Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozDicen en el pueblo que todavía quedan algunos que caminan con el viento. No tienen nombre fijo ni tierra fija. Van siguiendo el rumor de los árboles, el susurro de los ríos. Les llaman los errantes, pero ellos prefieren decirse “guardadores de lo que queda”.
Uno de ellos, Tomás, tenía dieciséis años como ustedes. No era de hablar mucho. Caminaba con una libreta vieja donde dibujaba lo que ya no estaba: un quebracho caído, un cauce seco, una manada de guanacos desplazada por un alambrado nuevo. Su abuelo le había enseñado a leer la tierra como quien lee un libro, con dedos sucios de polvo y ojos atentos al color del cielo.
—Si el monte calla, algo anda mal —le había dicho una vez, mirando al norte chaqueño.
El problema empezó cuando llegaron las máquinas. No traían caras, solo ruido y promesas. Prometían progreso, trabajo, desarrollo. Y detrás de esas palabras, caían hectáreas enteras de monte nativo. El monte que alimentaba al suelo, que daba sombra a los animales, que sostenía la lluvia. El monte que tenía memoria.
En San Juan, Tomás conoció a Luna, una chica que hablaba con los cerros. Le contó que el agua ya no sabía igual, que el río había cambiado de humor desde que la minera se instaló más arriba, con sus piletas llenas de cianuro y su maquinaria como dragones de acero.
—Dicen que esto es el precio del oro —le dijo Luna—. Pero el oro no se toma, no se siembra, no canta al amanecer.
Juntos siguieron viaje, rumbo sur, donde el viento se volvía hielo. En la Patagonia vieron glaciares que retrocedían como animales heridos. Vieron los incendios en los bosques de la cordillera, el humo cubriendo la escuela rural donde una maestra daba clases sobre un planeta que se les derretía en tiempo real.
—¿Qué se hace cuando todo arde? —preguntó Tomás.
—Se planta —respondió Luna—. Aunque sea una idea, una duda, una semilla.
Y eso hicieron. Donde pasaban, dejaban dibujos, palabras, voces. Hablaban con comunidades, escuchaban historias. Cada tanto encontraban a otros como ellos: jóvenes que se negaban a aceptar el silencio de la tierra como algo normal.
Una tarde, cerca del lago Argentino, encontraron a Don Raúl, un anciano tehuelche que tejía historias con lana de oveja. Don Raúl les contó sobre los espíritus de la tierra, los *gen* que cuidan el equilibrio del mundo. Les dijo que cada árbol, cada piedra, cada animal tiene un espíritu, y que cuando se destruye la naturaleza, se lastiman esos espíritus.
—Nosotros somos los guardianes de esas almas —les explicó Don Raúl—. Pero necesitamos ayuda. Los *gen* están tristes. Necesitan que la gente vuelva a escuchar a la tierra.
Tomás y Luna se quedaron pensando en las palabras de Don Raúl. Se dieron cuenta de que su viaje no era solo un recorrido por paisajes desolados, sino una búsqueda de esperanza. Una búsqueda de aquellos que todavía creían en la magia de la tierra.
Encontraron a una comunidad mapuche que luchaba por recuperar sus tierras ancestrales. Vieron a un grupo de científicos que trabajaban para reforestar los bosques quemados. Conocieron a niños que escribían cartas a los gobernantes pidiendo que protegieran el medio ambiente.
Cada encuentro era una semilla, una chispa de esperanza que encendía una nueva llama. Tomás llenaba su libreta con nuevos dibujos, con nuevos colores. Luna aprendió a cantar canciones antiguas que invocaban la lluvia y el viento.
Un día, llegaron a un pueblo donde la gente estaba muy desanimada. La minera había prometido trabajo, pero solo había traído contaminación y enfermedad. El río estaba seco, los animales habían desaparecido, y la gente se sentía abandonada.
Tomás y Luna decidieron quedarse en ese pueblo. Luna habló con los ancianos, aprendió sobre las plantas medicinales y las ceremonias sagradas. Tomás organizó talleres de dibujo para los niños, enseñándoles a retratar la belleza que todavía quedaba en la naturaleza.
Poco a poco, la gente del pueblo empezó a recuperar la esperanza. Sembraron huertas comunitarias, limpiaron el río, y organizaron una marcha para exigir que la minera se fuera.
La marcha fue un éxito. La minera, acorralada por la presión popular, tuvo que cerrar sus puertas. El río volvió a fluir, los animales regresaron, y la gente del pueblo recuperó su alegría.
Tomás y Luna se despidieron del pueblo con el corazón lleno de esperanza. Sabían que su trabajo no había terminado, que todavía quedaba mucho por hacer. Pero también sabían que no estaban solos, que cada vez eran más los que caminaban con el viento, los que escuchaban la voz de la tierra.
El cuento no tiene un final cerrado. Como toda historia viva, sigue andando. Porque Tomás y Luna no se quedaron quietos. Aprendieron que ser trashumantes no es huir, sino buscar. Buscar formas nuevas de habitar, de cuidar, de resistir.
Y ahora, quizás, te toca a vos caminar un tramo con ellos.
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