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Trulimero Trulichina era un gato perezoso. Tan perezoso que, en lugar de cazar ratones, prefería verlos bailar. Tan perezoso que, en lugar de trepar a los árboles, los miraba crecer desde su hamaca. Tan perezoso que, en lugar de jugar con ovillos de lana, los usaba como almohada. Vivía en una casita de playa, cerca de un mar azul brillante. Pasaba sus días durmiendo la siesta, soñando con peces gigantes y ratones bailarines.
Un día, mientras Trulimero Trulichina dormía plácidamente en su hamaca, un chapoteo fuerte lo despertó. ¡CHOP! ¡CHOP! ¡CHOP! Abrió un ojo, luego el otro, y vio algo increíble. ¡Un tiburón! Pero no era un tiburón normal. Este tiburón llevaba puestas unas zapatillas rojas con cordones amarillos. Y no solo eso, ¡también llevaba un sombrero de marinero torcido y gafas de sol de estrella!
"¡Hola!" gritó el tiburón, agitando una aleta. "Soy Tralalero Tralala, el tiburón más rápido y elegante de todo el océano. ¡Y he venido a desafiarte!"
Trulimero Trulichina bostezó. "¿Desafiarme a qué? ¿A una siesta? Porque en eso soy un experto."
Tralalero Tralala infló sus mejillas. "¡A una carrera! ¡Una carrera alrededor de la isla! El ganador se queda con… con… ¡la hamaca más cómoda!"
Trulimero Trulichina levantó una ceja perezosamente. Su hamaca era lo más preciado que tenía. Pero… correr… ¡Qué pereza! "No estoy seguro…" murmuró.
"¡Ja! Ya sabía que eras un gato cobarde!" se burló Tralalero Tralala, dando un par de saltos torpes con sus zapatillas. "¡Un gato que prefiere dormir a correr! ¡Qué vergüenza!"
Eso sí que no. Trulimero Trulichina, a pesar de su pereza, tenía su orgullo. "¡Está bien!" exclamó, saltando de la hamaca con un poco más de energía de lo habitual. "¡Acepto tu desafío!"
Tralalero Tralala sonrió, mostrando sus afilados dientes (aunque la sonrisa parecía un poco nerviosa). "¡Genial! La carrera comenzará al amanecer. ¡Prepárate para perder, gato perezoso!" Y dicho esto, se zambulló de nuevo en el mar, chapoteando ruidosamente.
Trulimero Trulichina pasó el resto del día… bueno, durmiendo. Pero esta vez, no podía dormir del todo. La idea de perder su hamaca lo mantenía inquieto. Pensó en cómo podría ganarle a un tiburón en una carrera alrededor de la isla. Él era lento, muy lento. Tralalero Tralala, por otro lado, era un tiburón. ¡Se suponía que los tiburones eran rápidos!
Finalmente, tuvo una idea. No podía vencer a Tralalero Tralala en velocidad, pero podía vencerlo en… ¡astucia!
Al amanecer, Tralalero Tralala esperaba en la playa, listo para la carrera. "¡Listo, gato perezoso!" gritó. "¡Prepárate para comer polvo… o arena, en este caso!"
Trulimero Trulichina apareció, bostezando. "Listo cuando tú lo estés."
"¡A la cuenta de tres!" dijo Tralalero Tralala. "Uno… dos… ¡TRES!"
Tralalero Tralala salió disparado hacia el agua, nadando a toda velocidad alrededor de la isla. Trulimero Trulichina, en cambio, se sentó en la arena y… ¡empezó a cavar!
Tralalero Tralala, confiado en su velocidad, nadaba y nadaba, imaginándose ya disfrutando de la hamaca de Trulimero Trulichina. No se dio cuenta de que el gato perezoso no estaba ni siquiera en la playa.
Mientras tanto, Trulimero Trulichina había cavado un túnel profundo bajo la arena, directamente hacia el otro lado de la isla. ¡Ese era su plan! No iba a correr por la superficie, iba a tomar un atajo subterráneo.
Cuando Tralalero Tralala finalmente llegó al otro lado de la isla, jadeando y exhausto, se sorprendió al ver a Trulimero Trulichina sentado tranquilamente en la playa, ¡tomando el sol!
"¿Qué…? ¿Cómo…?" tartamudeó Tralalero Tralala, sin poder creer lo que veía.
Trulimero Trulichina sonrió perezosamente. "Digamos que conozco algunos atajos."
Tralalero Tralala se dio cuenta de que había sido engañado. Estaba furioso, pero también impresionado. "¡Bien jugado, gato! ¡Bien jugado! Pero… ¿cómo supiste que iba a nadar alrededor de la isla? Podrías haber pensado que iba a correr por la playa."
Trulimero Trulichina se encogió de hombros. "Te vi con esas zapatillas. ¿Qué tiburón necesita zapatillas a menos que planee hacer algo tonto?"
Tralalero Tralala suspiró. "Tienes razón. Supongo que fui demasiado ambicioso. Bueno, un trato es un trato. ¡Disfruta de tu hamaca, Trulimero Trulichina!" Y dicho esto, se quitó el sombrero de marinero, hizo una reverencia y se zambulló de nuevo en el mar.
Trulimero Trulichina se estiró, bostezó y se dirigió a su hamaca. Se balanceó suavemente, sintiendo la brisa marina y el calor del sol. Había ganado la carrera, no por velocidad, sino por astucia. Y eso, pensó, era mucho más cómodo.
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