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Gratis · elegí una vozValentino era un ratoncito muy especial. No le gustaba el queso tanto como a los demás ratones, ni le emocionaba esconderse de los gatos. Valentino soñaba con las estrellas. Quería ser astronauta.
Todos los días, Valentino se ponía su casco de moto rojo, que le quedaba un poco grande y se tambaleaba en su cabeza, y sus botas de lluvia amarillas, que rechinaban al caminar. Con su peculiar atuendo, se sentaba en el tejado de su casita de ratón, mirando al cielo.
"¡Algún día viajaré allí!", exclamaba, apuntando con su patita a la luna.
Los demás ratones se reían de él. "¡Un ratón astronauta! ¡Qué tontería!", decían. "¡Los ratones no vuelan al espacio! ¡Se dedican a comer queso!"
Pero Valentino no les hacía caso. Él sabía que, con suficiente imaginación y determinación, podía lograr cualquier cosa. Cada noche, leía libros sobre cohetes, planetas y constelaciones. Aprendía sobre la gravedad, la atmósfera y la importancia de llevar un traje espacial.
Un día, mientras exploraba el desván de la casa donde vivía, encontró un viejo telescopio. ¡Estaba cubierto de polvo, pero parecía mágico! Con cuidado, lo limpió y lo colocó en el tejado. Ahora podía ver las estrellas aún más de cerca.
"¡Es increíble!", murmuraba Valentino, observando los cráteres de la luna.
Una tarde, mientras Valentino observaba Marte, vio algo extraño. ¡Una luz parpadeante! Parecía una señal. Valentino estaba convencido de que era una señal de vida extraterrestre. ¡Tenía que responder!
Pero, ¿cómo? No tenía un cohete espacial. Ni siquiera sabía cómo construir uno.
Entonces, tuvo una idea brillante. ¡Podía usar las cosas que encontraba en la casa para construir su propia nave espacial! Buscó cajas de cartón, tubos de papel higiénico, tapas de ollas y un montón de otras cosas.
Con mucha paciencia y creatividad, Valentino construyó su cohete espacial. Lo pintó de colores brillantes y le puso el nombre de "Estrella Fugaz". Era un poco pequeño y un poco torcido, pero Valentino estaba muy orgulloso de su creación.
El día del lanzamiento, todos los ratones se reunieron para ver el espectáculo. Se reían y se burlaban de Valentino, pero él no se desanimó. Se puso su casco de moto, se ajustó sus botas de lluvia y se subió a su cohete.
"¡Prepárense para el despegue!", gritó Valentino con voz temblorosa.
Encendió los motores, que en realidad eran unas bengalas que había encontrado en una caja vieja. El cohete empezó a temblar y a echar humo. Los ratones se echaron a reír aún más fuerte.
Pero, de repente, ¡el cohete despegó! Subió muy alto, por encima de las casas, por encima de los árboles, ¡hasta que llegó a las nubes!
Valentino estaba volando por el espacio. Vio la Tierra desde lejos, como una canica azul. Vio la luna de cerca, con todos sus cráteres. Y vio las estrellas, ¡brillando como diamantes!
Pero lo más emocionante fue cuando vio la luz parpadeante de Marte. Se acercó a la luz y vio una pequeña nave espacial. De la nave salió un pequeño extraterrestre verde con antenas.
El extraterrestre saludó a Valentino con una sonrisa. "¡Hola!", dijo. "Soy Zorp. ¿Eres tú el que envió la señal?"
Valentino asintió con entusiasmo. "¡Sí! Soy Valentino, el ratón astronauta con botas de lluvia!"
Zorp invitó a Valentino a entrar en su nave espacial. Le enseñó todos los controles y le contó sobre su planeta, Zorpia. Valentino y Zorp se hicieron muy amigos.
Después de un rato, Valentino tuvo que regresar a la Tierra. Se despidió de Zorp y prometió volver a visitarlo pronto.
Cuando Valentino regresó a casa, todos los ratones lo estaban esperando. Estaban asombrados y sorprendidos. Ya no se reían de él. Ahora lo admiraban.
Valentino les contó sobre su aventura en el espacio, sobre la luna, las estrellas y su nuevo amigo Zorp. Los ratones escucharon con atención, maravillados.
Desde ese día, Valentino se convirtió en un héroe para los ratones. Les enseñó que los sueños se pueden hacer realidad, sin importar lo locos que parezcan. Y les demostró que, incluso un ratón con casco de moto y botas de lluvia, puede convertirse en astronauta.
Valentino siguió mirando las estrellas todas las noches, soñando con nuevas aventuras en el espacio. Y aunque nunca más volvió a volar en su cohete de cartón, siempre supo que podía alcanzar las estrellas con su imaginación y su corazón.
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