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Ulises era un niño muy valiente. Le encantaba jugar al escondite en la Plaza Zafiro, un lugar lleno de árboles altísimos y flores de mil colores. Un día soleado, mientras contaba hasta cien con los ojos cerrados, escuchó un ruido extraño. Era como un gemido, ¡pero más grave y arrastrado!
Abrió un ojo, solo un poquito, y ¡oh, sorpresa! Un zombie estaba parado justo enfrente de él. No era un zombie de película de miedo, no señor. Este zombie era… ¡peculiar! Tenía la ropa un poco rota, un ojo bizco y, en lugar de gemir como un monstruo, ¡hacía un ruido como un pato resfriado: ¡Cuac-arrrr!
Ulises, a pesar de su valentía, sintió un cosquilleo en la barriga. El zombie, al que Ulises bautizó mentalmente como Zumby, se acercaba lentamente, arrastrando un pie. Zumby extendió una mano… ¡con un helado de fresa derretido!
¡Cuac-arrrr… helado… cuac!, dijo Zumby, ofreciéndole el pegajoso manjar. Ulises, confundido pero aliviado, retrocedió un paso. No sabía qué hacer. ¿Debía correr? ¿Debía gritar? ¿O debía aceptar el helado del zombie?
De repente, Zumby tropezó con una raíz y cayó al suelo, dejando caer el helado. ¡Cuac-arrrr… mi helado… cuac!, lloriqueó Zumby, más parecido a un niño pequeño que a un monstruo aterrador.
Ulises, conmovido por la tristeza de Zumby, se acercó con cautela. No te preocupes, Zumby, dijo Ulises. Te ayudaré a levantarte.
Ulises extendió su mano y ayudó a Zumby a ponerse de pie. Zumby, agradecido, le sonrió (o al menos, lo intentó, porque tenía un ojo bizco y le faltaban algunos dientes). ¡Cuac-arrrr… gracias… cuac!, dijo Zumby.
En ese momento, se escuchó el sonido de una sirena. ¡Ñiiiñooooo!, gritaba la sirena acercándose. Un coche de policía azul brillante se detuvo frente a ellos. Un policía grandote, con un bigote enorme y una sonrisa amable, salió del coche.
¡Hola, Ulises! ¿Todo bien por aquí?, preguntó el policía. Luego, su mirada se posó en Zumby. El policía arqueó una ceja. ¿Y quién es tu amigo… tan… particular?, preguntó el policía con una sonrisa divertida.
Se llama Zumby, explicó Ulises. Y se cayó y perdió su helado.
El policía se acercó a Zumby y lo examinó con cuidado. Hmmm… parece un zombie un poco… perdido, dijo el policía. ¿Sabes dónde vives, Zumby?
Zumby negó con la cabeza y volvió a hacer su ruido de pato resfriado: ¡Cuac-arrrr… perdido… cuac!.
Bueno, no te preocupes, dijo el policía. Te llevaremos a la comisaría. Allí te daremos un helado nuevo y encontraremos a tus padres.
Zumby, al escuchar la palabra helado, saltó de alegría (o al menos, lo intentó, porque tenía un pie arrastrando). ¡Cuac-arrrr… helado… cuac!, exclamó Zumby, emocionado.
El policía abrió la puerta trasera del coche patrulla y Zumby se subió sin dudarlo. Ulises se despidió de Zumby con la mano. ¡Adiós, Zumby! ¡Espero que encuentres a tu familia!, gritó Ulises.
El policía le guiñó un ojo a Ulises. No te preocupes, Ulises. Cuidaremos bien de Zumby, dijo el policía. Luego, encendió la sirena y el coche patrulla se alejó, dejando atrás una nube de polvo y el sonido de ¡Ñiiiñooooo!.
Ulises se quedó mirando el coche patrulla hasta que desapareció en la distancia. Se sintió un poco triste de que Zumby se hubiera ido, pero también se sintió aliviado. Había conocido a un zombie, ¡y no había sido tan aterrador como pensaba!
Al día siguiente, Ulises regresó a la Plaza Zafiro. Estaba jugando al escondite con sus amigos cuando, de repente, escuchó un ruido familiar: ¡Cuac-arrrr!.
Ulises se giró y vio a Zumby, ¡esta vez acompañado por una señora zombie con un delantal de lunares y un señor zombie con un sombrero de paja!
¡Cuac-arrrr… Ulises… cuac!, dijo Zumby, corriendo hacia él y abrazándolo con su mano pegajosa. ¡Familia… cuac!.
La señora zombie le sonrió a Ulises y le ofreció una galleta de chocolate. El señor zombie le estrechó la mano con entusiasmo. Ulises se dio cuenta de que Zumby no era un zombie perdido, ¡sino un zombie que se había alejado de su familia por un momento!
Desde ese día, Ulises y Zumby se hicieron los mejores amigos. Jugaban juntos en la Plaza Zafiro, compartían helados (sin importar lo pegajosos que fueran) y demostraron que, incluso un zombie con un ruido de pato resfriado, podía tener un corazón de oro (¡y un gran amor por el helado!). La Plaza Zafiro nunca volvió a ser la misma, ahora era un lugar donde la amistad y la diversión superaban cualquier miedo, ¡incluso el de un zombie peculiar! Y, por supuesto, el policía siempre estaba cerca, listo para ayudar con un helado extra en caso de emergencia zombie.
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