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Gratis · elegí una vozUga era una niña de la prehistoria muy especial. Vivía en una cueva cerca de un río brillante, pero no le gustaban ni los volcanes humeantes ni los dinosaurios ruidosos. Uga prefería las flores silvestres, los árboles frondosos y el sonido del viento entre las hojas. Lo que más le preocupaba era ver cómo algunos niños y niñas de su tribu dejaban basura por todas partes: huesos de animales tirados, ramas rotas y piedras amontonadas sin ton ni son.
"¡Esto no puede seguir así!", pensaba Uga mientras recogía unas hojas secas que alguien había dejado caer cerca del río. Un día, tuvo una idea brillante. "¡Voy a enseñarles a todos cómo cuidar nuestro hogar!"
Primero, Uga intentó hablar con los demás niños. "¡No tiren los huesos!", les decía. "¡Podemos enterrarlos y las plantas crecerán más fuertes! ¡No rompan las ramas de los árboles, ellos nos dan sombra y frutos!". Pero los niños, ocupados jugando a lanzar piedras y perseguir lagartijas, no le hacían mucho caso.
Entonces, Uga decidió ser más creativa. Empezó a recolectar las flores más bonitas y las colocó en pequeños montones de piedras. Luego, usó huesos lisos para dibujar en la arena, creando imágenes de animales felices rodeados de árboles y flores. También recogió las ramas rotas y las usó para construir pequeñas barreras alrededor de los árboles jóvenes, protegiéndolos de los animales.
Un día, mientras Uga estaba ocupada plantando semillas que había guardado de las bayas, una niña llamada Luma se acercó. "¿Qué estás haciendo, Uga?", preguntó Luma, curiosa.
"Estoy cuidando nuestro hogar", respondió Uga. "Estoy plantando semillas para que crezcan más bayas, así tendremos comida para el invierno. Y estoy protegiendo este árbol joven para que crezca fuerte y nos dé sombra en el verano".
Luma, impresionada por la dedicación de Uga, se ofreció a ayudar. Juntas, plantaron más semillas y construyeron más barreras para los árboles. Poco a poco, otros niños se acercaron, intrigados por lo que estaban haciendo. Uga les explicó cómo cada pequeña acción podía hacer una gran diferencia.
"Si tiramos los huesos, las plantas se mueren", les dijo. "Pero si los enterramos, las plantas crecen fuertes y nos dan comida. Si rompemos las ramas de los árboles, los árboles se debilitan. Pero si los cuidamos, nos dan sombra y frutos".
Los niños empezaron a entender. Empezaron a recoger la basura, a plantar semillas y a cuidar los árboles. Incluso dejaron de lanzar piedras a las lagartijas, prefiriendo observarlas en su hábitat natural. La cueva de Uga, que antes estaba llena de basura, se convirtió en un lugar limpio y hermoso, lleno de flores y árboles jóvenes.
Un día, Uga llevó a todos los niños a una cueva secreta que había descubierto detrás de una cascada. La cueva estaba llena de pinturas rupestres, dibujos de animales y plantas que sus antepasados habían hecho hace mucho tiempo. "Esta cueva es un tesoro", les dijo Uga. "Nos muestra cómo nuestros antepasados respetaban la naturaleza y vivían en armonía con ella. Debemos seguir su ejemplo".
Los niños, impresionados por la belleza de la cueva y las palabras de Uga, prometieron cuidar el medio ambiente y enseñar a otros a hacer lo mismo. A partir de ese día, la tribu de Uga se convirtió en la tribu más limpia y respetuosa con la naturaleza de toda la prehistoria.
Uga, aunque seguía sin gustarle los volcanes ni los dinosaurios, se sentía feliz y orgullosa. Había logrado enseñar a los demás niños la importancia de cuidar su hogar, el planeta Tierra. Y así, Uga, la niña de la prehistoria que amaba las flores y los árboles, se convirtió en una heroína para su tribu y un ejemplo para todos nosotros.
Una tarde, mientras el sol se ponía tiñendo el cielo de naranja y rosa, Uga se sentó junto al río con Luma. "Mira, Luma", dijo Uga señalando las estrellas que comenzaban a aparecer en el cielo. "Cada estrella es como una semilla de esperanza. Si cuidamos nuestro planeta, esas semillas florecerán y nuestro hogar será un lugar hermoso para siempre". Luma sonrió. Sabía que Uga tenía razón. Juntas, seguirían cuidando su hogar, una semilla a la vez.
Desde ese día, la cueva de Uga fue conocida como "La Cueva Verde", un símbolo de esperanza y un recordatorio de que todos podemos hacer la diferencia para proteger nuestro planeta, sin importar cuán pequeños seamos.
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