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Gratis · elegí una vozLas fiestas patrias eran mi época favorita del año. ¡Bandera roja y blanca por todos lados! Este año, como siempre, nos reunimos en la casa de mi Tío Ricardo, que tiene un jardín enorme perfecto para celebrar. Mi prima Sofía y yo éramos las encargadas oficiales de la decoración. Con guirnaldas de papel crepé rojo y blanco, pequeños escudos peruanos y banderitas que ondeaban con la brisa, transformamos el jardín en un festival de patriotismo.
Mientras decorábamos, la televisión transmitía el desfile militar. ¡Qué imponente! Los soldados marchaban con paso firme, los caballos relucían bajo el sol y los aviones surcaban el cielo dejando estelas de humo blanco y rojo. Sofía y yo intentábamos imitar los pasos de los soldados, marchando con nuestros pequeños pies por el jardín, riendo a carcajadas mientras intentábamos mantener el ritmo.
Después del desfile, llegó el momento más esperado: ¡el almuerzo criollo! Mi abuela, con su delantal floreado y una sonrisa radiante, había preparado un festín. El aroma del seco de cabrito, con su salsa espesa y su carne tierna, llenaba toda la casa. Y el ceviche, fresco y picante, con su jugo de limón y ají amarillo, era una explosión de sabor en la boca. Para acompañar este manjar, mi mamá preparó una chicha morada deliciosa, dulce y refrescante, perfecta para combatir el calor.
Todos nos sentamos alrededor de la gran mesa de madera, decorada con un mantel bordado con motivos peruanos. Mis tíos contaban historias de su infancia, mi abuelo recitaba poemas de César Vallejo y mi papá cantaba canciones criollas. La música llenaba el ambiente de alegría y nostalgia. Era un momento mágico, un momento para celebrar nuestra identidad y nuestras raíces.
Después del almuerzo, mientras los adultos conversaban y disfrutaban de un café, Sofía y yo jugábamos a las escondidas en el jardín. Nos escondíamos detrás de los árboles, entre las flores y debajo de la mesa, riendo a carcajadas cada vez que alguien nos encontraba. El sol comenzaba a caer, pintando el cielo de colores naranjas y rosados, anunciando la llegada de la noche.
Por la noche, nos preparamos para salir a cenar. ¡Íbamos a comer pollo a la brasa! El restaurante estaba lleno de familias celebrando las fiestas patrias. El aroma del pollo asándose en las brasas era irresistible. Pedimos un pollo entero para compartir, con papas fritas crujientes y ensalada fresca. Comimos hasta quedar satisfechos, riendo y conversando sobre lo divertido que había sido el día.
El feriado largo de fiestas patrias no terminaba ahí. Al día siguiente, aprovechamos para visitar algunos de los lugares más emblemáticos de Trujillo. Fuimos al Museo Arqueológico Rafael Larco Herrera, donde admiramos las cerámicas y los textiles de la cultura Mochica. Nos maravillamos con la belleza de la Huaca de la Luna y el Sol, templos milenarios que nos recordaban la grandeza de nuestros antepasados. También visitamos el zoológico, donde vimos animales exóticos de la selva peruana y de otros lugares del mundo.
Pero lo que más me gustó fue el viaje a Chan Chan, la ciudad de barro más grande de América. Caminar entre sus muros laberínticos, imaginar cómo era la vida en esa antigua ciudad, fue una experiencia inolvidable. Sentí un orgullo inmenso de ser peruana, de pertenecer a una cultura milenaria y rica en historia.
En el camino de regreso a casa, cansada pero feliz, pensaba en todo lo que habíamos vivido en esos días. Habíamos celebrado nuestra patria con alegría, comida deliciosa, música, familia y amigos. Habíamos aprendido sobre nuestra historia y nuestra cultura. Habíamos creado recuerdos inolvidables que atesoraría por siempre. Las fiestas patrias eran mucho más que un feriado; eran una oportunidad para conectarnos con nuestras raíces, para celebrar nuestra identidad y para sentirnos orgullosos de ser peruanos. ¡Viva el Perú!
Al llegar a casa, me despedí de mi familia con un abrazo. Sabía que el próximo año volveríamos a reunirnos para celebrar juntos las fiestas patrias, creando nuevos recuerdos y fortaleciendo nuestros lazos familiares. Y mientras me dormía, soñaba con banderas rojas y blancas, con el aroma del seco de cabrito y el ceviche, con la música criolla y con la grandeza de Chan Chan. ¡Qué viva el Perú, y que vivan las fiestas patrias!
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