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Había una vez un globo, un globo de los que vuelan, enorme y multicolor, que surcaba los cielos como una burbuja gigante pintada con todos los colores del arcoíris. Suspendido entre las nubes, el globo llevaba como pasajero a un solo niño, muy curioso y aventurero, llamado Tony. Tony no era un viajero común; en su canasta de mimbre no cargaba provisiones ni mapas complicados, sino una biblioteca entera de libros maravillosos que le hacían compañía en sus travesías por el aire.
Cierto día, mientras el sol acariciaba la seda del globo y el viento soplaba con suavidad, Tony iba leyendo un libro de tapas doradas. Las palabras parecían saltar de las páginas y bailar frente a sus ojos. De pronto, cerró el libro de golpe y se dijo a sí mismo: «¡Basta! Estos cuentos son demasiado hermosos para que queden solo en mi corazón. La belleza compartida es doble alegría, y estas historias necesitan nuevos oídos para seguir vivas».
Entonces, impulsado por una urgencia mágica, pensó: «¡Debo aterrizar ya! No puedo seguir volando solo mientras el mundo allá abajo se pierde de estas maravillas». Y así lo hizo. Tony manipuló las cuerdas de su nave multicolor y comenzó a descender. Aterrizó casi sin pensar a dónde llegar porque el destino geográfico no era lo más importante. Solo una cosa quería, y era arribar a un lugar donde encontrar niños que quisieran, como él, disfrutar del viaje infinito de la imaginación.
El globo se posó suavemente sobre el pasto verde y crujiente de la pampa. Cuando Tony bajó de la nave, grande fue su sorpresa: un mar de túnicas blancas y moñas azules lo rodeaban. Sin saberlo, había llegado al patio de una humilde escuela rural uruguaya. Allí, un grupo pequeño de niños jugaba debajo de la sombra protectora de un añoso ombú, cuyas raíces parecían dedos gigantes abrazando la tierra. El aire era puro y traía consigo una orquesta de sonidos rurales: el mugir lejano de las vacas, el trinar alegre de los pájaros autóctonos y el ronco «guau guau» del perro viejo, el guardián del lugar que movía la cola con desconfianza amistosa. De repente, el grito agudo y vigilante del teru teru anunció a los niños que llegaba alguien extraño. Quizá, pensaron los pequeños, se trataba de un nuevo amigo caído del cielo.
Sin demora, la puerta de la escuela se abrió y salió la maestra, picada por la curiosidad e intrigada por tanto alboroto. Al ver aquel artefacto gigante de colores y al niño de ojos brillantes que descendía de él, se quedó sin palabras. Alegre y despreocupado, Tony puso un pie en la tierra, se ajustó su gorra de aviador y les dijo con voz clara: «¡Hola a todos! Los vengo a invitar a hacer un viaje. ¿Suben? ¿Se animan a dejar el suelo por un rato?».
Los niños de la escuela rural se miraron entre sí, alternando la vista entre sus cuadernos y el enorme globo que palpitaba con el viento. Sorprendido, un niño moreno de moña azul perfectamente atada dijo: «¿Un viaje? Pero si apenas tenemos tiempo antes de la clase de aritmética». Una niña de trenzas largas agregó con timidez: «¿A dónde nos llevarás? ¿Es muy lejos de casa?».
Entonces, el niño curioso del globo respondió sonriente, con una chispa de travesura en su mirada: «¡Lo mejor de este viaje es que no tiene un solo destino! Podemos ir al fondo del mar, a la luna de queso o al castillo de un gigante en las nubes».
—¿Cómo es eso? —preguntaron todos al unísono, acercándose con cautela pero con los ojos bien abiertos.
—Es mágico —respondió Tony guiñando un ojo y regalando una sonrisa llena de letras, como si sus dientes fueran pequeñas páginas blancas—. Cada viajero llegará a donde el libro leído lo lleve. Mi globo no funciona con gas, funciona con historias. Cuanto más leemos, más alto volamos.
Sin embargo, el entusiasmo se vio interrumpido por un sollozo bajito. Preocupada, una niña muy pequeña, la menor de todo el grupo, bajó la cabeza y dijo: «Entonces yo no podré viajar porque aún no sé leer... las letras me parecen hormiguitas que corren por el papel y no las entiendo». El silencio se apoderó del patio por un segundo, pero antes de que ella terminara de lamentarse, algo increíble sucedió.
Del interior de la canasta del globo, como si las palabras cobraran vida propia, comenzaron a salir figuras fantásticas. Primero asomaron piratas con patas de palo y parches en el ojo que cantaban canciones de tesoros; luego volaron loros parlanchines de plumaje neón; dragones que lanzaban fuego de colores que no quemaba; trolls que, en lugar de asustar, lanzaban burbujas de jabón gigantes; hadas cuenteras que dejaban un rastro de purpurina al pasar; duendes voladores que hacían piruetas en el aire; y mochilas mágicas que se abrían solas revelando mundos enteros. El patio de la escuela se transformó en un escenario vivo de leyenda.
La maestra, conmovida por la magia que brotaba del corazón de Tony y de sus libros, dibujó una generosa sonrisa en su rostro. Comprendió que ese día la lección más importante no estaría en el pizarrón. Levantó los brazos en señal de vuelo, como si ella misma fuera un ave, y luego regresó al aula, pero no para trabajar, sino para buscar todos los libros y cuadernos que pudieran servir de combustible para la imaginación.
Tony, el viajero que hasta hace poco recorría el cielo en soledad, trepó de nuevo al globo y comenzó a soltar los lastres, preparando la nave para el despegue más importante de su vida. Pero esta vez no viajó solo. Ningún niño quiso perderse la aventura de leer y descubrir mundos nuevos. Ni siquiera la niña pequeña que, de la mano de los compañeros más grandes y seguros, subió a la canasta con el corazón latiendo fuerte. Una vez arriba, descubrió que para viajar no necesitaba saber todas las letras todavía, porque las imágenes y las voces de sus amigos le daban alas. Una vez que el globo se elevó sobre el ombú y las vacas se volvieron puntos diminutos, ella decidió que ya nunca más se querría bajar de aquel viaje literario. Y así, entre risas y relatos, el globo multicolor desapareció en el horizonte, cargado de niños que ahora sabían que un libro es el único transporte que puede llevarte a cualquier parte sin moverte del sitio.
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