Angus y la Grieta Susurrante

A partir de: Capítulo I - El susurro No me animé a moverme al principio. Me quedé quieto, con la respiración contenida, tratando de distinguir si ese aliento era mío o de otro. No había nada. Ni pasos, ni crujidos, ni la típica vibración de la calle que se cuela en las paredes. Solo el aire espeso, demasiado denso para ser natural. Miré alrededor. La habitación era la misma de siempre: el escritorio con los papeles desordenados, la lámpara encendida apenas iluminando un rincón, la cama sin hacer. Y, sin embargo, algo había cambiado. Lo sabía con una certeza que no podía explicar. Di un paso hacia la puerta. El suelo no crujió, aunque siempre lo hacía. Eso me inquietó todavía más. Toqué el picaporte. Estaba frío, como si no perteneciera a esa casa. La abrí. El pasillo estaba oscuro, más largo de lo normal, como si la casa hubiera estirado sus huesos mientras yo no miraba. El susurro volvió, esta vez más claro, como una voz que decía mi nombre. -...Angus... Me paralicé. Nunca había escuchado mi nombre dicho de esa forma: no era un llamado, era casi una advertencia. Me incliné hacia adelante, tratando de ver de dónde venía. La penumbra parecía tragarse todo a pocos metros, y sin embargo juraría que alguien estaba allí, mirándome. Sentí un impulso extraño, una mezcla de miedo y necesidad. Avancé. Cada paso era un desafío contra mis propios sentidos: el pasillo no terminaba, las paredes parecían encogerse y, a veces, me parecía que caminaba en círculos dentro de la misma sombra. De pronto, la lámpara del cuarto se apagó detrás de mí. Giré para mirar, y la puerta ya no estaba. El pasillo me había encerrado. El susurro volvió, ahora más fuerte, repetido por varias voces al mismo tiempo. No distinguía palabras, solo un murmullo que me atravesaba los huesos. Apoyé la mano en la pared para orientarme. Fue un error: la superficie era blanda, casi como piel. La retiré de golpe, y quedé con la sensación pegada en los dedos. No sabía si avanzar o quedarme inmóvil. Pero entonces, lo escuché otra vez. Esta vez fue claro. -No despiertes. --- Capítulo II - La grieta Me quedé quieto. La voz aún resonaba en mi cabeza, como si no hubiera salido del pasillo, sino de adentro de mí. No despiertes. ¿Entonces estaba dormido? Pero, si lo estaba... ¿por qué el frío en mis manos era tan real? Avancé. No sé cuánto tiempo caminé. El pasillo parecía infinito, y cada tanto las sombras se movían aunque yo no respirara. Empecé a notar un detalle perturbador: no tenía sombra propia. Miraba mis pies, estiraba la mano hacia la pared, pero nada me seguía. La pared volvió a temblar, como si latiera. Apoyé el oído y escuché algo que me heló la sangre: un golpe rítmico, como un corazón. Y dentro de ese ritmo, una respiración. No era la mía. Retrocedí, pero el suelo crujió como si hubiera dado un paso en falso. El pasillo se quebró en un ruido seco, y apareció una grieta en el piso. De esa grieta salía un aire cálido, casi húmedo, que olía a tierra recién removida. Me incliné a mirar. No había fondo. O mejor dicho... el fondo se movía. Algo estaba allí, girando, esperando. Entonces lo escuché de nuevo, pero esta vez no era un susurro: era una multitud de voces, superpuestas, repitiendo lo mismo: -Estamos aquí. Di un paso atrás. No podía estar loco, no tan pronto. Traté de gritar, pero la voz se quedó atrapada en mi garganta. Un parpadeo. El pasillo desapareció. Ahora estaba en mi cuarto otra vez, parado frente al escritorio, con la lámpara encendida. Todo era igual que al principio. Cerré los ojos, tratando de convencerme de que había sido un sueño. Cuando los abrí, vi el detalle que me hizo perder el aire: en el suelo, a centímetros de mi pie, había una marca. Una línea fina, oscura, que atravesaba las baldosas. Una grieta. Y de allí salía el mismo aire cálido. --- Capítulo III - La figura Me arrodillé frente a la grieta. Era pequeña, apenas una línea, pero se extendía