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Gratis · elegí una vozEn un pueblito rodeado de campos verdes y cielos azules, se encontraba la telesecundaria "El Sol Naciente". Allí, entre risas y juegos, los alumnos aprendían cosas nuevas cada día. Un día nublado, mientras la clase de matemáticas zumbaba con el silencio concentrado de los estudiantes, Israel, un chico listo y curioso, se enfrentaba a un pequeño desafío: las ecuaciones.
Israel siempre había sido un buen estudiante, de esos que terminan rápido las tareas y les encanta presumir su velocidad. Ese día, no fue la excepción. Termino sus ecuaciones en un abrir y cerrar de ojos y corrió emocionado hacia la profesora Alma para que le revisara el cuaderno.
La profesora Alma, una mujer de sonrisa cálida y paciencia infinita, revisó el trabajo de Israel con atención. Sus ojos se posaron en los números y símbolos, y notó algo… ¡Oh, no! Todos los ejercicios estaban incorrectos. Israel había usado el método de la resta en lugar del de la suma.
—Israel —le dijo la profesora Alma con suavidad—, los pasos que usaste son para restar, no para sumar. Tienes que revisar la ley de los signos.
Israel, al escuchar esto, frunció el ceño y, sin levantar la mirada, respondió con un tono molesto:
—¡Me lo hubieras dicho antes! Pero bueno, ya está bien así.
La profesora Alma, con paciencia, tomó el cuaderno de Israel y le mostró el procedimiento correcto en su propia libreta. Le explicó por qué su método no era válido, usando ejemplos sencillos y fáciles de entender. Pero Israel, en lugar de escuchar, negó con la cabeza y exclamó:
—¡Ya me estresé! Ya no voy a hacer nada.
La profesora Alma, manteniendo la calma, le respondió:
—Está bien, Israel. Es tu decisión. Pero recuerda que si no corriges los ejercicios, en el examen no te va a ir bien.
Israel, enojado, le arrebató el cuaderno de las manos y se fue a sentar a su pupitre. Jenniffer, una joven practicante que observaba la clase, notó cómo Israel jugaba con sus lápices, claramente frustrado. El ambiente se había vuelto un poco tenso.
Pero, al pasar los minutos, Jenniffer observó algo sorprendente: Israel había retomado su cuaderno y, en silencio, volvía a intentar resolver las ecuaciones. La profesora Alma también se dio cuenta. Miró a Jenniffer y negó con la cabeza, sonriendo con resignación. Luego le comentó en voz baja:
—Israel es así, especialmente en esta materia. No le gusta que lo corrijan. Ya he hablado con él antes, pero no cambia. Cuando no estoy y otras maestras lo suplen, se comporta igual, o incluso peor.
Jenniffer, curiosa, le preguntó:
—¿Ha intentado hablar con su mamá?
La profesora Alma suspiró y respondió:
—Sí, pero él es así porque su mamá le exige mucho. Ya le comenté la situación, pero ella solo me dijo que hablaría con él. Pero no ha habido cambios.
Después de un rato, Israel se levantó y entregó su cuaderno a la profesora Alma. Había corregido todos los ejercicios y, esta vez, ¡las respuestas eran correctas! No dijo nada, solo entregó el cuaderno en silencio.
La profesora Alma revisó el trabajo de Israel y, con una sonrisa amable, le dijo:
—¡Muy bien, Israel! Lo has hecho muy bien. Si te sientes estresado resolviendo las ecuaciones, puedes salir un rato a caminar y echarte agua en la cara. Eso te ayudará a relajarte.
Israel, un poco más tranquilo, asintió sin mirarla a la cara y regresó a su lugar en silencio, pero con una actitud diferente. Ya no parecía tan enojado.
Esa tarde, Jenniffer reflexionó sobre lo que había presenciado. Se dio cuenta de que aprender no siempre es fácil, y que equivocarse es una parte natural del proceso. También entendió que la paciencia y la comprensión son herramientas muy importantes para ayudar a los estudiantes a superar sus dificultades.
La profesora Alma, por su parte, aprendió una vez más que cada niño es diferente y que necesita un tipo de apoyo diferente. Sabía que debía seguir buscando estrategias para ayudar a Israel a sentirse más cómodo con las matemáticas y a no tener miedo de cometer errores.
Al día siguiente, la profesora Alma preparó una actividad especial para la clase. Les propuso un juego donde todos podían equivocarse sin ser juzgados. Crearon un "rincón de los errores", donde podían escribir sus equivocaciones y aprender de ellas juntos. Israel, al principio, se mostró un poco reacio, pero poco a poco se animó a participar. Descubrió que equivocarse no era tan malo como pensaba, y que incluso podía ser divertido.
Desde ese día, la clase de matemáticas se convirtió en un lugar más relajado y divertido. Los alumnos aprendieron a no tener miedo de equivocarse, y a ver los errores como oportunidades para aprender y crecer. E Israel, con la ayuda de la profesora Alma y sus compañeros, descubrió que las matemáticas no eran tan estresantes como pensaba, y que incluso podía llegar a disfrutarlas.
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