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Gratis · elegí una vozHabía una vez un trocito de papel que se pasaba los días de verano mirando al mar desde la ventana. Veía los veleros, empujados por el viento y los grandes barcos mercantes cargados de objetos inimaginables. También pequeñas lanchas que, a toda velocidad, cruzaban la línea del horizonte hasta desaparecer.
Muchos días, Trocito se preguntaba qué sentirían los barcos al navegar por mar. Cómo sería sentir el viento acariciándole, mientras las olas lo mecían con suavidad. Como sería oler la sal o estar seco y mojada al mismo tiempo.
¿Qué pasaría si un pedacito de papel tocase alguna vez el agua?
Siempre le habían dicho a Trocito que debía tener cuidado con el agua, porque era peligrosa para los papeles.
“Tu destino, pedacito de papel, es ser escrito y, si tienes suerte, ser leído”, le habían dicho otros papeles.
Pero él había visto a muchos trocitos de papel no tener tanta suerte, porque tras absorber un poco de tinta, habían hecho una pelota con ellos y los habían tirado a la papelera. Después de eso, nunca más se volvía a saber de ellos.
Trocito no quería acabar así. Soñaba con algo más. Quería que el sol volviese de amarillo su blanca piel y que el viento lo empujara hacia el infinito, sin tener muy claro a donde iba. No quería sentir la tinta negra sobre su piel, sino el agua azul bajo su cuerpo.
¡Y entonces tuvo una idea!
Quizá podría doblarse varías veces hasta tomar la forma de uno de esos veleros que había visto. Entonces se colocaría en el escritorio, junto a la ventana, y esperaría a que lo soltasen en el mar.
...Lo que viniera después sería un misterio...
Dobló una de sus esquinas por aquí, la mitad de su cuerpo por allá. Se contoneó y se ajustó haciendo mucho esfuerzo. Los demás papeles lo miraban extrañados. Algunos incluso se enfadaron con él. Pero no le importó. Siguió doblándose por un lado y por otro hasta convertirse en un precioso barquito de papel.
Miró de reojo al espejo que había en la pared y no podía creer lo que veía:
¡Realmente parecía un barco!
Se sentía tan feliz. Ahora solo tenía que esperar a que el humano llegase y lo viera allí encima. Seguro que al verlo no podría evitar ponerlo sobre el agua. Entonces navegaría libre para siempre.
Cuando vio que se abría la puerta del despacho, contuvo la respiración.
«Sí, sí, sí», pensó Trocito. «Seguro que ahora me coge».
Pero el humano apenas le prestó atención: entró, cogió algo de ropa del aermario y volvió a marcharse.
Durante días observó cómo el humano entraba y salía, pero nunca se sentaba frente al escritorio. «¿Será porque es verano?», pensó.
Los días vinieron y se fueron, y el pequeño barquito seguía allí. La silla permanecía en el mismo sitio, sin moverse. La pluma seguía sobre la mesa, seca, como si pidiera tinta que beber.
Los demás papeles miraban a Trocito desde el montón en una esquina de la mesa.
—Ya basta —le decían—. Desdóblate y vuelve con nosotros. Quizá no te queden marcas y puedan escribirte todavía. Si no, seguro que te tiran a la papelera.
Trocito dudó por un momento:
¿Habré hecho bien? –pensó– Quizá debería volver con lo demás. El humano ni siquiera me ha visto… Y no quiero acabar en la papelera solo por estar un poco doblado.
Entonces la sirena de barco que entraba en el puerto se oyó a lo lejos y todas las dudas desaparecieron de su mente. Trocito lo tenía claro: él sería barquito de papel y navegaría.
Continúo esperando y una noche cálida, a mediados del verano, el humano se levantó de la cama. Trocito se puso nervioso, pensando que pudiera ser el momento que estaba esperando. Pero el humano simplemente abrió la ventana para que entrara aire fresco y se volvió a acostar sin prestarle la más mínima atención.
El barquito pensó que quizá ya nunca tocaría el mar.
De pronto una suave brisa meció las cortinas y el humano se acurrucó en su cama de espaldas a la ventana. Un constante flujo de aire comenzó a entrar en la habitación. Trocito podía sentir como lo rozaba por los lados y de pronto…
Fffuuu… Un remolino de aire caliente lo levantó del escritorio y lo lanzó fuera de la ventana, girando y dando vueltas.
Por un momento sintió mucho miedo y cerró sus ojitos. Estaba asustado y confundido: ¡No sabía que los barcos pudieran volar! Quizá era una cualidad secreta de los barquitos de papel: navegar en el aire dando vueltas en lugar de por el mar. Había conseguido lo que quería, pero ahora estaba preocupado porque no sabía que iba a pasar.
Entonces, el mundo se detuvo. No sabía dónde había caído, ni dónde estaba. Tomó aire y se tranquilizó. Estaba bien, no le dolía nada. Pero sentía algo extraño: su vientre se humedecía. No podía ser tinta, estaba demasiado fresca.
Sería… ¿Podía ser…?
¡Sí que lo era! Era agua... ¡Agua fría!
Trocito se atrevió a abrir los ojos.
La noche era la más oscura que jamás hubiera visto y salpicada de pequeñas luciérnagas que iluminaban como puntitos frente a él. A su alrededor, tan oscuro como el reflejo de la noche, solo había mar.
—¡Es el mar! —pensó—. ¡No hay duda!
Y flotaba. No se hundía. Su nueva forma le permitía mojarse solo por debajo y mantener el resto de su cuerpo seco. El viento lo empujaba desde atrás, como un padre que acompaña a un hijo la primera vez que monta en bici.
Aquello era asombros. Estaba seguro de que nadie le iba creer jamás.
¿A dónde iría? No lo sabía.
¿Qué vería al amanecer? Eso tampoco lo sabía.
¿Podría perseguir a los barcos de verdad?
Comenzó a soñar, viéndose a sí mismo navegar junto a aquellos veleros tan enormes.
Tenía muchas dudas, pero no le importaba. Iba a vivir su vida como realmente deseaba, porque había una cosa que sí sabía con absoluta certeza:
Ya nunca volvería a ser un simple trocito de papel.
Ahora era, sin lugar a dudas,
un auténtico barquito de papel sobre el mar azul.
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