lentamente, como si estuviera viva. La toqué con la punta de los dedos: estaba tibia, demasiado para ser parte del piso de mi cuarto. De pronto, la lámpara titiló. Una, dos, tres veces, hasta apagarse. El cuarto quedó en penumbras, iluminado apenas por la luna que entraba desde la ventana. Fue entonces cuando lo vi. Una figura. De pie, en el rincón más oscuro. No se movía. No respiraba. Solo estaba allí, observando. No distinguía su rostro, pero sus ojos... no, no eran ojos. Eran dos vacíos brillantes, como si detrás de ellos hubiera algo que no debía mirar. -Angus... -dijo, con una voz que era la suma de todas las que había escuchado en el pasillo. Me levanté de golpe, retrocediendo. Quise encender la lámpara, pero mis dedos temblaban demasiado para girar el interruptor. La figura dio un paso hacia mí. El suelo crujió, y la grieta se extendió bajo sus pies. De la abertura empezó a salir un murmullo, como si cientos de personas hablaran al mismo tiempo desde debajo de la tierra. -No despiertes -repitió la figura, pero esta vez con tono de orden, no de advertencia. La ventana se cerró de golpe. El aire se volvió espeso, casi irrespirable. Yo estaba atrapado. Intenté gritar, pero lo único que salió de mi boca fue un susurro idéntico al suyo: -No despiertes. En ese momento entendí algo que no quería entender: esa voz ya no era ajena. Era mía. --- Capítulo IV - La casa despierta La grieta se abrió de golpe, como si hubiera estado esperando mi voz para liberarse. Un sonido seco recorrió el suelo y el aire se llenó de un olor rancio, a polvo y humedad vieja. La figura ya no estaba en el rincón. Pero no me sentí solo: la habitación parecía más pequeña, como si las paredes respiraran conmigo, al mismo ritmo. Cada inhalación mía, cada exhalación... se repetía en las paredes, en el techo, en el piso. De pronto, los objetos empezaron a moverse. El vaso sobre el escritorio se deslizó y cayó al suelo sin romperse, como si alguien lo hubiera sostenido en el último segundo. Los papeles se elevaron apenas, revoloteando en un viento que no existía. Me quedé contra la pared, inmóvil. La grieta seguía ensanchándose, dejando ver un resplandor extraño en su interior. No era fuego ni luz eléctrica. Era algo más... como si lo que hubiera debajo de mi casa tuviera su propio cielo. Entonces escuché pasos. No eran míos. Subían la escalera. El crujido de la madera resonaba lento, calculado. Uno, dos, tres escalones... hasta detenerse justo afuera de mi puerta. La perilla giró. Despacio. Me lancé para trabar la puerta con mi cuerpo, empujando con todas mis fuerzas. Pero la perilla seguía girando, cada vez con más violencia. Del otro lado había alguien -o algo- que no pensaba detenerse. -Ábrela -susurró mi propia voz desde dentro de la grieta. Y lo peor no fue escucharla. Lo peor fue sentir mis manos soltando el picaporte sin que yo lo ordenara. --- Capítulo V - Lo que espera La puerta se abrió sola, lentamente, sin un solo ruido de bisagra. Yo estaba paralizado, incapaz de retroceder. El aire de afuera entró pesado, como si no perteneciera a mi casa. No había nadie. Solo oscuridad. Di un paso hacia atrás, hasta que sentí la grieta detrás de mis pies. La figura volvió a aparecer, pero ahora estaba más cerca. Sus ojos vacíos brillaban con una intensidad insoportable. -Ya no importa si despiertas -dijo, y su voz salió también de mi boca al mismo tiempo. Me tapé la cara con las manos. No podía mirarlo más. Pero entonces noté algo terrible: no eran mis manos. Eran más largas, más pálidas, casi traslúcidas. Temblé al darme cuenta de que la figura no estaba frente a mí. Estaba dentro de mí. La grieta se abrió del todo y la habitación entera comenzó a caer hacia ese resplandor imposible. Los muebles, los papeles, el aire mismo, todo se deslizaba hacia abajo como arrastrado por un remolino silencioso. Yo traté de resistirme, pero mis pies ya no respondían. Lo último que vi fue mi cuarto siendo