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Gratis · elegí una vozEn un bosque verde y frondoso, donde los árboles cantaban con el viento y los riachuelos reían al correr, vivían tres cerditos hermanos: Pipo, Pepe y Pompo. Pipo era un cerdito muy trabajador, Pepe era un cerdito juguetón, y Pompo… bueno, Pompo era un cerdito un poco despistado.
Un día, su mamá cerdita les dijo: “Ya están grandes, mis pequeños. Es hora de que construyan sus propias casas y vivan sus propias aventuras”.
Pipo, el más responsable, construyó una casa fuerte de ladrillo. Pepe, que prefería jugar, hizo una casita rápida de paja. Y Pompo, distraído como siempre, construyó una casita… ¡de caramelos!
No muy lejos de allí, en una cueva oscura y fría, vivía un lobo llamado Lucas. Lucas no era un lobo malo, solo era… bueno, un lobo con mucha hambre. Un día, olió algo dulce y delicioso que venía del bosque. Siguió el aroma, guiado por su nariz, hasta que llegó a la casita de caramelos.
“¡Vaya, vaya! ¡Qué delicia!”, exclamó Lucas al ver la casita de Pompo. “¡Una casa hecha de mis golosinas favoritas!”.
Pompo, que estaba dentro comiéndose una ventana de regaliz, no se dio cuenta de que Lucas estaba afuera. Lucas, sin pensarlo dos veces, ¡comenzó a comerse la casa!
“¡Ñam, ñam, ñam!”, comía el lobo, mordisqueando las paredes de chocolate y chupando las tejas de gomitas. Pompo, al oír el ruido, se asomó por la puerta y vio a Lucas devorando su hogar.
“¡Oh, no!”, gritó Pompo. “¡Mi casa! ¡Se la está comiendo un lobo!”.
Pompo salió corriendo, con el corazón latiéndole a mil por hora, hacia la casa de paja de Pepe. “¡Pepe, Pepe! ¡Un lobo se está comiendo mi casa!”, gritó Pompo, jadeando.
Pepe, que estaba jugando a las canicas, se asustó mucho y dejó caer sus canicas al suelo. “¡Un lobo!”, exclamó. “¡Rápido, entra!”.
Los dos cerditos se encerraron en la casita de paja. Pero Lucas, con su gran apetito, no se dio por vencido. Se acercó a la casa de paja y sopló, y sopló, y sopló con todas sus fuerzas. La casita de paja tembló y se tambaleó, pero no se cayó.
Lucas sopló aún más fuerte, y esta vez, la casita de paja se deshizo como si fuera polvo. Pepe y Pompo salieron corriendo, gritando de miedo, hacia la casa de ladrillo de Pipo.
Pipo, al ver a sus hermanos tan asustados, los hizo entrar rápidamente. “¡Tranquilos, aquí estarán a salvo!”, les dijo Pipo, con voz firme.
Lucas llegó a la casa de ladrillo y trató de soplar, pero no pudo mover ni un solo ladrillo. La casa era demasiado fuerte. Entonces, Lucas intentó derribar la puerta a patadas, pero la puerta era muy resistente.
El lobo, frustrado y hambriento, se sentó frente a la casa, pensando en qué hacer. De repente, tuvo una idea. Vio una chimenea en el techo y pensó: “¡Entraré por la chimenea!”.
Lucas trepó al tejado y se deslizó por la chimenea. Pero Pipo, que había estado escuchando todo, había puesto un gran caldero con agua hirviendo en la chimenea. Cuando Lucas cayó, ¡aterrizó directamente en el caldero con agua hirviendo!
“¡Auuuu!”, gritó Lucas, saltando del caldero y saliendo corriendo de la casa. Estaba tan quemado y asustado que no se detuvo hasta llegar a su cueva, donde se escondió por mucho tiempo.
Los tres cerditos, al ver que Lucas se había ido, salieron de la casa y celebraron. Pipo les dijo a sus hermanos: “Ya ven, es importante ser responsable y trabajador. Si hubieran construido casas fuertes como la mía, no habrían tenido problemas”.
Pepe, aunque seguía siendo juguetón, aprendió la lección. Pompo, aunque seguía siendo un poco despistado, entendió que las casas de caramelos son deliciosas, ¡pero no muy seguras!
Desde ese día, los tres cerditos vivieron felices en la casa de ladrillo de Pipo, aprendiendo a ser más responsables y a cuidarse el uno al otro. Y aunque Lucas el lobo seguía teniendo hambre, ¡nunca más intentó comerse una casa de cerditos!
En vez de eso, Lucas aprendió a cultivar un huerto y a cocinar verduras. Descubrió que las zanahorias, el brócoli y los tomates también podían ser deliciosos, ¡especialmente si se cocinaban con un poco de salsa picante! Y aunque a veces todavía recordaba el sabor de la casita de caramelos de Pompo, aprendió que era mucho mejor ser un lobo vegetariano y tener amigos cerditos que un lobo hambriento y solitario. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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