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Loba estaba jugando a las escondidas con dos de sus tres hermanos y su gran amigo, Oso. ¡Corre que te corre! ¡Risas por aquí, risas por allá! Se escondían detrás de los árboles gordos, debajo de los arbustos llenos de flores, ¡incluso detrás de la roca que parecía una tortuga gigante!
Después de un rato de tanto correr y esconderse, el grupo se detuvo para beber agua fresca de un arroyo que cantaba una canción suave. Fue entonces cuando Loba se dio cuenta… ¡Algo no estaba bien! Su tercer hermanito, Lobito, estaba sentado solo, apoyado contra un árbol viejo, con la cabeza baja. ¡Y parecía muy, muy triste!
Todos corrieron hacia él, preocupados. Loba fue la primera en hablar.
—¿Por qué llorás, Lobito? ¿Qué te molesta? —le preguntó, con la voz llena de cariño.
Lobito levantó la cabeza. Sus ojitos estaban rojos y llenos de lágrimas. Con la voz temblorosa, respondió:
—Es que… ustedes se han olvidado de mí.
—¡Hombre, claro que no! —exclamó Loba, sorprendida. No entendía por qué su hermanito pensaba eso.
Al ver que Lobito estaba realmente disgustado, Oso, que siempre era muy sabio y comprensivo, se acercó y le preguntó con suavidad:
—¿Qué te hace pensar eso, pequeño amigo?
Entonces, Lobito respondió lloriqueando, con la voz rota por la tristeza:
—Es que… nadie me invitó a participar en el juego. Ustedes estaban jugando a las escondidas, y yo… yo estaba solo.
—¡Aaaah! —exclamaron todos juntos, al finalmente entender la situación. ¡Pobre Lobito! Se sentía excluido y olvidado.
Loba se agachó para estar a la altura de su hermanito y le tomó las manitas con ternura.
—Ay, Lobito, lo sentimos mucho. Es que estabas tan feliz corriendo por el campo de flores que no quisimos interrumpir tu propio juego —le explicó la hermana, con la voz suave y arrepentida—. Te vimos saltando y persiguiendo mariposas, y pensamos que estabas disfrutando mucho.
—Sí, Lobito —añadió Oso—. Te veíamos tan contento que pensamos que preferías jugar solo. Nunca quisimos hacerte sentir mal.
El hermano mayor de Lobito también habló.
—Lo sentimos mucho, hermanito. No volverá a pasar. Siempre queremos jugar contigo.
—Esto no volverá a pasar —le prometió Loba, abrazándolo fuerte—. ¡Nos encanta jugar contigo! Eres parte de nuestro equipo, Lobito.
Aliviado, Lobito se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Una sonrisa tímida comenzó a dibujarse en su rostro. Ya no se sentía solo ni olvidado. Sus amigos y hermanos lo querían y querían jugar con él.
—¿De verdad? —preguntó, con una vocecita llena de esperanza.
—¡Claro que sí! —respondió Loba con entusiasmo—. ¿Qué te parece si ahora jugamos a… a… ¡a construir un fuerte de hojas! Todos podemos trabajar juntos para hacerlo el fuerte más increíble del bosque.
Los ojos de Lobito se iluminaron. ¡Un fuerte de hojas! ¡Eso sonaba genial!
—¡Sí! ¡Sí! ¡Quiero construir un fuerte! —exclamó, saltando de alegría.
Así, Lobito se unió al grupo, y todos juntos corrieron hacia la parte más frondosa del bosque, donde había montones de hojas secas esperando ser utilizadas. Trabajaron en equipo, llevando ramas, apilando hojas y creando un fuerte que era más grande y más fuerte que cualquier otro fuerte que hubieran construido antes.
Lobito se sintió muy feliz de estar jugando con sus amigos y hermanos. Ya no estaba triste ni solo. Había aprendido que a veces, la comunicación es muy importante, y que es importante decir cómo te sientes. Y sus amigos y hermanos habían aprendido que siempre deben incluir a todos en el juego, para que nadie se sienta excluido.
Cuando el fuerte estuvo terminado, todos se metieron dentro y se contaron historias y chistes. Se rieron a carcajadas y se abrazaron. ¡Era el mejor fuerte del mundo, porque lo habían construido juntos!
Desde ese día, Loba, Oso y los hermanos lobos siempre se aseguraron de incluir a Lobito en todos sus juegos. Aprendieron que jugar juntos es mucho más divertido cuando todos se sienten parte del equipo. Y Lobito aprendió que siempre puede contarles a sus amigos y hermanos cómo se siente, y que ellos siempre lo escucharán y lo apoyarán.
¡Y así, vivieron muchas aventuras juntos, siempre jugando y riendo, y siempre recordando la lección del día en que Lobito se sintió olvidado! Porque al final, lo más importante es jugar juntos, compartir la alegría y hacer que todos se sientan queridos y valorados.
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