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Gratis · elegí una vozValentina era una niña muy especial. Tenía ojos grandes y brillantes como dos luceros, y una imaginación que volaba más alto que las cometas. Pero Valentina guardaba un secreto: no quería hablar. No era que no pudiera, simplemente… no quería. Las palabras le parecían pequeñas jaulas para sus grandes pensamientos.
En el colegio, Valentina escuchaba con atención a la maestra y a sus compañeros. Participaba con dibujos asombrosos y gestos expresivos, pero cuando le tocaba hablar, un nudo se le formaba en la garganta. Prefería observar el mundo en silencio, dejándose llevar por la música del viento y el baile de las hojas.
Un día, mientras caminaba por el bosque cerca de su casa, Valentina se encontró con una ardilla muy peculiar. Tenía un chaleco diminuto y un monóculo torcido. La ardilla, al ver a Valentina, exclamó: “¡Pero mira, una niña silenciosa! He oído hablar de ti.”
Valentina la miró con curiosidad. La ardilla se presentó como Don Roque, guardián del Bosque de las Palabras Perdidas. “Este bosque”, explicó Don Roque, señalando con su bastón de bellota, “es donde vienen a parar las palabras que nadie usa, las palabras olvidadas, las palabras tímidas.”
Don Roque le contó a Valentina que el bosque estaba perdiendo su magia. Las palabras, al no ser usadas, se estaban marchitando y el bosque, poco a poco, se estaba volviendo gris. “Necesitamos a alguien que les dé vida de nuevo”, dijo Don Roque con un tono de súplica. “Alguien que sepa escuchar con el corazón y ver más allá de las palabras.”
Valentina sintió un vuelco en el pecho. Aunque no quería hablar, entendía la importancia de las palabras. Le dolía pensar en un bosque lleno de palabras tristes y olvidadas. Decidió ayudar a Don Roque.
Don Roque le dio a Valentina una pequeña lupa mágica. “Esta lupa”, le dijo, “te permitirá ver las palabras en su verdadera forma. Busca las palabras que necesitan ser rescatadas.”
Valentina, con la lupa en la mano, se adentró en el bosque. Al principio, solo veía árboles y arbustos. Pero al enfocar la lupa, empezaron a aparecer palabras flotando en el aire. Algunas eran brillantes y alegres, como “amistad” y “alegría”. Otras eran opacas y tristes, como “soledad” y “miedo”.
Valentina se acercó a una palabra que parecía estar llorando. Era la palabra “gracias”. Nadie la usaba, porque la gente se olvidaba de agradecer las pequeñas cosas. Valentina tomó la palabra “gracias” entre sus manos y la abrazó con cariño. De repente, la palabra empezó a brillar con una luz dorada.
Luego, encontró la palabra “perdón”, escondida detrás de un árbol. Estaba llena de polvo y telarañas. Valentina la limpió suavemente y le susurró: “No tengas miedo, todos cometemos errores”. La palabra “perdón” se enderezó y empezó a florecer.
Valentina pasó días enteros en el Bosque de las Palabras Perdidas, rescatando palabras olvidadas. Usaba su imaginación para crear historias con ellas, dándoles vida y significado. Dibujaba las palabras en la tierra, las cantaba en voz baja y las compartía con los animales del bosque.
Poco a poco, el bosque empezó a recuperar su color. Los árboles florecieron, los pájaros cantaron con más alegría y las palabras brillaron con más intensidad. Don Roque estaba feliz. “¡Lo has hecho, Valentina!”, exclamó. “Has devuelto la magia al bosque.”
Un día, mientras Valentina jugaba con las palabras en el bosque, escuchó una voz suave que la llamaba. Era la palabra “valentía”. Flotaba cerca de ella, brillando con una luz especial. “Valentina”, dijo la palabra, “tienes una voz hermosa que merece ser escuchada. No tengas miedo de usarla.”
Valentina sintió que la palabra “valentía” entraba en su corazón. Por primera vez en mucho tiempo, sintió el deseo de hablar. Tomó aire profundamente y dijo, con voz temblorosa: “Hola”.
Su voz era suave, pero clara. El bosque entero pareció detenerse para escucharla. Las palabras del bosque brillaron aún más intensamente, como si estuvieran celebrando su regreso.
Valentina sonrió. Había encontrado su voz en el Bosque de las Palabras Perdidas. Ya no tenía miedo de hablar, porque sabía que sus palabras podían hacer magia. A partir de ese día, Valentina siguió visitando el bosque, pero ahora, además de escuchar, también hablaba. Compartía sus historias, sus sueños y sus pensamientos con el mundo, llenándolo de color y alegría. Y entendió que, a veces, el silencio nos ayuda a encontrar las palabras que necesitamos decir.
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