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Gratis · elegí una vozHabía una vez tres personas muy amables: el Señor Pérez, un hombre grande y fuerte; la Señora Pérez, una mujer mediana y dulce; y el pequeño Pedrito Pérez, un niño pequeño y juguetón. Vivían en una hermosa casa amarilla con un techo rojo brillante, en el corazón del bosque Esmeralda.
Un día, los Pérez prepararon una enorme olla de estofado de zanahorias para el almuerzo. ¡Olía delicioso! Pero como el estofado estaba muy caliente, decidieron dar un paseo por el bosque mientras se enfriaba un poco.
Cerca del bosque, vivía un osito pardo muy, muy travieso llamado Bruno. Bruno era conocido por su curiosidad sin límites y su amor por las aventuras. Esa mañana, estaba explorando el bosque, persiguiendo mariposas de colores y jugando a las escondidas con los conejos. De repente, un aroma irresistible a estofado llegó a su nariz.
"¡Oh, qué hambre tengo!", exclamó Bruno. "¿De dónde vendrá ese olor tan rico a estofado de zanahorias?"
Bruno miró a su alrededor y, entre los árboles, divisó el techo rojo de una casa. Con la curiosidad a flor de piel, corrió hacia la casa de los Pérez. Llegó a la puerta y, sin dudarlo, ¡toc, toc, toc!.
Nadie respondió. Bruno, un poco decepcionado pero sin rendirse, se acercó a la ventana y miró adentro. La casa parecía vacía, pero sobre la mesa del comedor, ¡vio tres tazones llenos de estofado! ¡Qué tentación!
Y así, Bruno, siendo un oso pequeño y muy, muy travieso, ¡entró en la casa!
Primero, probó el estofado del tazón del Señor Pérez.
"¡Ayyyy! ¡Este estofado está muy caliente!", gritó Bruno, sacando la lengua y soplando para refrescarse.
Entonces, probó el estofado del tazón de la Señora Pérez.
"¡Ufff! ¡Este estofado está demasiado frío!", se quejó Bruno, haciendo una mueca de disgusto.
Por último, Bruno probó el estofado del tazón de Pedrito Pérez.
"¡Este estofado está perfecto!", exclamó Bruno con una sonrisa de oreja a oreja. Y le gustó tanto, ¡que se lo comió todito, hasta la última gota!
Con la barriga llena de delicioso estofado, Bruno sintió un poco de sueño. Buscó un lugar donde sentarse para descansar un rato.
Junto a la chimenea, vio tres sillas.
Bruno se sentó en la silla del Señor Pérez, pero era demasiado alta y sus patitas no tocaban el suelo. Se sentía incómodo.
Luego, se sentó en la silla de la Señora Pérez, pero el cojín era demasiado duro y no le gustó. Se levantó rápidamente.
Finalmente, Bruno se sentó en la silla de Pedrito Pérez y dijo:
"¡Esta silla es perfecta!"
Pero justo cuando se acomodaba para echar una siestecita, la sillita, que era demasiado pequeña para él, ¡se rompió con un crack!
Bruno, un poco asustado por el ruido, subió las escaleras de la casita y llegó a un dormitorio donde había tres camas.
Primero, probó la cama del Señor Pérez, pero era muy alta y dura. No le gustó nada.
Luego, se acostó en la cama de la Señora Pérez, pero la almohada era demasiado blanda y se hundió demasiado. Tampoco le pareció cómoda.
Finalmente, se acostó en la camita de Pedrito Pérez.
"¡Esta cama es perfecta!", dijo Bruno alegremente. Era suave, acogedora y tenía el tamaño justo para él. Y así, Bruno se durmió profundamente.
Mientras Bruno dormía plácidamente, los Pérez regresaron a casa. Tenían mucha hambre después de su paseo y estaban ansiosos por comer su delicioso estofado.
El Señor Pérez levantó su tazón y con su voz grave y profunda rugió:
"¡Alguien ha probado mi estofado!"
Entonces, la Señora Pérez vio la cuchara dentro de su tazón y chilló con su voz suave y aguda:
"¡Alguien ha probado también mi estofado!"
Pedrito Pérez miró su tacita vacía y lloró desconsoladamente:
"¡Alguien ha probado mi estofado! ¡Y se lo ha comido todo!"
El Señor Pérez fue entonces hasta su silla. Vio que el cojín estaba fuera de lugar y rugió con su voz grave y profunda:
"¡Alguien se ha sentado en mi silla!"
La Señora Pérez miró su silla, vio que el cojín también estaba fuera de lugar y chilló con su voz suave y aguda:
"¡Alguien se ha sentado también en mi silla!"
Pedrito Pérez miró su sillita rota y lloró desconsoladamente:
"¡Alguien se ha sentado en mi silla! ¡Y la ha roto en pedazos!"
Los tres Pérez subieron las escaleras. El Señor Pérez vio su cama deshecha y con su voz de trueno gruñó:
"¡Alguien se ha acostado en mi cama!"
La Señora Pérez miró su cama desordenada y con su voz suave y aguda chilló:
"¡Alguien se ha acostado también en mi cama!"
Pedrito Pérez se acercó a su cama y lloró desconsoladamente:
"¡Alguien está durmiendo en mi cama!"
Bruno oyó el gruñido del Señor Pérez, pero pensó que era un trueno lejano.
Oyó luego el chillido de la Señora Pérez y creyó que caía granizo sobre el techo.
Cuando oyó llorar a Pedrito Pérez, abrió un ojo y vio a los tres Pérez de pie alrededor de su cama. ¡Bruno se dio un susto enorme!
Sin pensarlo dos veces, Bruno saltó de la cama, bajó las escaleras a toda velocidad, abrió la puerta de un empujón y se escapó corriendo. Los tres Pérez corrieron detrás de él, pero vieron que el osito corría a toda velocidad por el bosque hacia su propia casa y decidieron no perseguirlo.
Bruno corrió y corrió, y nunca más regresó a la casa de los Señores Pérez. Aprendió una valiosa lección sobre la importancia de pedir permiso y respetar la propiedad ajena.
FIN
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