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Gratis · elegí una vozVioleta era una niña curiosa como un gato y brillante como una luciérnaga. Vivía en una casita pintada de colores pastel al borde de un bosque susurrante. A Violeta le encantaba observar las estrellas, soñando con viajar a mundos lejanos. Una noche, mientras miraba el cielo estrellado a través de su ventana, vio una estrella fugaz caer cerca de su casa. ¡Pero no cayó en el bosque, sino en su jardín!
Corrió afuera, con su pijama de lunares y sus pantuflas de conejito, y encontró, no una estrella, sino una pequeña flor brillante, con pétalos que parecían polvo de estrellas. La flor temblaba ligeramente, como si tuviera frío. Violeta, con su corazón lleno de ternura, la desenterró con cuidado y la llevó adentro. La plantó en una maceta con tierra suave y le cantó una canción de cuna que su abuela le había enseñado.
A la mañana siguiente, Violeta despertó y encontró algo maravilloso. La flor de estrella fugaz había crecido y ahora brillaba con una luz suave y cálida. Pero eso no era todo. ¡Alrededor de la flor habían aparecido pequeñas flores de todos los colores imaginables! Flores que cantaban melodías dulces, flores que olían a chocolate y flores que brillaban como pequeñas lámparas.
Violeta se dio cuenta de que la flor de estrella fugaz había transformado su jardín en un jardín mágico. Cada día era una aventura. Jugaba con las flores, escuchaba sus canciones y aprendía sus secretos. Un día, una flor que parecía hecha de cristal le dijo: “Violeta, este jardín necesita tu cuidado y tu alegría para seguir brillando. Pero también necesita agua de la fuente encantada que se encuentra en lo profundo del bosque”.
Violeta sintió un poco de miedo. El bosque era oscuro y desconocido. Pero sabía que tenía que ayudar a su jardín mágico. Así que, con valentía, preparó una pequeña mochila con una botella de agua, una galleta de jengibre y su libro de cuentos favorito. Se despidió de las flores y se adentró en el bosque.
El bosque estaba lleno de sonidos misteriosos. Los árboles parecían gigantes dormidos y las sombras jugaban a las escondidas. Violeta siguió un sendero de piedras brillantes que la flor de cristal le había indicado. En el camino, se encontró con un conejo blanco que hablaba. “¿A dónde vas, pequeña Violeta?”, preguntó el conejo.
“Voy a la fuente encantada a buscar agua para mi jardín mágico”, respondió Violeta.
El conejo se sorprendió. “¡La fuente encantada! Es un lugar peligroso. Está custodiada por un duende gruñón que no deja que nadie se acerque”.
Violeta se sintió un poco desanimada, pero no se rindió. Siguió caminando hasta que llegó a un claro donde, en efecto, se encontraba la fuente encantada. Un duende pequeño y arrugado, con un gorro verde y una barba larga, estaba sentado junto a la fuente, gruñendo y mirando a todos lados.
Violeta se acercó al duende con cuidado. “Buenos días, señor duende”, dijo Violeta con una sonrisa.
El duende la miró con desconfianza. “¿Qué quieres, niña? ¡Vete de aquí!”.
“Solo quiero un poco de agua de la fuente para mi jardín mágico. Las flores necesitan agua para seguir brillando”, explicó Violeta.
El duende se cruzó de brazos. “¡Nadie puede tomar agua de esta fuente! ¡Es mía!”.
Violeta pensó rápidamente. Recordó que a su abuela le encantaba tejer. “Señor duende”, dijo Violeta, “¿le gustaría que le tejiera un gorro nuevo? El suyo está un poco viejo y deshilachado”.
El duende se sorprendió. Nadie le había ofrecido algo así antes. Miró su gorro y se dio cuenta de que, en efecto, estaba bastante desgastado. “Bueno…”, dijo el duende, pensativo. “Si me tejes un gorro nuevo, tal vez… solo tal vez… te deje tomar un poco de agua”.
Violeta sacó de su mochila un ovillo de lana de color violeta y unas agujas de tejer que siempre llevaba consigo. Se sentó junto al duende y empezó a tejer. Mientras tejía, le contó historias sobre su jardín mágico, sobre las flores que cantaban y las que brillaban. El duende escuchaba atentamente, sorprendido por la alegría y la imaginación de Violeta.
Después de un rato, Violeta terminó de tejer el gorro. Era un gorro precioso, de color violeta brillante, con una borla en la punta. El duende se lo probó y sonrió por primera vez en mucho tiempo. “¡Es perfecto!”, exclamó el duende. “Muchas gracias, Violeta”.
El duende dejó que Violeta llenara su botella con agua de la fuente encantada. Violeta le dio las gracias al duende y regresó corriendo al bosque.
Cuando llegó a su jardín, las flores estaban tristes y desanimadas. Violeta roció las flores con el agua de la fuente encantada y, al instante, el jardín volvió a brillar con más fuerza que nunca. Las flores cantaron con más alegría y los colores se volvieron más intensos.
Violeta aprendió que la valentía, la bondad y la creatividad pueden superar cualquier obstáculo. Y que incluso el duende más gruñón puede ser conquistado con un poco de cariño y un gorro nuevo. Desde ese día, Violeta siguió cuidando su jardín mágico, compartiendo su alegría con todos los que la visitaban. Y cada noche, antes de dormir, miraba las estrellas, agradecida por la flor de estrella fugaz que había transformado su vida para siempre.
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