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Gratis · elegí una vozVictoria, una niña de siete años con coletas castañas y ojos brillantes, tenía un secreto. No era un secreto guardado bajo llave, sino uno que piaba, aleteaba y repetía todo lo que escuchaba. Se llamaba Manzanita, un lorito de color verde manzana, ¡obviamente! Y juntos, cuando la casa se sumía en el silencio de la noche, se convertían en los reyes de la travesura.
Sus padres, rendidos después de un largo día, dormían profundamente. Doña Cajetilla, su hermana menor, un angelito (según sus padres) de tres años, roncaba suavemente en su cuna. Era el momento de la aventura.
Victoria se levantaba sigilosamente de su cama, con una sonrisa traviesa iluminando su rostro. Manzanita, siempre atento, salía volando de su jaula, aterrizando suavemente en el hombro de Victoria. "¡A la aventura!" susurraba Victoria, y Manzanita respondía con un entusiasta "¡A la aventura! ¡A la aventura!".
La primera parada era la cocina. El objetivo: ¡galletas! Victoria abría el armario de las galletas con cuidado, intentando no hacer ruido. Manzanita, desde su puesto de observación, vigilaba cualquier peligro. "¡Shhh! ¡Silencio!" decía Manzanita, imitando a su papá cuando veía un partido de fútbol. Victoria se reía bajito, sacaba un paquete de galletas de chocolate y lo compartía con Manzanita. Las migas volaban por todas partes, pero no importaba, ¡la limpieza podía esperar hasta la mañana!
Después, se dirigían al salón. Allí, las posibilidades eran infinitas. Una noche, decidieron construir una fortaleza con cojines del sofá y mantas. Manzanita ayudaba, picoteando las mantas y “dando instrucciones” con sus gritos agudos. "¡Más a la izquierda! ¡No, a la derecha! ¡Perfecto!" gritaba, aunque Victoria no siempre entendía lo que quería decir.
Otra noche, encontraron una caja llena de disfraces viejos. Victoria se puso un sombrero de pirata y Manzanita se posó en él, como un verdadero loro de capitán. ¡Eran el Capitán Victoria y su fiel primer oficial Manzanita! Navegaron por el salón, luchando contra monstruos imaginarios y buscando tesoros escondidos.
Una vez, decidieron pintar. Victoria sacó sus acuarelas y un gran papel. Manzanita, curioso como siempre, metió su pico en la pintura azul. ¡Dejó una huella azul en el papel! Victoria se echó a reír y decidió usar la huella como parte del cuadro. Pintaron un cielo lleno de nubes azules y un sol amarillo brillante. Manzanita añadió unos toques finales con sus plumas verdes, creando un efecto muy especial.
Pero no todas las aventuras eran perfectas. Una noche, intentando llegar a un tarro de mermelada en la alacena más alta, Victoria se subió a una silla. La silla tambaleó y Victoria estuvo a punto de caerse. Manzanita, asustado, voló hacia ella y le picoteó la oreja, haciéndola reaccionar. Victoria se agarró a la alacena y se bajó con cuidado. Aprendieron una lección importante: algunas cosas son demasiado peligrosas, ¡incluso para los reyes de la travesura!
Con el amanecer acercándose, Victoria y Manzanita sabían que era hora de volver a sus puestos. Dejaban todo más o menos en su lugar (bueno, casi todo) y se metían en la cama. Victoria abrazaba a Manzanita y cerraba los ojos, sintiendo el suave cosquilleo de sus plumas.
Una mañana, Doña Cajetilla se despertó antes que los demás. Entró en la cocina y vio unas migas de galleta sospechosas en el suelo. Señaló con su dedito y dijo: "¡Galletas! ¡Victoria! ¡Manzanita! ¡Travesura!". Los padres de Victoria se despertaron alarmados. Victoria y Manzanita se miraron con culpabilidad.
Pero en lugar de enfadarse, sus padres se rieron. Sabían que Victoria y Manzanita eran inseparables y que su imaginación no tenía límites. Les recordaron que debían tener cuidado y que no debían hacer ruido por la noche, pero también les permitieron seguir jugando, con la condición de que limpiaran después.
Desde entonces, las aventuras nocturnas de Victoria y Manzanita se volvieron un poco más tranquilas, pero no menos divertidas. Aprendieron a jugar en silencio, a compartir sus secretos y a cuidar el uno del otro. Y Doña Cajetilla, cuando era lo suficientemente mayor, ¡se unió a sus travesuras! Porque, después de todo, ¿qué es la vida sin un poco de aventura y un lorito verde manzana?
Así, Victoria y Manzanita continuaron explorando el mundo juntos, aprendiendo, creciendo y llenando la casa de alegría y risas. Y aunque a veces hacían travesuras, siempre lo hacían con el corazón, creando recuerdos inolvidables que durarían para siempre.
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