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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en una casita pintada de colores alegres, un niño llamado Tomás. Tomás adoraba los baños de burbujas. Ese día, su mamá había salido a hacer compras y él tenía la casa para él solito. Se preparó un baño con muchísima espuma, patitos de goma y hasta un barquito de papel. ¡Era el capitán de su propio mar de burbujas!
Mientras jugaba, sintió un poco de frío. La ventana del baño estaba abierta y entraba una brisa traviesa. "Mejor la cierro", pensó Tomás, estirándose para alcanzar el borde de la ventana. Pero… ¡ay, no! Sus pies resbalaron en la espuma jabonosa y, con un grito ahogado, ¡PLAF!, cayó fuera de la bañera, directamente al jardín. Lo peor de todo: ¡la ventana se cerró de golpe detrás de él!
Tomás estaba… ¡completamente desnudo! Y además, se sentía muy, muy avergonzado. Intentó abrir la ventana, pero estaba bien cerrada. La puerta trasera también. ¡Estaba atrapado afuera, sin nada para cubrirse! Miró a su alrededor, desesperado. Entonces, ¡eureka! Vio algo que podía salvarlo: en el patio trasero de la vecina, doña Rosa, había una cuerda con ropa tendida secándose al sol. ¡Podía usar una de esas prendas para taparse!
Pero había un pequeño… ¡enorme!… problema. En el jardín de doña Rosa, jugando a la rayuela y saltando a la cuerda, estaban Julia, la hija de doña Rosa, y sus amigas, Sofía y Lucía. Las tres niñas reían y gritaban, ajenas al apuro de Tomás. "¡Oh, no! ¡Me van a ver!", pensó Tomás, sintiendo que sus mejillas se ponían rojas como tomates.
Se agachó detrás de un arbusto de rosas, sintiendo el cosquilleo de las hojas en sus piernas. Observó cuidadosamente a las niñas. Julia estaba saltando a la cuerda, Sofía hacía equilibrio sobre una línea de ladrillos y Lucía dibujaba un sol gigante con una tiza en el suelo. Tenía que ser muy, muy sigiloso. Su plan era gatear de arbusto en arbusto hasta llegar a la cuerda de tender, tomar una prenda de ropa y correr de vuelta a su casa sin que lo vieran. ¡Era una misión secreta de alto riesgo!
Comenzó su aventura. Gateó detrás del arbusto de rosas, con cuidado de no pincharse con las espinas. Luego, se arrastró por detrás de un macizo de margaritas, sintiendo el suave roce de los pétalos en su piel. Escuchaba las risas de las niñas y sentía que su corazón latía cada vez más rápido. Estaba muy cerca… ¡casi podía tocar la ropa tendida!
De repente, Julia gritó: "¡Miren, un caracol!". Las tres niñas corrieron hacia el otro lado del jardín, dejando el camino libre para Tomás. ¡Era su oportunidad! Se levantó rápidamente, agarró la camisa más grande que vio, que resultó ser una camisa floreada de doña Rosa, y corrió lo más rápido que pudo hacia su casa.
Pero justo cuando estaba llegando a la ventana del baño, Lucía se giró y lo vio. "¡Miren, un niño! ¡Y lleva la camisa de flores de mi abuela!", gritó Lucía, señalando a Tomás. Las tres niñas se quedaron boquiabiertas, observando a Tomás, que se sentía más avergonzado que nunca.
Tomás, con la camisa floreada cubriéndolo a duras penas, se detuvo y las miró. Respiro hondo. "Lo siento", dijo Tomás, con la voz temblorosa. "Me caí de la bañera y la ventana se cerró. No tenía nada más para ponerme".
Julia, Sofía y Lucía se miraron entre ellas. Al principio estaban sorprendidas, pero luego empezaron a reírse. La situación era realmente muy graciosa. Julia se acercó a la ventana del baño y trató de abrirla. Después de un par de intentos, ¡clic!, la ventana se abrió.
"¡Listo!", dijo Julia. "Puedes entrar ahora".
Tomás entró corriendo al baño, cerró la ventana y se vistió rápidamente. Unos minutos después, salió de la casa, esta vez bien vestido, y se acercó a las niñas.
"Gracias por ayudarme", dijo Tomás, sonriendo tímidamente. "Y perdón por tomar la camisa de tu abuela, Julia".
Julia le devolvió la sonrisa. "No te preocupes", dijo. "Fue muy divertido. ¿Quieres jugar con nosotras ahora?".
Tomás aceptó encantado. Ese día, Tomás aprendió una valiosa lección: a veces, las situaciones más embarazosas pueden convertirse en las aventuras más divertidas. Y también aprendió que tener buenos vecinos, dispuestos a ayudar, es lo mejor del mundo. Y por supuesto, nunca más intentaría cerrar una ventana resbaladiza estando desnudo. ¡Nunca más!
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