Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pueblito lleno de casas coloridas y heladerías con sabores extraños, una niña llamada Sofía. Sofía tenía once años, una trenza larguísima y un sueño: ¡tener novio! No un novio-novio, claro. Más bien, un novio para jugar a la rayuela y compartir el helado de chicle.
Pero había un pequeño (bueno, grande) problema: su papá, Don Ricardo. Don Ricardo era un hombre alto, con bigote espeso y una idea fija: ¡ningún novio para Sofía hasta los treinta años! "¡Treinta años!" exclamaba Sofía, con los ojos como platos. "¡Para entonces ya estaré casada con un astronauta!"
Un día, Sofía decidió que ya era suficiente. Necesitaba una estrategia, ¡y una canción! Con la ayuda de su mejor amigo, Tomás, que era un genio con la guitarra, empezaron a componer una canción… sarcástica, por supuesto.
La canción comenzaba así:
(Empieza la canción, con un ritmo alegre y un poco burlón)
*"¡Ay, papá, mi querido Don Ricardo,
Con tu bigote imponente y tu ceño fruncido!
Me dices que espere hasta los treinta,
¡Cuando mi pelo ya estará todo teñido!"*
Tomás hacía unos acordes graciosos con la guitarra mientras Sofía cantaba con una voz que pretendía ser muy dramática. Don Ricardo, que estaba regando las plantas en el jardín, levantó una ceja.
*"¡A los treinta, papá, estaré tejiendo bufandas,
Y quizás criando gatos en una casa rodante!
¿De verdad crees que esperaré tanto,
Para que un galán me invite a tomar un refrescante?"*
Don Ricardo se acercó, intrigado. Sofía continuó:
*"Mejor me consigo un novio robot,
Que no ronque ni deje la ropa tirada.
O un fantasma que me lleve a volar,
¡Y no me pregunte si ya terminé la tarea!"*
Tomás añadió un solo de guitarra exageradamente largo y divertido. Don Ricardo no pudo evitar sonreír. La canción era pegadiza, ¡y muy graciosa! Pero seguía firme en su postura. "Sofía," dijo, con una voz que intentaba ser seria, "entiendo tu… entusiasmo. Pero hasta los treinta, ¡nada de novios! ¡Ni siquiera robots ni fantasmas!"
Sofía suspiró. La canción no había funcionado. Pero no se rendiría tan fácilmente. Decidió probar otra táctica: la lógica. "Papá," dijo, "si espero hasta los treinta, ¿cómo voy a aprender a convivir con alguien? ¿Cómo voy a saber qué me gusta y qué no en una relación? ¡Seré una experta en solitario!"
Don Ricardo se rascó la cabeza. "Mmm, tienes un punto," admitió. "Pero las relaciones a tu edad son… complicadas. ¡Hay mucho drama y poca rayuela!"
"¡Pero puedo manejar el drama!" exclamó Sofía. "¡Veo telenovelas todos los días! ¡Soy una experta en intrigas y besos robados!"
Don Ricardo soltó una carcajada. "Está bien, está bien," dijo. "Pero tengo una condición. Si quieres tener un… amigo especial… primero tienes que aprobar todas tus materias con un diez. ¡Y tienes que ayudar a la abuela a hacer las galletas todos los sábados!"
Sofía saltó de alegría. "¡Acepto!" gritó. "¡Seré la mejor estudiante y la mejor nieta del mundo! ¡Todo por un amigo especial!"
Así que Sofía se puso a estudiar con más ganas que nunca. Ayudaba a la abuela a hacer galletas (aunque a veces comía más masa que la que ponía en la bandeja) y, sorprendentemente, ¡empezó a disfrutarlo! Descubrió que aprender y ayudar a los demás era mucho más divertido que solo pensar en novios.
Un día, Tomás le preguntó: "¿Y qué pasó con la canción sarcástica? ¿Ya no quieres tener novio?"
Sofía sonrió. "No es que no quiera," dijo. "Es que me di cuenta de que hay muchas otras cosas divertidas que hacer. Y si algún día quiero tener un… amigo especial… ¡estoy segura de que lo encontraré! ¡Y mi papá ya no me dirá que espere hasta los treinta! Bueno, tal vez me lo diga un poco menos…"
Sofía y Tomás volvieron a tocar la canción, pero esta vez, la cantaron con una sonrisa. La canción seguía siendo sarcástica, pero también era una canción sobre la amistad, la familia y la alegría de descubrir el mundo. Y Don Ricardo, desde el jardín, movía la cabeza al ritmo de la música, secretamente orgulloso de su hija, aunque nunca lo admitiría en voz alta… hasta que ella cumpliera treinta años, ¡tal vez!
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