tragado por aquella luz, como si nunca hubiera existido. Abrí los ojos. Estaba en mi cama. La lámpara encendida. El escritorio desordenado. Todo en su lugar. Me senté, intentando recuperar el aliento. Tal vez había sido un sueño. Tal vez. Pero cuando bajé la vista, lo vi de nuevo. En el suelo, justo al lado de la cama, la grieta seguía ahí. Más ancha. Más oscura. Y esta vez, con una mano blanca, delgada, asomando desde dentro. Me quedé inmóvil, sin saber si gritar o cerrar los ojos. Porque entendí, en ese instante, que tal vez no había despertado... o tal vez nunca había dormido. --- Capítulo VI: El Reflejo Me quedé paralizado, observando la mano que emergía de la grieta. Era demasiado perfecta, demasiado humana... y, al mismo tiempo, completamente ajena. El aire a mi alrededor se volvió más denso, como si respirara con vida propia. Un escalofrío recorrió mi espalda. La mano empezó a moverse, lentamente, como tanteando el mundo exterior. Y entonces lo vi: un reflejo en el vidrio de la ventana. No era yo. Era otra versión de mí, pero con los ojos completamente blancos, sin pupilas, sin vida. Me imitaba, cada movimiento que yo hacía lo repetía ella, como si me estuviera estudiando. Intenté apartarme, pero mis pies parecían hundirse en el suelo. La habitación vibró con un sonido bajo, profundo, que venía de la grieta. Como un latido... o un susurro colectivo que me decía: -Tú eres el siguiente. El reflejo alzó la mano. La mía, aunque temblorosa, respondió. Y cuando los dedos tocaron el cristal de la ventana, la grieta reaccionó: se extendió más rápido, como si quisiera devorar todo a su paso. Mi reflejo habló. No con palabras, sino con la misma voz que había escuchado desde el principio, la que ahora parecía miya: -Acepta. Mi corazón latía tan fuerte que creí que iba a reventar. Pero algo en mí resistió, un hilo diminuto de voluntad que gritaba que no podía rendirme. La figura dentro de la grieta se agitó, como sorprendida por mi resistencia, y retrocedió un paso. Fue entonces que comprendí algo terrible: no se trataba solo de sueños o grietas. La grieta era un portal, pero también era un espejo. Cada vez que me miraba, cada vez que dudaba... me reflejaba, me duplicaba, me absorbía. Y si me rendía... me perdería para siempre. Respiré hondo y dije lo que nunca pensé pronunciar: -No. No me tomarás. El reflejo parpadeó, desconcertado. La mano que asomaba del suelo retrocedió, pero la grieta seguía creciendo, susurrando, llamando, intentando convencerme de que me rindiera. Entonces entendí que había una regla que debía romper: si quería sobrevivir, no podía mirarla directamente. Tenía que cerrar los ojos, saltar... y confiar en algo que aún no comprendía. Con un último vistazo al reflejo, cerré los ojos. Y antes de que la luz me tragara de nuevo... escuché un susurro final: -Bienvenido... al otro lado. _ _ _ Capítulo VII: Dentro de la grieta Me arrodillé otra vez frente a la grieta. Esta vez no tenía miedo, o por lo menos el miedo venía acompañado de una curiosidad que no me dejaba en paz. Apoyé la mano al borde, y la sensación fue rara: calor húmedo, como tierra recién removida, pero también como... algo vivo. Metí un dedo. La piel se me erizó: la grieta no terminaba, era como una bocanada que tiraba hacia dentro. Sonó algo, un pequeño chasquido, como si cerraran un libro muy suave. Pensé en sacar la mano, pero la voz -mi voz- dijo despacio: "Mirá". La luz dentro no era blanca ni negra. Era como si hubieran puesto luz y memoria juntas. Al asomarme más vi que debajo del borde había un pasillo, pero no un pasillo normal: las paredes estaban cubiertas de cosas que conocía y no conocía. Había fotos que en vez de gente mostraban momentos: un cumpleaños borroso, la escuela, una ventana que nunca había visto. Las imágenes se movían despacio, como en una película vieja. Pasos. No mios. Me di cuenta de que el pasillo no era sólo imágenes: eran puertas también. Cada