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Gratis · elegí una vozEl sol brillaba con fuerza, pintando el cielo de un azul vibrante. Mateo, un niño de siete años con un torbellino de rizos castaños, correteaba impaciente alrededor de su padre, Juan.
"¡Papá, papá! ¿Podemos ir al parque ahora? ¡Quiero jugar en los columpios!", exclamó Mateo, su voz llena de emoción.
Juan, un hombre alto y fuerte con una sonrisa amable, levantó la vista de su computadora. "Claro, hijo. Dame cinco minutos para terminar esto y nos vamos."
"¡Sííí! ¿Puedo llevar mi pelota también?", preguntó Mateo, saltando arriba y abajo.
"Por supuesto, así jugamos juntos un rato", respondió Juan, guardando su trabajo. "Eres el mejor, papá!", gritó Mateo, abrazando a su padre con todas sus fuerzas.
"Y tú el mejor hijo. Vamos a divertirnos", dijo Juan, devolviéndole el abrazo.
En cuestión de minutos, padre e hijo salieron de la casa. El parque estaba a solo unas cuadras de distancia, y Mateo corrió adelante, su pelota roja rebotando alegremente a su lado. Al llegar, el parque estaba lleno de niños riendo, columpios balanceándose y el aire impregnado con el dulce aroma de las flores. Los ojos de Mateo se iluminaron al ver los columpios. Corrió hacia ellos, dejando su pelota a los pies de su padre.
"¡Empújame, papá, empújame muy alto!", gritó Mateo, sentándose en el columpio.
Juan sonrió y empujó suavemente a su hijo. Mateo se balanceaba cada vez más alto, gritando de alegría con cada vaivén. Después de un rato, Mateo se cansó de los columpios y corrió hacia el arenero. Comenzó a construir un castillo enorme, con torres altas y un foso profundo.
"¡Mira, papá, estoy construyendo un castillo para un rey!", exclamó Mateo, mostrando orgulloso su creación.
Juan se sentó en el borde del arenero y observó a su hijo con admiración. "Es un castillo impresionante, Mateo. Estoy seguro de que el rey estará muy contento."
Después de construir el castillo, Mateo recordó su pelota. "¡Papá, vamos a jugar a la pelota!", dijo, corriendo hacia su padre.
Juan tomó la pelota y comenzó a lanzársela a Mateo. Jugaron a atraparla, a patearla y a lanzarla lo más alto posible. Mateo reía a carcajadas cada vez que la pelota le pasaba por encima de la cabeza o cuando su padre hacía una carrera graciosa para alcanzarla. De repente, Mateo tropezó y cayó al suelo, raspándose la rodilla. Comenzó a llorar.
Juan corrió hacia su hijo y lo levantó en sus brazos. "No te preocupes, Mateo. Ya está, ya está. Vamos a limpiarte la rodilla", dijo Juan, consolando a su hijo.
Llevaron a Mateo a una banca y Juan sacó un pañuelo de su bolsillo para limpiar la herida. "Ya está, campeón. Solo es un pequeño rasguño", dijo Juan, besando la rodilla de Mateo.
Mateo dejó de llorar y abrazó a su padre. "Gracias, papá", dijo.
"De nada, hijo. Siempre estaré aquí para cuidarte", respondió Juan, abrazando a Mateo con fuerza.
Después de que la rodilla de Mateo dejó de doler, decidieron ir a comprar un helado. Caminaron hasta la heladería que estaba cerca del parque y Mateo eligió un helado de fresa con chispas de chocolate. Juan eligió uno de vainilla.
Sentados en un banco a la sombra de un árbol, padre e hijo disfrutaron de sus helados. Mateo, con la cara manchada de helado, sonrió a su padre.
"Este es el mejor día de mi vida, papá", dijo Mateo.
Juan sonrió a su hijo. "Para mí también, hijo. Me encanta pasar tiempo contigo."
Cuando terminaron sus helados, el sol comenzó a ponerse. El cielo se llenó de colores naranjas, rosas y púrpuras. Era hora de volver a casa. De camino a casa, Mateo tomó la mano de su padre y caminaron en silencio, disfrutando de la compañía del otro.
Al llegar a casa, la mamá de Mateo, Sofía, los estaba esperando en la puerta. "¿Cómo les fue en el parque?", preguntó Sofía.
"¡Fue genial, mamá!", exclamó Mateo. "Jugamos en los columpios, construí un castillo de arena, jugamos a la pelota y comimos helado. ¡Pero me caí y me raspé la rodilla!"
Sofía abrazó a Mateo y le besó la frente. "Lo siento, cariño. Pero lo importante es que te divertiste."
Mateo asintió con la cabeza. "Sí, me divertí mucho con papá", dijo, mirando a Juan con una sonrisa.
Después de cenar, Mateo se preparó para ir a la cama. Juan le leyó un cuento antes de apagar la luz. Mateo se acurrucó en su cama, sintiéndose feliz y amado.
"Buenas noches, papá", dijo Mateo.
"Buenas noches, hijo. Que duermas bien", respondió Juan, besando la frente de Mateo.
Mientras Mateo se dormía, soñaba con columpios altos, castillos de arena y helados deliciosos. Soñaba con un día perfecto en el parque con su papá, el mejor papá del mundo.
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