Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozVicente tenía dos añitos y un corazón tan grande como el sol. Vivía en una casita pintada de azul, rodeada de un jardín lleno de flores de todos los colores. Lo que más le gustaba a Vicente era jugar en el jardín. Un día, mientras exploraba entre las rosas rojas y los girasoles amarillos, escuchó un pío muy suave. Siguió el sonido hasta encontrar, escondido debajo de una hoja de lechuga gigante, un pollito diminuto. Era amarillo como el sol y temblaba de frío. Vicente lo recogió con mucho cuidado y lo llevó a casa.
"¡Mamá, mira! ¡Un pollito!" exclamó Vicente, mostrando el pequeño pollito a su madre.
La mamá de Vicente sonrió. "Qué bonito, Vicente. Parece que se ha perdido. Lo cuidaremos bien."
Vicente nombró al pollito Pío. Le preparó una camita con un calcetín viejo y le dio un poco de agua en la tapa de un frasco. Pío, agradecido, pío pío pío sin parar. Desde ese día, Vicente y Pío se volvieron inseparables. Vicente le daba a Pío trocitos de pan y granitos de maíz. Pío lo seguía a todas partes, piando alegremente. Cuando Vicente jugaba con sus bloques de madera, Pío correteaba alrededor, picoteando las piezas de colores. Cuando Vicente se sentaba a leer un cuento con su mamá, Pío se acurrucaba en su regazo y escuchaba atentamente.
Una tarde, mientras jugaban en el jardín, Pío se alejó demasiado. Vicente estaba construyendo un castillo de arena y no se dio cuenta de que Pío se había ido. De repente, Vicente escuchó un pío asustado. Corrió en dirección al sonido y vio a Pío atrapado en una telaraña gigante. Una araña peluda se acercaba a Pío con intenciones poco amistosas.
"¡No! ¡Déjalo en paz!" gritó Vicente, asustando a la araña, que huyó rápidamente. Vicente liberó a Pío de la telaraña con mucho cuidado. Pío, al verse libre, corrió a esconderse detrás de las piernas de Vicente, piando de alivio. Vicente abrazó a Pío con fuerza. "No te preocupes, Pío. Yo te protegeré siempre."
Desde ese día, Vicente tuvo aún más cuidado con Pío. Lo llevaba siempre consigo, dentro de un pequeño cestito. Una mañana, Vicente se despertó y no escuchó el pío de Pío. Buscó por toda la casa, pero no lo encontró. Estaba muy preocupado. Salió al jardín y empezó a llamar a Pío: "¡Pío! ¡Pío! ¿Dónde estás?"
De repente, escuchó un pío proveniente del gallinero. Vicente corrió hacia el gallinero y vio a Pío rodeado de gallinas. Pío ya no era un pollito diminuto. Había crecido y se había convertido en un pollito grande y fuerte. Estaba aprendiendo a picotear el suelo con las gallinas y a cacarear como un gallo.
Vicente se sintió un poco triste. Ya no podía llevar a Pío en su cestito ni acurrucarlo en su regazo. Pero al mismo tiempo, estaba feliz de ver a Pío feliz y rodeado de su familia. Se acercó a Pío y lo acarició suavemente. "Adiós, Pío," le dijo Vicente. "Sé feliz."
Pío lo miró con cariño y pió suavemente. Luego, volvió a picotear el suelo con las gallinas. Vicente entendió que Pío tenía que seguir su propio camino. A partir de ese día, Vicente visitaba a Pío todos los días en el gallinero. Le llevaba trocitos de pan y le contaba sus aventuras. Aunque ya no jugaban juntos como antes, su amistad seguía siendo fuerte y especial. Vicente aprendió que a veces, amar a alguien significa dejarlo volar. Y Pío aprendió que siempre tendría un amigo en Vicente, el niño que lo rescató y lo amó con todo su corazón. Un día, la mamá de Vicente le preguntó: "Vicente, ¿estás triste porque Pío ya no juega contigo?" Vicente sonrió y dijo: "No, mamá. Estoy feliz porque Pío está feliz. Y aunque ya no juegue conmigo, siempre será mi amigo." La mamá de Vicente lo abrazó con cariño. "Eso es muy bonito, Vicente. Eres un niño muy especial." Y Vicente, con una sonrisa en el rostro, corrió a visitar a Pío en el gallinero. Su amistad, aunque diferente, era tan brillante como el sol amarillo que alumbraba su jardín. Siempre recordaría el suave pío del pollito que una vez encontró bajo una hoja de lechuga, el pollito que se convirtió en su amigo para siempre.
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