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Había una vez en un pequeño y vibrante pueblo, un niño llamado Yovani. Yovani era conocido por todos como un verdadero torbellino de energía. Sus pies nunca estaban quietos, sus manos siempre buscaban algo que explorar y su mente era un mapa infinito de preguntas. Estudiaba en la Escuela María Auxiliadora N° 71, un lugar que él quería mucho, pero que a veces le parecía demasiado tranquilo para su espíritu aventurero.
Una tarde de septiembre, mientras ayudaba a la bibliotecaria a organizar unos estantes olvidados en el ático de la escuela, Yovani encontró algo inusual. Debajo de una pila de mapas antiguos, brillaba un objeto metálico. Era un cronómetro de bronce con grabados de hojas de laurel y una inscripción que parecía palpitar con una luz dorada. Sin pensarlo dos veces, Yovani presionó el botón superior.
¡Zas! El mundo a su alrededor comenzó a girar como un carrusel desbocado. Los colores se mezclaron y el aire olió de repente a leña y a papel viejo. Cuando el mareo cesó, Yovani ya no estaba en el ático. Se encontraba en un campo abierto, frente a una pequeña construcción de madera y techos de chapa. Un grupo de niños con ropas que parecían de otra época —pantalones cortos con tiradores y gorras de lana— jugaban con una pelota de trapo.

—¿Dónde estoy? —susurró Yovani. Se dio cuenta de que el cronómetro lo había llevado a 1913, el año de fundación de su escuela. Vio a una maestra de mirada dulce organizar a los niños con mucha paciencia. No había computadoras, ni pizarrones blancos, ni luces LED, pero el entusiasmo en el aire era el mismo que él sentía cada mañana. Comprendió que la Escuela María Auxiliadora N° 71 había nacido del esfuerzo y del sueño de personas que querían un futuro mejor para su pueblo.
Curioso por saber más, Yovani volvió a presionar el botón. Esta vez, el viaje fue más corto. Apareció en la década de los años 60. La escuela ya no era una casita de madera; tenía paredes sólidas y un patio grande donde los niños formaban fila para izar la bandera. Yovani se mezcló entre ellos, maravillado por cómo los uniformes habían cambiado y cómo los árboles del patio, que en su época eran gigantes, aquí eran apenas unos retoños delgados. Participó en una clase de caligrafía, asombrado por el uso de las plumas y la tinta, y aunque casi lo descubren por su moderna camiseta azul, logró escabullirse a tiempo.
El cronómetro comenzó a vibrar con fuerza en su bolsillo. Yovani sintió que el tiempo lo empujaba de regreso. Presionó el botón una última vez, deseando ver el destino final de su querida institución. El torbellino de luces lo envolvió nuevamente, pero esta vez fue más cálido y brillante.

Al abrir los ojos, Yovani estaba frente a un edificio imponente y moderno. Era su escuela, pero lucía radiante, con paredes recién pintadas, grandes ventanales que reflejaban el sol de octubre y un jardín lleno de flores coloridas. Se dio cuenta de que estaba de vuelta en la actualidad, justo a tiempo para los preparativos del gran festejo. El ambiente era de fiesta total. Globos de colores adornaban la entrada y un gran cartel (que él podía sentir aunque no leyera las letras) anunciaba algo muy especial.
—¡Yovani! ¿Dónde te habías metido? —le gritó un compañero desde el patio—. ¡Date prisa, que casi es hora de la ceremonia!
Yovani guardó el cronómetro secreto en su bolsillo, sabiendo que su misión de entender el pasado había terminado. Se unió a sus amigos con una sonrisa de oreja a oreja. Ahora comprendía que cada rincón de la Escuela María Auxiliadora N° 71 guardaba los pasos de miles de niños que, como él, habían corrido por esos pasillos durante más de un siglo.
Ese 11 de octubre, la escuela cumplía 111 años. Mientras cantaban el feliz cumpleaños frente al edificio nuevo, Yovani cerró los ojos y agradeció a los fundadores, a los maestros del pasado y a los del presente. Ya no era solo un niño inquieto; ahora era el guardián de una historia centenaria, listo para seguir escribiendo el futuro de su querida escuela con cada nueva aventura.
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