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Gratis · elegí una vozXuhar y César eran amigos inseparables. Vivían en un mundo donde las cosas brillantes y los trucos a veces eran más importantes que la verdad. Pero en el fondo, ambos tenían un corazón de oro, aunque un poco cubierto de purpurina. Un día, mientras tomaban un helado gigante de fresa (con muchas chispas, ¡por supuesto!), César tuvo una idea brillante.
"¡Xuhar, amiga! ¡Debemos ir al Gran Casino Reluciente de Nueva York! Dicen que allí, ¡hasta las estrellas apuestan!" exclamó César, con los ojos brillando más que sus zapatos nuevos.
Xuhar, que era un poco más cautelosa, frunció el ceño. "César, ya sabes que no me gustan mucho esos lugares. Siempre hay alguien que intenta engañar a los demás."
"¡Tonterías!" respondió César, dándole un empujoncito amistoso. "¡Será una aventura! ¡Nos reiremos mucho y, quién sabe, podríamos ganar un montón de dinero para comprar todos los helados de fresa del mundo!" Xuhar no pudo resistirse a la promesa de tantos helados, así que, con una sonrisa, aceptó.
Y así, Xuhar y César empacaron sus maletas (llenas de ropa brillante y algunos dulces) y tomaron el primer avión a Nueva York. Al llegar, quedaron maravillados. La ciudad era enorme, llena de luces y sonidos. Pero el Gran Casino Reluciente… ¡era aún más impresionante! Parecía un castillo de cristal con cascadas de diamantes.
Dentro, la música sonaba alegre y la gente reía y gritaba emocionada. Xuhar y César se sintieron un poco abrumados, pero César, siempre valiente, los guio hacia una mesa de un juego que parecía divertido: ¡La Ruleta de las Sonrisas! En este juego, en lugar de números, había dibujos de caras sonrientes. Si apostabas a la cara correcta, ¡ganabas el doble!
Al principio, les fue muy bien. Apostaron a la carita feliz con gafas y ganaron. Luego, apostaron a la carita feliz con un sombrero de payaso y volvieron a ganar. ¡Parecía que la suerte estaba de su lado! Se reían a carcajadas, compartiendo su alegría con los demás jugadores.
Pero entonces, apareció un hombre con un bigote muy largo y una mirada sospechosa. Se llamaba Don Bigotón y era conocido por ser un tramposo. Don Bigotón se acercó a Xuhar y César y les dijo con una voz melosa: "Veo que tienen suerte, pequeños. ¿Por qué no prueban un juego más emocionante? ¡El Desafío de la Fortuna!"
Este juego era diferente. Tenías que responder preguntas difíciles sobre cosas muy raras. Si fallabas, ¡perdías tu apuesta! Xuhar, que era muy inteligente, dudó, pero César, impulsivo como siempre, aceptó el desafío.
La primera pregunta fue: "¿Cuántas plumas tiene un flamenco que vuela hacia el sol poniente en un día de lluvia?" César no tenía ni idea, pero gritó: "¡Un millón!"
Don Bigotón sonrió maliciosamente. "¡Incorrecto!" Xuhar y César perdieron su apuesta. Pero no se rindieron. Continuaron jugando, aunque cada vez les iba peor. Don Bigotón parecía disfrutar de su mala suerte.
Finalmente, Don Bigotón les propuso una apuesta muy arriesgada. "Si pierden esta vez", dijo con una sonrisa siniestra, "tendrán que… ¡lavar todos los platos del casino durante un mes!"
Xuhar estaba aterrorizada, pero César, confiado, aceptó. La pregunta final fue: "¿Cuál es el color favorito de un unicornio invisible?"
César se quedó pensando un momento. De repente, Xuhar tuvo una idea. "¡El arcoíris!", gritó. "¡El color favorito de un unicornio invisible es el arcoíris! Porque aunque no lo veamos, siempre está ahí, ¡como la magia!"
Don Bigotón se quedó boquiabierto. ¡Xuhar tenía razón! Los unicornios invisibles, aunque no se vean, aman el arcoíris. Don Bigotón tuvo que admitir que habían ganado. Furioso, desapareció entre la multitud.
Xuhar y César, aliviados, decidieron que era hora de irse. Habían aprendido una valiosa lección: la verdadera riqueza no está en el dinero, sino en la amistad y en ser honestos. Salieron del casino, tomados de la mano, listos para disfrutar de su merecido helado de fresa. Y esta vez, ¡lo pagarían con el dinero que habían ganado limpiamente en la Ruleta de las Sonrisas!
Desde ese día, Xuhar y César siguieron siendo los mejores amigos, aunque nunca más volvieron al Gran Casino Reluciente. Prefirieron gastar su tiempo riendo, jugando y compartiendo helados de fresa, sabiendo que la verdadera aventura estaba en vivir la vida con alegría y honestidad.
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