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Había una vez una niña llamada Valeria, tenía cinco años y vivía con sus padres en una casita de campo, alejada de la ciudad. El día de su nacimiento, Valeria nació con una peculiaridad, es decir, no podía escuchar la voz de sus padres, el canto de los pájaros, las olas del mar, la música de la radio cuando iba en el coche… por lo que en su pequeño pueblo todos aprendieron la lengua de signos para poder hablar con ella y que se sintiese una niña más.
Un día en casa, sus padres le dieron una triste noticia: el padre de Valeria había encontrado un nuevo trabajo en la ciudad. ¡Iban a mudarse! Entonces, Valeria enseguida se asustó porque iba a vivir en un lugar desconocido para ella, con un nuevo cole y nuevos amigos, donde no sabía si la gente podría llegar a entenderla o rechazarla por ser diferente a los demás.
El primer día de su nuevo colegio, su nueva tutora la recibió en el patio del colegio con una gran sonrisa. ¡Qué alivio! La tutora empezó a comunicarse con Valeria mediante lenguaje de signos. Entonces ella se sintió segura porque había alguien en quien confiar y que la podía entender. ¡No estaba sola!
Cuando entró en su nueva clase, todos los niños y niñas la miraron con curiosidad, ya que estos la saludaban y ella no les contestaba. Más tarde, la profesora les contó a sus compañeros por qué Valeria actuaba de esta forma y algunos de ellos se sintieron confundidos porque no sabían cómo hablar y dirigirse hacia ella.
Tras su primer día de clase, la madre de Valeria fue a por ella a la salida y esta le contó que se sentía triste porque pensaba que nunca podría hacer amigos ni comunicarse con nadie en clase. "Mamá, ¿nadie me entenderá? ¿Estaré sola para siempre?", preguntó Valeria con lágrimas en los ojos.
En ese mismo momento, una de sus compañeras de clase, una niña llamada Sofía, la vio haciendo unos gestos raros con su madre a la salida del cole. A Sofía le picó la curiosidad. ¿Qué estarían haciendo?
Al día siguiente en clase, Sofía se lo contó a la profesora porque no entendía qué estaban haciendo Valeria y su madre. La profesora, con mucha paciencia, le explicó que era su manera de comunicarse y aunque fuera diferente a los demás, era igual de válida. "Valeria habla con las manos, Sofía. Es un lenguaje muy bonito", dijo la profesora.
La niña, sorprendida le dijo que quería aprender estos gestos para poder hablar con Valeria y hacerse su amiga. Entonces la profesora pensó que sería buena idea enseñarle a toda la clase algunas palabras básicas en lengua de señas para que pudieran intentar comunicarse con Valeria. "¡Qué gran idea, Sofía!", exclamó la profesora.
Esa misma semana, la profesora empezó a enseñar a los niños cómo decir "hola", "gracias", "¿cómo estás?" y "me llamo..." en lengua de señas. Al principio fue un poco difícil, pero los niños estaban muy motivados por hacer un nuevo amigo. Valeria observaba con atención y una sonrisa tímida.
Poco a poco, Valeria empezó a integrarse en el grupo. Algunos compañeros la saludaban con la señal de “hola” en lengua de señas y otros intentaban escribir en un papel para que ella pudiera leer lo que decían. Sofía se convirtió en su mejor amiga y juntas jugaban en el recreo y se contaban secretos.
Con el paso del tiempo, la clase de Valeria se transformó en un lugar más inclusivo. Los niños se dieron cuenta de que aunque ella no pudiera escuchar, podía sentir la amistad y la alegría igual que ellos. Aprendieron que lo importante era el cariño, el respeto y el esfuerzo por entenderse. Descubrieron que las diferencias no importan cuando hay un corazón dispuesto a conectar.
Al final del curso, Valeria no solo había aprendido mucho, sino que también había enseñado a sus compañeros a mirar más allá de las diferencias. Todos, incluidos los que al principio de curso se sentían confundidos, entendieron que lo más importante era la amistad, que no dependía del sonido, sino de la empatía y el deseo de estar juntos. Valeria y sus amigos demostraron que el lenguaje del corazón es el más importante de todos. Y así, Valeria descubrió que su nuevo hogar, lejos de ser un lugar de soledad, se había convertido en un jardín lleno de amigos que hablaban con las manos y con el corazón.
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