puerta tenía un sonido distinto al abrirse: risas, gritos, silencio, el tic-tac de un reloj sin manecillas. Una de las puertas se abrió y vi una habitación que parecía la mía, pero todo estaba al revés: la cama al otro lado, la lámpara colgando del suelo, y en el centro, un reflejo mío que me miraba sin pestañear. Intenté no pensar que era un sueño. Toqué la pared del pasillo con la yema de los dedos. La pared tembló y, por un segundo, sentí como si mil pequeñas voces se alinearan para decir mi nombre. No entendí las palabras, pero entendí la intención: ahí dentro aprendían de vos. Cada recuerdo que dejabas, cada miedo, cada duda, servía para hacer el lugar más real. Una mano surgió desde la oscuridad del pasillo. No era la mano blanca que había visto antes; estaba cubierta de polvo y llevaba algo pequeño: un objeto que brilló como si tuviera un valor enorme para mí. Traté de alcanzarlo. La mano avanzó y la luz me envolvió con un calor que me quiso atraer. Me tiré hacia atrás con todo el cuerpo. La grieta hizo un sonido seco y me devolvió como si fuera una ola que te devuelve a la orilla. Caí sobre el piso del cuarto, jadeando. El aire estaba frío otra vez. El pasillo desapareció en un suspiro, y lo único que quedó fue una línea negra en el suelo. Respiré. Miré la grieta. Por un instante creí que había sido una visión. Pero en el borde, donde había apoyado la mano, quedaba un polvo fino, como tierra mezclada con ceniza. Lo guardé en el bolsillo sin pensar. No sabía por qué lo hice, solamente lo hice. Y cuando me levanté, algo detrás del vidrio de la ventana me devolvió la mirada. Una sombra. Como si dentro de la grieta alguien me hubiera visto también. --- Capítulo VIII - Entre lo real y lo imposible Abrí los ojos. Todo parecía normal: mi cuarto, la lámpara encendida, los papeles sobre el escritorio. Incluso el aire olía igual que siempre. Tal vez... tal vez había sido un sueño. Pero no podía moverme. No del todo. Porque allí, justo al lado de mi cama, la grieta seguía. Pequeña, casi como si me estuviera esperando, pero más oscura y profunda que antes. Y esta vez... no solo estaba la mano blanca que había visto antes. Había otra cosa. Algo que parecía un reflejo de mí mismo, parado detrás de la grieta. Me miraba con esos ojos vacíos, sin parpadear. Intenté gritar, pero mi voz quedó atrapada, apenas un hilo de susurro: -¿Estoy despierto? No hubo respuesta. Solo un silencio que pesaba, pesado como una piedra. Me levanté, despacio, como probando si todo era real. Cada paso que daba hacía crujir el suelo de mi cuarto... pero la grieta no hacía ningún ruido. Como si fuera parte de otro mundo. Extendí la mano hacia ella. La grieta parecía reaccionar, vibrando un poco, como si sintiera mi toque antes de que siquiera lo hiciera. Retrocedí. Todo mi cuerpo temblaba. Sentí miedo, pero también curiosidad. ¿Qué pasaría si la tocaba? ¿Me absorbería otra vez? ¿O descubriría algo que podía cambiar todo? Un escalorfrío recorrió mi espalda. Y entonces lo escuché: mi propia voz, saliendo desde la grieta, susurrando exactamente lo mismo que yo estaba pensando: -Tócame... Me quedé quieto. No sabía si estaba soñando o si todo esto era real. ¿Y si era un sueño dentro de otro sueño? ¿O un despertar que nunca iba a llegar? El cuarto estaba silencioso, la luna entrando por la ventana, y la grieta... esperándome. Di un paso más. Y otro. Mi reflejo en la grieta sonrió, pero no era una sonrisa mía. Y por un instante, por un solo instante, tuve miedo de parpadear. Porque si cerraba los ojos... no sabía si al abrirlos seguiría siendo yo. Y allí me quedé, parado, entre mi cuarto y la grieta, entre lo real y lo imposible, sin saber si debía tocar... o retroceder para siempre. --- Capítulo IX - Voces del otro lado Me quedé parado frente a la grieta. Cada vez parecía más profunda, más viva. La mano blanca que había visto antes se movía lentamente, casi invitándome a acercarme. Y entonces... empecé