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Gratis · elegí una vozZorp era un adolescente de Xylo, un planeta donde todos se comunicaban con música de flauta y comían rocas espaciales con salsa de mango. Un día, su nave espacial, con forma de zapato gigante brillante, aterrizó accidentalmente en el jardín de la abuela Elena en la Tierra.
La abuela Elena, una mujer con el pelo blanco como la nieve y una sonrisa tan dulce como la miel, no se asustó en absoluto. “¡Vaya, qué nave tan peculiar!”, exclamó, acercándose al zapato espacial con su andador adornado con flores.
Zorp, nervioso, asomó su cabeza azul y llena de antenas. “¡Saludos, terrícola! Mi nave tuvo una… ligera complicación gravitacional.”
La abuela Elena soltó una carcajada. “¡Complicación gravitacional! Me gusta. Soy Elena. ¿Y tú eres…?”
“Zorp, del planeta Xylo,” respondió él, sintiéndose un poco más tranquilo. “Y tengo mucha hambre. ¿Comen rocas espaciales aquí?”
Elena sonrió. “Rocas espaciales, no. Pero justo acabo de hornear un pastel de fresas. ¿Te gustaría probar?”
Zorp, que nunca había visto algo parecido a un pastel de fresas, aceptó con entusiasmo. El pastel era esponjoso, dulce y olía a felicidad. Zorp se comió un trozo, luego otro, y otro más. ¡Era la cosa más deliciosa que había probado en su vida!
Al día siguiente, la abuela Elena horneó otro pastel de fresas. Zorp, que había estado ayudándola con las tareas del jardín (aunque sus intentos de podar las rosas con su láser miniaturizado habían sido… desastrosos), estaba ansioso por probarlo. Pero cuando fueron a la cocina… ¡el pastel había desaparecido!
“¡Oh, no!”, exclamó la abuela Elena. “¿Dónde se habrá metido?”
Zorp, con sus antenas vibrando de preocupación, se sintió culpable. ¿Había sido él? ¿Se había comido el pastel mientras dormía? No lo recordaba, pero… ¡ese pastel era tan bueno!
“Tranquila, Abuela Elena,” dijo Zorp, tratando de sonar valiente. “¡Encontraremos a ese ladrón de pasteles! Usaré mi… mi… ¡Rastreador de Migas Cósmicas!” (En realidad, era un buscador de calcetines perdidos, pero Elena no tenía por qué saberlo).
Zorp activó el “Rastreador de Migas Cósmicas” y comenzó a seguir un rastro de… ¡hormigas! Las hormigas llevaban migas de pastel hacia el cobertizo de herramientas. Zorp y la abuela Elena se acercaron sigilosamente y abrieron la puerta.
¡Allí estaba! No era un ladrón, sino… ¡un mapache! El mapache, con la cara llena de crema de fresa, estaba acurrucado junto a los restos del pastel. Parecía muy avergonzado.
La abuela Elena no se enojó. En cambio, sacó un poco de leche y se la ofreció al mapache. “Parece que alguien tenía mucha hambre,” dijo con dulzura. El mapache bebió la leche y luego se frotó contra la pierna de la abuela Elena.
Zorp se sintió aliviado. No había sido él quien se había comido el pastel. Y la abuela Elena era la persona más amable que había conocido.
Al día siguiente, Zorp reparó su nave espacial con la ayuda de la abuela Elena (quien resultó ser una excelente mecánica improvisada). Antes de partir, la abuela Elena le dio a Zorp una caja llena de pasteles de fresa.
“Para el viaje,” dijo ella, guiñándole un ojo.
Zorp abrazó a la abuela Elena con sus cuatro brazos. “¡Gracias, Abuela Elena! ¡Eres la mejor terrícola del universo!”
Y así, Zorp despegó en su zapato espacial brillante, dejando atrás a la abuela Elena y su jardín lleno de flores. Pero sabía que nunca olvidaría su aventura en la Tierra, el misterio del pastel desaparecido y la amistad inesperada que había encontrado con una abuela con el corazón más dulce que un pastel de fresas. De vuelta en Xylo, Zorp compartió los pasteles con su familia, quienes también decidieron que las rocas espaciales con salsa de mango ya no eran tan apetitosas. Zorp les contó de la abuela Elena, e incluso aprendió a hornear pasteles de fresa espaciales con bayas que brillan en la oscuridad. Y de vez en cuando, miraba al cielo nocturno, preguntándose si la abuela Elena estaría mirando las estrellas también, recordando al adolescente alienígena y su nave espacial con forma de zapato.
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