fue casi más impresionante que el ruido mismo. ¿Quién podría ser? ¿Un cartero gigante? ¿Un gato valiente? ¿O quizás el monstruo de las aspiradoras?
—¿Escuchaste eso, Pelusa? —susurró Tobi, aunque en realidad fue un ladrido bajito.
—Sí, Tobi. Es en la puerta. Tenemos que proteger el fuerte —respondió ella con valentía, inflando su pecho de algodón.
Sin pensarlo dos veces, los dos corrieron hacia la entrada. Ya no eran solo dos perritos traviesos; ahora eran los Guardianes de la Puerta. Se pararon frente a la madera alta y empezaron a hacer la bulla más grande que jamás se hubiera escuchado en ese barrio. Tobi usaba su ladrido ronco y profundo, ese que guardaba para las ocasiones especiales, mientras Pelusa lanzaba una serie de ladridos rápidos y vibrantes que parecían fuegos artificiales sonoros.
—¡Guau, guau! ¡Acá no entra nadie sin permiso! —parecía decir Tobi.
—¡Y menos si viene a interrumpir la merienda! —añadía Pelusa con un giro en el aire.
Rascaron la puerta, saltaron y corrieron en círculos, creando un remolino de pelos marrones y blancos. Estaban convencidos de que del otro lado había una amenaza tremenda. El ruido era tan ensordecedor que hasta los pájaros del jardín dejaron de cantar para escuchar el concierto perruno. Estaban orgullosos de su valentía, sintiéndose como leones defendiendo su territorio.
Entonces, la puerta se abrió lentamente. Los dos dieron un paso atrás, preparados para cualquier cosa. Pero no apareció ningún monstruo ni ningún gigante. Ahí estaba el dueño de Tobi, con una bolsa grande en la mano y una sonrisa en la cara.
—¡Pero qué pasa acá! —dijo el hombre riendo—. ¡Parece que hay una fiesta de ladridos! Miren lo que traje: ¡huesos de juguete nuevos para los mejores guardianes del mundo!
Tobi y Pelusa se miraron. Sus colas empezaron a moverse tan rápido que parecían ventiladores. Todo el miedo desapareció en un segundo. Se dieron cuenta de que el ruido en la puerta no era un peligro, sino la llegada de más diversión. El dueño dejó los juguetes en el suelo y los dos amigos se lanzaron sobre ellos, olvidando por completo la intrusión.
Pasaron el resto de la tarde masticando sus juguetes nuevos, uno al lado del otro, cansados pero inmensamente felices. El sol empezaba a caer, pintando el cielo de colores naranjas y violetas, muy parecidos a los colores de su propia tarde de aventuras. Se echaron sobre la alfombra, exhaustos de tanto jugar, comer y defender su hogar.
—Che, Pelusa —dijo Tobi, cerrando los ojos lentamente—, somos un gran equipo.
—El mejor, Tobi —respondió ella, acomodando su cabecita sobre el lomo largo de su amigo—. Mañana hacemos más bulla, ¿dale?
—Dale —murmuró Tobi antes de quedarse profundamente dormido.
Y así, entre sueños de galletitas y carreras, el perrito salchicha y la perrita poodle descansaron, sabiendo que no importa cuán grande sea el ruido en la puerta, siempre y cuando tengan un amigo al lado para ladrar con fuerza y compartir la alegría de vivir.
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