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Gratis · elegí una vozValerio Gutiérrez Gutiérrez, un niño pequeño, pasaba sus días ayudando a su mamá Elvira. Juntos cortaban enea, junco y canutillo a orillas de la Laguna de Urao. El sol brillaba sobre el agua, y los pájaros cantaban mientras trabajaban. Pero un día, mientras jugaba entre los altos pajonales, Valerio se perdió. El pánico comenzó a invadirlo, las sombras se alargaban y el viento susurraba sonidos extraños.
De pronto, una mujer muy anciana, con el rostro arrugado como una pasa y ojos brillantes como estrellas, apareció frente a él. Le sonrió con dulzura y le dijo: “Sígueme, Valerio.” Confiando en su mirada amable, el niño la siguió a través de los pajonales, hasta que llegaron a un portal que brillaba con una luz suave y dorada.
Junto al portal, un viejito con una larga barba blanca les esperaba. “Pasa al gran palacio de la Doña,” le dijo al niño con voz grave. “Pero recuerda: no vayas a comer, aunque tengas mucha hambre, ni traer nada de lo que exista allí, ni desear cosa alguna. Y tampoco puedes quedarte dormido, aunque el cansancio te abrume.”
Valerio, aunque asustado, asintió con la cabeza y cruzó el portal. Se encontró en un palacio resplandeciente, lleno de luces y colores que nunca había visto. Era más hermoso que cualquier cosa que pudiera imaginar. Se posó junto a un horcón, intentando recordar las palabras del viejito.
Al poco rato, una voz melodiosa lo llamó: “Valerio, ven a degustar una rica comida.” Una mesa llena de manjares deliciosos se extendía ante él: frutas jugosas, pasteles tentadores, y guisos que olían maravillosamente. Pero Valerio, recordando las enseñanzas del viejo, cerró los ojos y dijo: “No, gracias. No tengo hambre.”
Luego, vino otra mujer, tan hermosa como la primera, con una jarra de cristal llena de un líquido burbujeante. “Tienes sed, Valerio,” le dijo. “Aquí hay un rico refresco.” Pero Valerio, con la garganta seca, recordó la advertencia y respondió: “No, gracias. No tengo sed.”
En aquel palacio mágico, la noche cayó rápidamente. Lo llamaron para que se acostara en una cama suave y cómoda, cubierta de sedas y plumas. “Valerio, estás cansado. Descansa aquí,” le dijeron. Pero aunque hacía frío junto al horcón, y el sueño lo vencía, Valerio se mantuvo despierto, frotándose los ojos y pensando en su mamá Elvira.
La noche fue larga y silenciosa, llena de sombras danzantes y susurros extraños. Valerio luchó contra el sueño, recordando una y otra vez las palabras del viejito. Finalmente, el cielo comenzó a clarear.
Al día siguiente, Valerio escuchó el canto de los pájaros y el bullicio de mucha gente trabajando. Cada uno estaba en su faena: tejiendo, labrando la tierra, cocinando. Pasaban frente a donde estaba el niño, y todos le hablaban en un idioma que no entendía. Valerio estaba atónito, sin comprender lo que estaba pasando, pero no desmayó, mantuvo la calma y siguió recordando las instrucciones.
De pronto, otra anciana, aún más arrugada que la primera, llegó y le dijo al viejito que lo había recibido: “Este niño no quiso comer, ni beber, ni dormir. Por tanto, llévenlo de regreso.”
Valerio, sin entender nada, fue conducido nuevamente al portal. Al cruzarlo, se encontró de nuevo en la Laguna de Urao, junto al pajonal donde se había perdido.
Lo que Valerio no sabía era que había estado en otra dimensión, donde los minutos son días. Sin saberlo, había sido llamado por la Diosa JAMA para que se convirtiera en su hijo amado, formado por todos los sabios de ese mundo. Le habían entregado sus secretos y poderes, probando su valor y disciplina.
Al regresar a casa, su mamá Elvira, preocupada, lo increpó: “¡Valerio! ¡Ya es tarde! ¿Dónde estuviste?”
El niño le respondió: “Una viejita me llevó al fondo de la Laguna.”
Su madre, Elvira, sonrió con sabiduría. Ella sabía lo que había pasado y que Valerio estaba en buenas manos. “Le doy gracias a la Tata JAMA por haberlo formado,” susurró.
Valerio creció y se convirtió en un gran sabio. Era el Mohan de los Quinaroes, conocido por su sabiduría y sus poderes curativos. Tenía el secreto para curar las enfermedades: curaba el mal de ojo, el cuajo caído, la jucha, las picadas de arco, los tumores, los males de luna. Leía la orina y detectaba las enfermedades antes de que se manifestaran. Sabía si una mujer estaba embarazada con solo mirarla. Quitaba males postizos, causados por envidias y rencores.
También sabía de los estados del tiempo, y conocía las lunas propicias para sembrar, aporcar y cosechar. Era un ingeniero práctico, y supo conducir el agua desde la Vizcaína hasta la Variante, trayendo vida y prosperidad a su pueblo.
Valerio, el niño que se perdió en la Laguna de Urao, se convirtió en un hombre sabio y bondadoso, gracias a la prueba que superó en el palacio escondido de la Doña y a la formación que recibió de la Diosa JAMA y sus sabios.
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