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Eran aquellos años 90, tiempos de walkmans y consolas de mano monocromáticas. Tobias y Martina, dos hermanos inseparables, iban rumbo a su siguiente aventura en un Dodge 1500 color mostaza. Su papá, con sus bigotes negros tipo Super Mario Bros, conducía con una sonrisa. A su lado, su mamá, con sus rulos al estilo Valeria Lynch, revisaba el mapa de papel, asegurándose de no perderse en la inmensidad de la Ruta 2.
Martina, con sus flamantes auriculares, escuchaba Roxette a todo volumen en su Walkman plateado. Su canción favorita, "The Look", la hacía mover la cabeza al ritmo de la música. Tobias, por su parte, estaba absorto en su nueva adquisición traída desde el Polo Norte, o al menos eso le había dicho su tío Ricardo: una mini consola de mano de Sony, donde un pequeño pingüino debía rescatar a sus amigos de un malvado pulpo.
Iban camino a la casa de sus abuelos, a quienes no veían hacía 365 largos días. La abuela Elena era famosa por sus historias increíbles y sus galletas de chocolate que parecían hechas con magia. El abuelo Roberto, en cambio, era un hombre de pocas palabras, pero sus ojos siempre brillaban con una chispa de aventura. La casa de los abuelos no era una casa cualquiera; estaba ubicada cerca de unos inmensos médanos y bosques antiguos, lugares que, según las leyendas locales, eran habitados desde hacía millones de años por criaturas muy especiales… los Yetis.
Martina, que no creía en esas historias, prefería concentrarse en su música. Tobias, sin embargo, no podía evitar imaginar a los Yetis. ¿Serían altos y peludos como los monstruos de las películas? ¿Tendrían grandes colmillos afilados? La idea lo asustaba un poco, pero al mismo tiempo lo emocionaba.
Después de horas de viaje, el Dodge 1500 finalmente se detuvo frente a una casa de madera con un jardín lleno de flores. Los abuelos los esperaban en la puerta, con los brazos abiertos y una sonrisa cálida. "¡Mis niños! ¡Qué alegría tenerlos aquí!", exclamó la abuela Elena, abrazándolos con fuerza. El abuelo Roberto les dio una palmada en la espalda y les guiñó un ojo.
Durante los primeros días, Tobias y Martina disfrutaron de la tranquilidad del campo. Jugaban en el jardín, ayudaban a la abuela a preparar galletas y escuchaban las historias del abuelo sobre los animales del bosque. Pero Tobias no podía olvidar a los Yetis. Una tarde, mientras exploraba el bosque cercano a la casa, encontró una huella gigante en la arena. Era mucho más grande que cualquier huella de animal que hubiera visto antes.
"¡Martina, mira esto!", gritó Tobias, emocionado. Martina, escéptica como siempre, se acercó a regañadientes. "Es solo una huella grande, Tobias. Probablemente de un caballo o una vaca".
"No, Martina, esta huella es diferente. ¡Es una huella de Yeti!", insistió Tobias. Decidieron seguir el rastro de la huella, adentrándose cada vez más en el bosque. El sol comenzaba a caer, y el bosque se volvía más oscuro y silencioso. De repente, escucharon un ruido extraño entre los árboles. Era un sonido como un gruñido, pero mucho más profundo y resonante.
Martina, aunque no lo admitiera, comenzó a sentir miedo. "Tobias, creo que deberíamos volver a casa", dijo con voz temblorosa. Pero Tobias estaba demasiado emocionado para retroceder. Siguió el sonido hasta llegar a una pequeña cueva escondida entre las rocas. Allí, dentro de la cueva, vio algo que lo dejó sin aliento. Era un pequeño Yeti, no mucho más grande que un perro, con un pelaje blanco como la nieve y unos ojos grandes y curiosos. El pequeño Yeti estaba herido, tenía una pata atrapada en una trampa para animales.
Tobias, sin dudarlo, corrió hacia el Yeti y comenzó a liberar su pata de la trampa. Martina, sorprendida por la valentía de su hermano, se unió a él. Juntos, lograron liberar al pequeño Yeti, que los miró con gratitud. De repente, un Yeti adulto, mucho más grande y fuerte, apareció en la entrada de la cueva. Tobias y Martina se paralizaron de miedo. El Yeti adulto los observó durante un momento, luego emitió un suave gruñido y se acercó a ellos.
Para su sorpresa, el Yeti no los atacó. En cambio, se inclinó y les ofreció una flor silvestre como muestra de agradecimiento. Tobias y Martina entendieron que los Yetis no eran monstruos aterradores, sino criaturas pacíficas que solo querían proteger a su familia. Desde ese día, Tobias y Martina guardaron el secreto de los Yetis y se convirtieron en sus amigos, visitándolos en el bosque siempre que podían. Aprendieron a respetar la naturaleza y a proteger a todas las criaturas que la habitaban. Y así, la aventura en la casa de los abuelos se convirtió en una historia inolvidable, una historia que contarían a sus hijos y nietos durante muchos años.
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