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Gratis · elegí una vozYilena era conocida en todo el pueblo como "Yilena la Llorona". No porque fuera triste, ¡al contrario! Lloraba… ¡de risa! Cualquier cosa la hacía estallar en carcajadas que resonaban como cascadas. Una mariposa con un sombrero imaginario, un perro intentando atrapar su cola, ¡incluso la forma de una nube! Alex, por otro lado, era "Alex el Rudo". No era malo, solo… reservado. Nunca reía, nunca lloraba, nunca demostraba emoción alguna. Siempre serio, siempre concentrado en sus rocas y sus mapas. Le encantaba explorar el bosque y el río que cruzaba el pueblo.
Un día, Yilena, mientras reía a una ardilla que intentaba esconder una nuez demasiado grande en un agujero diminuto, escuchó un sollozo. No era su risa. Era un llanto suave, casi imperceptible. Siguió el sonido hasta llegar a la orilla del Río Sonriente, normalmente un río alegre y bullicioso.
Allí estaba Alex, sentado en una roca, con la cabeza entre las manos. Yilena nunca lo había visto así. "¿Alex? ¿Estás… bien?" Preguntó Yilena, con la risa atascada en la garganta.
Alex levantó la vista. Sus ojos, normalmente grises y fríos, estaban rojos e hinchados. "El Río Sonriente… ya no sonríe", dijo con voz temblorosa.
Yilena miró el río. Era cierto. El agua, que normalmente burbujeaba y brillaba, estaba turbia y silenciosa. Las piedrecitas de colores que adornaban el lecho del río estaban cubiertas de una capa de lodo oscuro. "¿Qué pasó?" Preguntó Yilena, sintiendo una punzada de preocupación.
"No lo sé", respondió Alex, con la voz ahogada. "Ayer estaba normal. Hoy… está triste. Y si el río está triste, todo el pueblo estará triste pronto".
Yilena, a pesar de ser conocida por su risa, entendió la gravedad de la situación. El Río Sonriente era la vida del pueblo. Proporcionaba agua, irrigaba los campos y mantenía felices a los animales. Si el río enfermaba, el pueblo también.
"Tenemos que hacer algo", dijo Yilena, con determinación. "Pero… ¿qué? No sé nada de ríos tristes".
Alex se encogió de hombros. "Yo tampoco. Solo sé que el río necesita ayuda".
Yilena pensó un momento. Luego, una idea chispeó en sus ojos. "¡Ya sé! ¡Tenemos que hacerlo reír!"
Alex la miró con incredulidad. "¿Hacer reír a un río? ¿Cómo se hace eso?"
"Con mi risa, ¡claro!" Yilena se acercó a la orilla del río y empezó a reír. Recordó a la ardilla torpe, al perro que no podía atrapar su cola, a la nube con forma de helado. Su risa llenó el aire, resonando entre los árboles. Pero el río permaneció turbio y silencioso.
Yilena se detuvo, decepcionada. "No funciona", dijo con tristeza. "Mi risa no es suficiente".
Alex se acercó a Yilena y le puso una mano en el hombro. Era un gesto inusual para él. "Tu risa es maravillosa, Yilena. Pero creo que el río necesita algo más. Necesita…acción. Necesita que lo limpiemos".
Yilena sonrió. Alex tenía razón. La risa era buena, pero la acción era mejor. Juntos, Yilena y Alex empezaron a limpiar el río. Recogieron las hojas secas, las ramas rotas y la basura que había contaminado el agua. Alex, con su fuerza y su concentración, movía las rocas pesadas y sacaba los objetos grandes. Yilena, con su energía y su alegría, animaba a Alex y buscaba las pequeñas impurezas.
Trabajaron durante horas, sin descanso. Poco a poco, el agua del río empezó a aclararse. Las piedrecitas de colores volvieron a brillar. Y entonces, algo increíble sucedió. El agua empezó a burbujear. Primero suavemente, luego con más fuerza. El Río Sonriente estaba empezando a reír de nuevo.
Yilena y Alex se miraron, sonriendo. Habían logrado lo imposible. Habían curado la tristeza del Río Sonriente. Y mientras el río reía, Yilena también reía, pero esta vez, su risa era diferente. Era una risa de alegría, de gratitud, de amistad. Y Alex… Alex sonrió. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, pero una sonrisa al fin. La primera sonrisa que Yilena había visto en su rostro. El Río Sonriente había contagiado su alegría a Alex el Rudo, y la risa de Yilena, junto con el trabajo en equipo, había salvado el día.
Desde ese día, Yilena y Alex se convirtieron en los mejores amigos. Yilena seguía riendo a carcajadas, y Alex seguía siendo reservado, pero ambos sabían que juntos podían hacer cualquier cosa, incluso hacer reír a un río triste. Y el pueblo, por supuesto, volvió a ser feliz, gracias a la risa de Yilena y la determinación de Alex.
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