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Gratis · elegí una vozTobita era un gato atigrado, con rayas color canela y ojos verdes brillantes como esmeraldas. Vivía en una acogedora casita con una anciana amable llamada Doña Elena. Doña Elena adoraba a Tobita y siempre se aseguraba de que tuviera la barriga llena de delicioso pescado fresco. Tobita, sin embargo, era un gato bastante egoísta. No le gustaba compartir nada, ni sus juguetes, ni su cama tibia, y mucho menos su comida.
Un día, Doña Elena regresó del mercado con una cesta rebosante de sardinas plateadas y brillantes. El olor inundó la casa, haciendo que a Tobita se le hiciera agua la boca. "¡Oh, qué delicia!", pensó Tobita, frotándose contra las piernas de Doña Elena. Doña Elena sonrió y vació las sardinas en un plato grande. Era un festín digno de un rey gato.
Tobita se abalanzó sobre el plato, gruñendo a cualquiera que se acercara. Ignoró los maullidos tímidos de Mimí, una gatita callejera flaca y con el pelaje sucio, que observaba desde la ventana. Mimí siempre merodeaba por el jardín, buscando comida, y Tobita la ahuyentaba con bufidos y zarpazos.
"¡Mío, mío, todo mío!", siseaba Tobita, engullendo las sardinas a toda velocidad. Comió tanto que su barriga se hinchó como un globo. Aún así, no quería que Mimí probara ni una sola escama.
De repente, mientras Tobita seguía comiendo sin parar, un fuerte trueno sacudió la casa. La lluvia comenzó a caer a cántaros, convirtiendo el jardín en un lodazal. Mimí, empapada y temblorosa, buscó refugio bajo el alero de la ventana.
Tobita, aunque satisfecho, sintió un leve pinchazo de culpa al ver a Mimí tan miserable. Pero rápidamente lo ignoró. "Ella es una gata callejera. Que se las arregle sola", pensó, volviendo a su festín.
Sin embargo, el trueno resonó de nuevo, esta vez más fuerte. Un relámpago iluminó la ventana, mostrando a Mimí tiritando de frío y hambre. El corazón de Tobita dio un vuelco. Por primera vez, se puso en el lugar de la gatita.
Recordó la época en que él también era un gatito callejero, buscando comida entre la basura y luchando por sobrevivir. Doña Elena lo había rescatado, le había dado un hogar y lo había alimentado. ¿Cómo podía ser tan cruel con Mimí, que solo buscaba un poco de calor y comida?
La culpa comenzó a carcomer a Tobita. Ya no podía disfrutar de las sardinas. Se levantó del plato, con la barriga a punto de estallar, y caminó lentamente hacia la ventana.
Mimí lo miró con ojos grandes y asustados, esperando un bufido o un zarpazo. Pero Tobita, para sorpresa de Mimí, maulló suavemente.
Luego, se dirigió al plato de sardinas y, con esfuerzo, empujó algunas hacia el borde. Luego, empujó el plato hacia la ventana, lo suficiente para que Mimí pudiera alcanzar las sardinas.
Mimí, con cautela, se acercó al plato y comenzó a comer con voracidad. Tobita la observó, sintiendo una extraña sensación de calidez en su pecho. No era la misma calidez que sentía cuando tenía la barriga llena, sino una calidez diferente, más profunda y satisfactoria.
Cuando Mimí terminó de comer, levantó la vista hacia Tobita y ronroneó suavemente, como agradeciéndole. Tobita respondió con un maullido amistoso.
Esa noche, la tormenta amainó. Doña Elena, al ver a Mimí en la ventana, la invitó a entrar en la casa. Mimí, todavía un poco asustada, se acurrucó junto a Tobita en la cama. Tobita, sorprendentemente, no se quejó. Incluso compartió su manta con Mimí.
Desde ese día, Tobita aprendió la importancia de compartir. Ya no era el gato egoísta de antes. Compartía sus juguetes, su cama y, lo más importante, su comida. Descubrió que la alegría de compartir era mucho mayor que la alegría de tenerlo todo para sí mismo. Doña Elena estaba encantada con el cambio de Tobita y lo recompensó con aún más pescado fresco, que, por supuesto, Tobita compartía con Mimí.
Y así, Tobita, el gato egoísta, se convirtió en Tobita, el gato generoso, y aprendió que la verdadera felicidad se encuentra en compartir con los demás.
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