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Había una vez un soleado sábado de verano en el que Lucas y su papá, Roberto, decidieron que era el día perfecto para una gran aventura. Lucas, un niño de ocho años con una curiosidad inagotable, se puso sus botas de montaña, mientras que Roberto preparaba una mochila con manzanas, sándwiches de jamón y una cantimplora con agua fresca. El destino era el Bosque de los Sauces, un lugar mágico donde los árboles parecen susurrar secretos y el aire huele a pino y aventura. Caminaron durante casi una hora, saltando sobre troncos caídos y buscando huellas de animales en el barro. El sol brillaba con fuerza, y pronto el calor empezó a hacerse sentir. Papá, tengo mucho calor, dijo Lucas, secándose el sudor de la frente. ¿Falta mucho para el río?. Roberto sonrió y señaló hacia adelante: Ya casi podemos oírlo, Lucas.
Efectivamente, tras cruzar un pequeño matorral, el sonido de la corriente se hizo cristalino. El río era hermoso, con aguas de color turquesa que corrían suavemente sobre piedras redondas y lisas. El lugar estaba completamente desierto, rodeado de altos juncos y flores silvestres que bailaban con la brisa. Lucas corrió hacia la orilla y metió la mano en el agua. ¡Está fresquísima!, exclamó. Papá, ¿podemos nadar?. Roberto suspiró con resignación: Me encantaría, pero olvidamos traer los bañadores en la mochila. Lucas, con esa lógica implacable que solo tienen los niños, miró a su alrededor. No había ni un alma a la vista. Pero papá, dijo Lucas bajando la voz como si compartiera un plan secreto, aquí no hay nadie. Somos solo nosotros dos, dos hombres en plena naturaleza. No hay mujeres ni niñas que puedan vernos. ¿Por qué no nadamos como los peces?.
Roberto miró a su izquierda y a su derecha. Solo vio un par de patos distraídos y una libélula azul que revoloteaba sobre un lirio. Bueno, pensó Roberto, supongo que tienes razón. Es un lugar muy privado. Con una sonrisa cómplice, ambos se quitaron las botas, los calcetines, las camisetas y los pantalones. Finalmente, se deshicieron de todo y quedaron allí, tal como llegaron al mundo, listos para disfrutar de la libertad del río. ¡A la de tres!, gritó Lucas. Pero cuando llegó a la orilla y puso un dedo del pie en el agua, se detuvo en seco. ¡Uf! Está más fría de lo que pensaba, susurró estremeciéndose. Roberto, que estaba a su lado intentando parecer valiente, también retrocedió al sentir el contacto del agua helada en sus tobillos. Los dos se quedaron de pie, temblando un poquito y dudando si realmente querían zambullirse de golpe.
Fue en ese preciso momento de indecisión, mientras ambos intentaban reunir valor en la orilla, cuando un sonido extraño rompió la paz del bosque. No era el canto de un pájaro, sino algo mucho más familiar: risas. Muchas risas. Lucas y Roberto giraron la cabeza lentamente hacia el recodo del río. Para su horror, un bote de remos apareció doblando la esquina de la corriente. En el bote viajaban la señora García y la señora Martínez, vecinas de su misma calle, junto con sus hijas, Sofía y Valentina, que iban en la misma clase que Lucas. ¡Mira, mamá!, gritó Sofía, señalando con el dedo y soltando una carcajada sonora. Valentina, por su parte, no perdía detalle: ¡estaba usando unos binoculares de exploradora para observar las aves, pero ahora apuntaban directamente hacia la orilla!
El pánico se apoderó de los dos excursionistas. ¡Rápido, Lucas!, gritó Roberto. En un acto reflejo de pura vergüenza, ambos se cubrieron con las manos como pudieron y, olvidando por completo que el agua estaba congelada, realizaron un salto acrobático y desesperado hacia el fondo del río. El ¡PLASH! se escuchó en todo el valle. El agua fría les cortó la respiración, pero al menos ahora estaban sumergidos hasta el cuello, ocultos por la corriente. El bote pasó a pocos metros de ellos. La señora García intentaba mantener la compostura, cubriéndose la boca con un pañuelo para ocultar su risa, mientras la señora Martínez remaba con mucha energía, mirando hacia otro lado con una sonrisa nerviosa. Sin embargo, las niñas no tenían tanta discreción. ¡Es tarde para esconderse!, gritó Valentina entre risas, agitando sus binoculares desde la popa. ¡Ya les vimos hasta las ideas!.
La señora García regañó suavemente a su hija: ¡Valentina, por favor, ten respeto!, aunque se le escapó un pequeño ji, ji al final de la frase. Lucas y Roberto permanecieron inmóviles, con solo las narices y los ojos asomando por encima del agua, como si fueran dos hipopótamos asustados. Esperaron en silencio hasta que el bote desapareció tras la siguiente curva y las risas se convirtieron en un eco lejano. Solo entonces, tiritando de frío y rojos como tomates de pura vergüenza, salieron corriendo hacia sus ropas. Papá, dijo Lucas mientras se ponía la camiseta al revés por la prisa, creo que la próxima vez, aunque no haya nadie, mejor traemos el bañador. Roberto, secándose con su propia camisa, soltó una carcajada: Tienes toda la razón, hijo. Al menos ahora sabemos que el agua fría cura la timidez instantáneamente. Y así, con una anécdota que contar para el resto de sus vidas, regresaron a casa por el sendero, riéndose de su propia aventura fallida.
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