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Zorp era diferente. Muy diferente. Era, de hecho, el último extraterrestre de su planeta, Zzglorg, que había venido a la Tierra. Su nave espacial, que parecía una sandía gigante, se había estrellado en un campo de maíz en Iowa hace mucho tiempo. Zorp se había hecho amigo de las luciérnagas, había aprendido a comer palomitas de maíz y hasta había descubierto que le encantaba el helado de fresa.
Pero el gobierno lo estaba buscando. Habían oído rumores de una criatura extraña con antenas que brillaban en la oscuridad y que podía hablar con los animales. Querían estudiarlo, diseccionarlo quizás, ¡quién sabe qué horrores! Zorp, que entendía un poco de inglés gracias a la televisión, sabía que "estudiar" no era bueno cuando lo decía gente con trajes oscuros.
Así que Zorp huyó. Empaquetó su cepillo de dientes intergaláctico, un tarro lleno de luciérnagas y una caja de palomitas de maíz con sabor a queso. Se subió a su patineta, una tabla vieja que había encontrado en el basurero, y salió rodando a toda velocidad.
Su primer destino fue el bosque. Pensó que allí podría esconderse entre los árboles y las ardillas. Pero los agentes del gobierno ya estaban cerca. Los escuchó hablando por sus radios, "¡Lo vimos por la carretera! ¡Está en una patineta! ¡Parece una aceituna verde con antenas!".
Zorp se escondió detrás de un árbol gigante. Las ardillas lo miraban con curiosidad. "¿Me ayudarán?", les susurró Zorp. Las ardillas, que entendían perfectamente lo que decía (gracias a la telepatía extraterrestre de Zorp), asintieron con entusiasmo. Empezaron a lanzar piñas a los agentes del gobierno, que se cubrían la cabeza y gritaban. Zorp aprovechó la distracción para escapar.
Su siguiente parada fue la ciudad. Pensó que podría mezclarse entre la multitud. Se puso unas gafas de sol grandes y un sombrero, pero sus antenas seguían brillando un poco. Caminaba por la calle cuando de repente se topó con una niña llamada Sofía. Sofía no se asustó al ver a Zorp. Al contrario, sonrió.
"¡Eres un extraterrestre!", exclamó Sofía. Zorp se asustó. ¿Lo iba a delatar? "¡Yo también creo que soy diferente!", continuó Sofía. Le contó a Zorp que le encantaba dibujar monstruos y que a veces se sentía sola porque a los demás niños no les gustaban sus dibujos.
Zorp y Sofía se hicieron amigos al instante. Zorp le contó su historia y Sofía le prometió ayudarlo a escapar del gobierno. Juntos idearon un plan.
Sofía convenció a su abuela, una señora muy creativa y un poco excéntrica, de que Zorp era un amigo suyo que necesitaba un disfraz para una fiesta de disfraces. La abuela de Sofía, encantada con la idea, le hizo a Zorp un disfraz de robot increíble. Con el disfraz, Zorp parecía un robot oxidado y torpe.
Juntos, Sofía, Zorp y la abuela se dirigieron a la estación de tren. Sofía compró un billete para el tren que iba a las montañas. Los agentes del gobierno estaban en la estación, buscando a Zorp. Pero no reconocieron al robot oxidado que caminaba junto a Sofía y su abuela.
En el tren, Zorp se quitó el disfraz. Miró por la ventana y vio las montañas que se acercaban. Se sentía agradecido por la ayuda de Sofía y su abuela. Sabía que aún tenía que tener cuidado, pero por primera vez en mucho tiempo, se sentía seguro.
En las montañas, Zorp encontró una cueva secreta. Allí podía esconderse y planear su siguiente movimiento. Aprendió a pescar en el río, a construir un fuego y a hacer amigos con los osos (a quienes les encantaban las palomitas de maíz con sabor a queso).
Un día, mientras exploraba las montañas, Zorp encontró un mensaje. Era una señal de su planeta, Zzglorg. ¡Habían estado buscándolo! Habían construido una nueva nave espacial y estaban listos para venir a buscarlo.
Zorp le dijo adiós a Sofía y a su abuela, prometiéndoles que nunca las olvidaría. Les dio un tarro lleno de luciérnagas para que siempre tuvieran luz en la oscuridad. Luego, esperó pacientemente en la cima de la montaña hasta que vio la nave espacial de Zzglorg descender del cielo.
Zorp subió a la nave espacial y se despidió de la Tierra. Sabía que siempre recordaría su aventura, los amigos que había hecho y el sabor del helado de fresa. Y aunque era el último extraterrestre de Zzglorg en la Tierra, sabía que su corazón siempre tendría un pedacito de este planeta azul.
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