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Gratis · elegí una vozEn el planeta Zoomba, vivía un pequeño extraterrestre llamado Zorp. Zorp no era como los demás Zoombitas. Ellos amaban coleccionar rocas espaciales grises y cantar canciones sobre el moho lunar. Zorp, en cambio, soñaba con colores, con planetas brillantes y con aventuras emocionantes. Tenía una antena que, en vez de captar señales de radio, capturaba destellos de imaginación.
Un día, mientras miraba a través de su telescopio hecho con una lata de sopa espacial y un lente de burbuja, Zorp vio algo increíble. ¡Un planeta brillante! Era como un arcoíris hecho estrella, girando alegremente en la oscuridad del espacio. Los Zoombitas decían que nada interesante existía más allá de la Nebulosa Gris, pero Zorp sabía que ese planeta brillante lo estaba llamando.
Sin pensarlo dos veces, Zorp empacó su mochila con una sándwich de alga espacial, un mapa estelar dibujado a mano, y su juguete favorito, el robot saltarín Robi. Construyó una pequeña nave espacial con una vieja bañera espacial, propulsores de aspiradora espacial y un paraguas espacial para protegerse del sol. La llamó "La Zumbadora".
"¡Adiós, Zoomba!", gritó Zorp, mientras La Zumbadora despegaba con un estruendo y una nube de humo púrpura. El viaje fue largo y lleno de baches. Zorp esquivó asteroides con forma de dona, navegó a través de campos de confeti cósmico y hasta tuvo que darle un empujón a La Zumbadora cuando se quedó sin batería espacial, usando su patineta propulsada por pedos de gusano espacial.
Finalmente, después de muchos días de viaje, Zorp llegó al planeta brillante. ¡Era aún más hermoso de lo que había imaginado! Ríos de caramelo líquido fluían entre montañas de algodón de azúcar. Árboles de piruletas crecían en bosques de gomitas gigantes. Y el aire olía a pastel de cumpleaños.
Zorp aterrizó La Zumbadora en una pradera de helado de fresa. Inmediatamente, una criatura pequeña y peluda con antenas brillantes se acercó corriendo. Era un Fluffball, la criatura más adorable que Zorp había visto en su vida.
"¡Hola!", dijo Zorp. "Soy Zorp, del planeta Zoomba."
El Fluffball chilló alegremente y le ofreció a Zorp una flor de chocolate. Zorp la probó y sus ojos se abrieron de asombro. ¡Era la cosa más deliciosa que había probado jamás!
"¡Bienvenido a Glittoria!", dijo el Fluffball. "Soy Brillo. Todos aquí amamos la diversión y la alegría. ¿Qué te trae por aquí?"
Zorp le contó a Brillo sobre su planeta, Zoomba, y cómo todos allí solo coleccionaban rocas grises y cantaban canciones tristes. Brillo escuchó atentamente y luego dijo: "¡Eso es terrible! Todos merecen un poco de brillo en sus vidas."
Juntos, Zorp y Brillo exploraron Glittoria. Jugaron a las escondidas en el bosque de gomitas, nadaron en el río de caramelo líquido y escalaron la montaña de algodón de azúcar. Zorp aprendió a reír a carcajadas, a bailar con los pies descalzos en la pradera de helado y a ver el mundo con nuevos ojos llenos de color.
Pero Zorp sabía que tenía que volver a Zoomba. Tenía que compartir la alegría y el brillo de Glittoria con sus amigos.
"Brillo, me tengo que ir," dijo Zorp tristemente. "Pero nunca olvidaré Glittoria. Y prometo volver."
Brillo abrazó a Zorp con sus bracitos peludos. "Por favor, vuelve pronto. Y recuerda, el brillo está siempre dentro de ti."
Zorp regresó a Zoomba en La Zumbadora, llevando consigo una bolsa llena de flores de chocolate y un corazón lleno de alegría. Cuando llegó, los Zoombitas estaban, como siempre, coleccionando rocas grises y cantando canciones tristes.
"¡Miren!", gritó Zorp. "¡He traído regalos!"
Zorp les dio a cada Zoombita una flor de chocolate. Al principio, estaban escépticos, pero después de probarla, sus rostros se iluminaron de alegría. Empezaron a reír, a bailar y a cantar canciones alegres.
Zorp les contó sobre Glittoria, el planeta brillante, y sobre Brillo, el Fluffball. Les contó sobre los ríos de caramelo líquido, los bosques de gomitas y las montañas de algodón de azúcar. Y los Zoombitas, por primera vez en sus vidas, soñaron con colores y aventuras.
Desde ese día, Zoomba cambió para siempre. Los Zoombitas todavía coleccionaban rocas espaciales, pero ahora las pintaban de colores brillantes. Todavía cantaban canciones sobre el moho lunar, pero ahora las hacían más alegres y divertidas. Y todos, gracias a Zorp, aprendieron a encontrar el brillo dentro de sí mismos. Y Zorp, por supuesto, nunca olvidó su aventura en Glittoria, y siempre regresaba para visitar a su amigo Brillo, llevando consigo nuevas historias y aún más alegría para compartir.
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