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Tomás siempre había sido un chico curioso. Le gustaba explorar lugares desconocidos, leer libros de aventuras y descubrir historias escondidas. Un sábado por la tarde, mientras ayudaba a su abuelo a ordenar el altillo de la casa, encontró una vieja caja de madera cubierta de polvo.
—¿Qué hay aquí adentro? —preguntó.
Su abuelo sonrió.
—Hace años que no la veo. Abrila con cuidado.
Tomás levantó la tapa y encontró un reloj de bolsillo antiguo. Era de color dorado y tenía grabadas unas extrañas figuras en la tapa. Al abrirlo, notó que las agujas giraban muy rápido, aunque el reloj no tenía pilas ni parecía funcionar normalmente.
Intrigado, decidió darle cuerda. En cuanto lo hizo, una luz brillante iluminó el altillo. Por un segundo, todo giró a su alrededor. Cuando abrió los ojos, ya no estaba en su casa.

Se encontraba en una plaza antigua, rodeado de carruajes y personas vestidas con ropa de otra época. Miró a su alrededor sin entender qué ocurría.
—¿Dónde estoy? —murmuró.
Un hombre que pasaba cerca lo observó extrañado.
—¿Te sentís bien, muchacho? Estamos en el año 1910.
Tomás quedó paralizado. ¡El reloj lo había llevado al pasado!
Durante horas recorrió las calles, maravillado por todo lo que veía. No había autos modernos ni teléfonos celulares. Las personas conversaban en las plazas y los negocios tenían carteles pintados a mano.

Sin embargo, pronto recordó que debía regresar. Sacó el reloj del bolsillo y trató de hacerlo funcionar otra vez, pero no pasó nada. Empezó a preocuparse.
Entonces recordó algo que había leído en una novela: a veces los objetos mágicos necesitaban volver al lugar donde habían sido activados. Buscó la plaza principal y encontró una gran torre con un reloj enorme.
Subió los escalones lo más rápido que pudo, sintiendo que el corazón le latía con fuerza. Al llegar a la cima, justo detrás de los gigantescos engranajes del reloj de la torre, sacó su pequeño reloj dorado. Notó que las figuras grabadas en la tapa coincidían exactamente con los relieves de la maquinaria de la torre.
En el momento en que las agujas del gran reloj marcaron las seis, Tomás presionó su reloj contra el eje central. Una vibración cálida recorrió sus brazos y el brillo dorado regresó, envolviéndolo como un abrazo de luz.
Cuando volvió a abrir los ojos, el olor a polvo y madera vieja inundó sus sentidos. Estaba de vuelta en el altillo. Su abuelo lo miraba con una chispa de complicidad en los ojos.
—Veo que encontraste el camino de regreso —dijo el abuelo suavemente—. Ese reloj solo funciona para quienes tienen un corazón valiente y curioso.
Tomás guardó el reloj en su bolsillo, sabiendo que, aunque amaba el presente, el pasado siempre estaría guardado en una pequeña caja de madera esperando por su próxima aventura.
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