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Gratis · elegí una vozVioleta vivía en un barrio colorido de Montevideo, donde las casas parecían pintadas con acuarelas y el aire olía a mate y bizcochos recién horneados. A Violeta le encantaba patinar. Sus patines, unos brillantes de color rosa chicle, eran su posesión más preciada. Pero aunque sobre ruedas se sentía libre y veloz, fuera de ellas, Violeta era un poco tímida y le costaba hacer amigos. Y, para ser sincera, estudiar no era precisamente su actividad favorita.
Tenía un hermano mayor, Ian, que siempre estaba metido en sus libros y proyectos de robótica, y un hermano menor, Noah, un torbellino de energía que coleccionaba figuritas de animales. A veces, Violeta sentía que Ian y Noah la observaban, pero casi nunca decían nada. Era como si estuvieran allí, apoyándola en silencio, pero sin que ella lo notara demasiado.
Últimamente, Violeta se enojaba con sus papás con facilidad. Ellos, preocupados por su futuro, insistían en que estudiara más y practicara patinaje con más dedicación. "¡Violeta, tienes un talento! ¡Podrías ser una gran patinadora!", le decía su papá con entusiasmo. "Y tus notas… ¡necesitas esforzarte un poco más!", añadía su mamá con una sonrisa preocupada.
Pero Violeta no quería oír hablar de eso. Sentía que la presionaban demasiado. "¡Déjenme en paz!", gritaba a veces, encerrándose en su habitación. Se sentía incomprendida y sola.
Un día, mientras patinaba en la rambla, Violeta vio a un grupo de chicos haciendo trucos increíbles. Intentó unirse, pero al instante se tropezó y cayó, raspándose la rodilla. Los chicos se rieron. Violeta se sintió avergonzada y corrió a casa, con lágrimas en los ojos.
"¡Soy un desastre!", pensó, tirándose en la cama.
Esa noche, Ian entró silenciosamente en su habitación. "¿Estás bien, Violeta?", preguntó, sentándose a su lado.
Violeta negó con la cabeza, sin mirarlo. "Me caí en la rambla. Todos se rieron de mí."
Ian no dijo nada por un momento. Luego, sacó un pequeño robot de su mochila. El robot tenía unos patines diminutos. "Estaba practicando un nuevo programa", explicó Ian. "Pero me cuesta que mantenga el equilibrio. ¿Podrías ayudarme? Tú eres buena patinando."
Violeta miró el robot con curiosidad. Nunca antes Ian le había pedido ayuda con sus proyectos. Aceptó, aunque con desgana.
Durante los días siguientes, Violeta e Ian trabajaron juntos en el robot. Violeta le enseñó a Ian sobre el equilibrio, la postura y los movimientos básicos del patinaje. Ian, a su vez, le explicó a Violeta sobre la programación y la mecánica del robot.
Mientras trabajaban juntos, Violeta se dio cuenta de que Ian no era solo un cerebrito metido en sus libros. Era inteligente, sí, pero también era paciente y divertido. Y, aunque no lo demostrara abiertamente, se preocupaba por ella.
Un día, mientras Violeta e Ian estaban trabajando en el robot, Noah entró corriendo en la habitación, agitando una hoja de papel. "¡Violeta, hay un concurso de patinaje en el parque!", exclamó. "¡Deberías participar!"
Violeta se sonrojó. "No… no soy lo suficientemente buena", murmuró.
Noah la miró con seriedad. "¡Claro que lo eres! Te he visto patinar. ¡Eres increíble!"
Violeta miró a sus hermanos. Por primera vez, vio en sus ojos un brillo de confianza y apoyo. Sintió que, de alguna manera, siempre habían estado allí para ella, animándola en silencio.
Decidió inscribirse en el concurso. Sabía que no sería fácil, pero también sabía que no estaba sola. Tenía a sus hermanos, a sus papás (que aunque a veces la exasperaban, la querían con todo su corazón), y a su nuevo amigo robot.
El día del concurso, Violeta estaba nerviosa. Pero cuando se puso los patines y salió a la pista, sintió una oleada de confianza. Sabía que había practicado mucho y que tenía el apoyo de su familia.
Patinó con gracia y velocidad, realizando trucos que nunca antes había intentado. Se cayó una vez, pero se levantó rápidamente y continuó. Al final, no ganó el concurso, pero recibió una ovación del público.
Más importante aún, hizo un nuevo amigo, Sofía, otra patinadora que la felicitó por su valentía. Y se dio cuenta de que no necesitaba ser perfecta para ser feliz. Solo necesitaba confiar en sí misma y en el amor de su familia.
Esa noche, Violeta se sentó con sus papás a estudiar. Ya no se enojaba tanto cuando la corregían. Sabía que lo hacían porque la querían y querían lo mejor para ella. Y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que ella también se quería un poco más a sí misma. Violeta sobre ruedas había encontrado, al fin, el equilibrio, no solo en sus patines, sino también en su corazón. Y todo, gracias a un giro inesperado y al silencioso apoyo de sus hermanos en su barrio de Montevideo.
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