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Gratis · elegí una vozSofía era una niña muy curiosa. Le encantaba explorar el huerto de su abuela, donde crecían las zanahorias más crujientes y las fresas más dulces del mundo. Un día, mientras buscaba la zanahoria perfecta para su conejo de peluche, Pepito, tropezó con algo blando y frío.
"¡Ay!" gritó Sofía, levantándose rápidamente. Frente a ella, tambaleándose un poco, estaba… ¡un zombie! Pero no era un zombie aterrador como los de las películas. Este era pequeño, con un ojo un poco colgando y una sonrisa torcida que mostraba unos dientes… bueno, lo que quedaba de ellos.
"Ummm… hola," gruñó el zombie. Su voz sonaba como si tuviera piedras en la boca.
Sofía, en lugar de correr, sintió curiosidad. "Hola," respondió ella tímidamente. "¿Eres… un zombie?"
El zombie asintió lentamente. "Me llamo Zacarías."
"Yo soy Sofía. ¿Qué haces en el huerto de mi abuela?"
Zacarías se sonrojó, si es que los zombies pueden sonrojarse. Sus mejillas, ya de un color verdoso, parecieron volverse un poco más pálidas. "Pues… vengo a buscar… zanahorias."
Sofía arqueó una ceja. "¿Zanahorias? Pero los zombies comen… cerebros, ¿no?"
Zacarías negó con la cabeza. "¡Puaj! ¡Cerebros no! ¡Demasiado… viscosos! Prefiero las zanahorias. Son crujientes y… dan energía." Señaló una zanahoria particularmente grande con un dedo huesudo. "Esa… esa es perfecta."
Sofía miró la zanahoria. Era realmente enorme y de un color naranja brillante. Se le ocurrió una idea. "Si prometes no morderme, te ayudaré a encontrar la zanahoria perfecta."
Los ojos de Zacarías se iluminaron (bueno, el ojo que no colgaba). "¡Lo prometo! ¡No morderé! ¡Solo zanahorias!"
Y así, Sofía y Zacarías se convirtieron en amigos improbables. Sofía le enseñó a Zacarías las mejores zanahorias del huerto, las más dulces y las más crujientes. Zacarías, a su vez, le contó historias de su vida como zombie, aunque la mayoría eran bastante aburridas (parece que los zombies no hacen mucho aparte de buscar zanahorias y evitar el sol).
Un día, mientras recogían zanahorias, Zacarías suspiró. "Sofía… tengo que confesarte algo."
Sofía lo miró con atención. "¿Qué pasa, Zacarías?"
Zacarías se acercó a la zanahoria más grande que habían encontrado, una zanahoria tan grande que casi parecía una persona. "Yo… yo no solo quiero zanahorias para comer. Quiero… quiero enamorarme de una zanahoria."
Sofía se echó a reír. "¿Enamorarte de una zanahoria? ¡Eso es ridículo!"
Zacarías se puso triste. "Lo sé… pero… mira esta zanahoria. Es… perfecta. Tiene una forma preciosa, un color increíble… y huele a tierra fresca."
Sofía se dio cuenta de que Zacarías hablaba en serio. Se sentó junto a él y miró la zanahoria. Era cierto, era una zanahoria preciosa. "Bueno," dijo Sofía, "si eso es lo que quieres… te ayudaré."
Juntos, Sofía y Zacarías prepararon una cita romántica para Zacarías y la zanahoria. Le pusieron un nombre a la zanahoria: Zalamera. Pusieron velas hechas con luciérnagas en frascos de vidrio, colocaron flores silvestres alrededor de Zalamera y Zacarías le leyó poemas de amor (que, curiosamente, sabía de memoria).
Zalamera, por supuesto, no respondió. Pero Zacarías parecía feliz. Le susurraba cosas dulces a la zanahoria y la miraba con adoración.
Al final de la noche, Sofía le preguntó a Zacarías: "¿Estás feliz?"
Zacarías asintió. "Muy feliz. Zalamera es… especial."
Sofía sonrió. Sabía que era un poco loco, pero le alegraba que Zacarías hubiera encontrado la felicidad, incluso si era con una zanahoria.
Desde ese día, Zacarías y Zalamera siguieron siendo inseparables. Zacarías cuidaba de Zalamera, la protegía del sol y la rociaba con agua para que estuviera fresca. Sofía visitaba a Zacarías y Zalamera todos los días, y juntos exploraban el huerto de la abuela.
Y así, Sofía aprendió que el amor puede encontrarse en los lugares más inesperados, incluso entre un zombie y una zanahoria. Y Zacarías aprendió que a veces, la felicidad está en las cosas más simples de la vida, como una zanahoria grande y una amiga que te apoya, sin importar lo loco que sea tu amor.
La abuela de Sofía, al principio, se sorprendió un poco al ver un zombie en su huerto, pero después de ver lo feliz que estaba Sofía y lo cariñoso que era Zacarías con Zalamera, simplemente sonrió y dijo: "Mientras no se coman mis zanahorias, ¡todos son bienvenidos!"
Y así, el huerto de la abuela de Sofía se convirtió en el hogar del zombie enamorado, la zanahoria zalamera y una niña que aprendió que la amistad y el amor no tienen límites, ni siquiera entre los vivos y los… ¡no tan vivos! Y todos vivieron felices, comiendo zanahorias (bueno, Zacarías comía zanahorias, Zalamera solo las recibía). Fin.
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