a escuchar voces. No eran susurros como antes, ni mi voz repetida. Eran muchas voces distintas, hablando al mismo tiempo. Algunas eran suaves, casi infantiles; otras, graves y antiguas, como si vinieran de alguien que había estado allí por siglos. No entendía lo que decían. Pero algo me llamó la atención: todas decían lo mismo al mismo tiempo, con un ritmo que parecía un latido: -Despierta... o quédate. Tragué saliva. Mi corazón latía tan rápido que sentía que se iba a salir del pecho. No sabía si estaba despierto o si seguía soñando. Cada vez que miraba la grieta, algo dentro de mí dudaba: "¿Es real?" "¿O todo esto está en tu cabeza?" Quise retroceder, pero mis pies parecían pegados al suelo. La grieta vibró otra vez y la luz dentro de ella se volvió más intensa. Entonces apareció otra figura, esta vez dentro de la grieta: parecía... yo. Pero no exactamente. Tenía mi cara, mis manos, mi ropa... y una sonrisa que yo nunca había tenido. -Ven -dijo mi reflejo, con mi propia voz-. Ven y verás. Un miedo profundo me congeló. Y sin embargo, algo en mí quería acercarse. Una curiosidad que no podía controlar. Porque sabía, aunque no quisiera admitirlo, que ahí dentro estaba algo... algo que podría explicarme todo. O hacerme desaparecer para siempre. Di un paso. Y luego otro. Mi reflejo movió la mano, invitándome a entrar. Mi mente gritaba que retrocediera. Mi cuerpo... seguía avanzando. Y entonces lo sentí: el aire de la grieta me envolvía, cálido y húmedo, como si me estuviera llamando por mi nombre... una vez más. -Angus... Y por un segundo, por un segundo muy pequeño, dudé de todo: de mi cuarto, de mi cama, de mi vida... y me pregunté si alguna vez había estado despierto. --- Capítulo X - Cruzar el umbral La grieta parecía respirar. Cada vez que tomaba aire, sentía que algo dentro de ella lo hacía también. La luz que salía de su interior ya no era solo luz: era un calor extraño, casi... vivo. Mi reflejo sonrió otra vez, con esa sonrisa que no era mía, y extendió la mano hacia mí. No sabía si estaba soñando o si todo esto era real, pero sentí algo irresistible: tenía que tocarlo. Di un paso. Y otro. Mi cuerpo se movía solo, como si mis pies supieran antes que yo lo que debía hacer. La habitación desapareció poco a poco, o tal vez era yo quien desaparecía. Solo quedaba la grieta y mi reflejo, que me llamaba con mi propia voz: -Ven. El aire me envolvió por completo. Era cálido, húmedo, y traía un murmullo de cientos de voces mezcladas. Pero no había miedo. Solo curiosidad, una sensación de que si daba un paso más... sabría la verdad. Extendí la mano. La grieta pareció expandirse, tragándome, pero sin dolor. Y entonces sentí algo extraño: mis propios pensamientos se mezclaban con los de mi reflejo. Sus recuerdos, sus miedos, sus dudas... todo dentro de mí. -¿Soy yo... o eres tú? -susurré, sin saber si era mi voz o la de él. -Somos los dos -respondió el reflejo-. Y uno de nosotros debe aprender a despertar. El suelo desapareció bajo mis pies. La luz me envolvió, y por un instante sentí que flotaba, que estaba en ningún lugar y en todos al mismo tiempo. Mi reflejo me sonreía, y entendí algo: cruzar la grieta no era solo atravesarla. Era aceptar que lo que estaba dentro de mí también existía fuera, y que lo real y lo imposible podían ser lo mismo. Di el último paso. Y antes de cerrar los ojos, escuché un último susurro que me heló la sangre: -Bienvenido... Angus. Abrí los ojos. Y todo parecía igual que antes. Pero la grieta estaba más ancha, más oscura... y mi reflejo ya no estaba solo. --- Capítulo XI - Lo que hay dentro Abrí los ojos. La habitación estaba igual que siempre: mi cama, el escritorio desordenado, la lámpara encendida. Pero algo había cambiado. La grieta ya no era solo una línea en el piso: se extendía como una boca abierta, oscura y profunda, respirando lentamente. Y entonces lo vi: dentro de la grieta, mi reflejo... y algo más. Sombras que se movían, figuras que no podía distinguir, pero que parecían mirarme, esperándome. Cada movimiento que yo hacía, ellas lo imitaban, pero de manera extraña, como si estuvieran aprendiendo de mí. La voz volvió, esta vez más clara, saliendo de todas partes: -Aquí dentro todo es posible... y nada es real. Un escalofrío recorrió mi espalda. Quise dar un paso atrás, pero mis pies estaban pegados al suelo. Era como si la grieta me estuviera llamando, no con palabras, sino con algo más profundo... con deseo, curiosidad, necesidad. Di un paso hacia adelante. La luz dentro de la grieta se volvió más intensa, mostrando formas que antes no había visto: caminos que se retorcían, puertas que se abrían hacia nada, y un espejo enorme que reflejaba no solo mi imagen, sino todas mis versiones posibles, todas las decisiones que podría haber tomado. -Escoge -dijo la voz, que ahora parecía miya-. Quédate o despierta. Sentí miedo, pero también una extraña calma. Porque entendí que no importaba si era un sueño o la realidad. Dentro de la grieta podía ser cualquier cosa: yo, él, ambos... o ninguno. Extendí la mano. El aire me envolvió. Y por primera vez, la duda no me detuvo. -Quiero ver -susurré. El suelo bajo mis pies desapareció, y la grieta me absorbió completamente. Todo se volvió blanco, luego negro, luego un remolino de voces, luces y reflejos. Y justo antes de perderme, escuché una última vez mi propia voz, esta vez firme: -Bienvenido al otro lado... Angus. --- Capítulo XII - El otro lado Abrí los ojos y ya no estaba en mi cuarto. Todo lo que conocía había desaparecido. No había paredes, ni muebles, ni luz de lámpara... solo un vacío iluminado por una luz extraña, que cambiaba de color sin razón aparentemente. El aire olía a tierra húmeda y metal. Cada paso que daba no hacía ruido, pero podía sentir el suelo debajo de mis pies, como si flotara sobre algo sólido. La grieta había desaparecido... o quizás yo estaba dentro de ella. Vi mi reflejo frente a mí, pero esta vez era distinto. No estaba solo: había otras versiones de mí, algunas más jóvenes, otras más viejas, algunas distorsionadas, como si fueran recuerdos o posibles futuros. Todas me miraban, y todas hablaban al mismo tiempo: -Despierta... Quédate... Escoge... Mi cabeza daba vueltas. No sabía cuál de esas voces era la mía, cuál real, cuál inventada por este lugar imposible. Sentí miedo, pero también algo fascinante: podía caminar, podía mover las manos, podía tocar todo... y nada me lastimaba. De pronto, escuché pasos detrás de mí. No eran los míos. Me giré y vi una figura familiar: la del reflejo que había visto en la grieta. Pero ahora parecía más... humano. Sonreía, pero sus ojos seguían vacíos. -Angus -dijo-. Aquí todo depende de vos. Nada es mentira... y nada es verdad. Quise preguntar algo, pero mi voz no salía. En cambio, sentí que mis pensamientos eran escuchados, que la figura podía leerlos. Intenté retroceder, pero el suelo parecía infinito. Entonces comprendí algo: en este otro lado no podía saber si estaba despierto o dormido, si volvería a mi cuarto... o si ya no habría vuelta atrás. Cada decisión, cada duda, cada miedo... estaba amplificado. Un susurro, mi voz, me llamó otra vez: -Escoge, Angus. El otro lado te está esperando. Y allí me quedé, entre miedo y curiosidad, sin moverme, sin saber qué hacer... mientras todo a mi alrededor parecía observarme, esperando mi primer paso. --- Capítulo XIII - La elección Estaba allí, parado en el otro lado, rodeado de versiones de mí mismo y de sombras que parecían observarme. Cada paso que quería dar se sentía pesado, como si el aire estuviera hecho de dudas. La voz volvió, más clara que nunca: -Escoge, Angus. Quédate... o despierta. Quise gritar, pero no salió sonido. Solo podía escuchar mi propio corazón, latiendo como un tambor dentro de mi pecho. Miré a mi reflejo: él estaba sonriendo, seguro de sí mismo, invitándome a cruzar más adentro del otro lado. Mi cabeza daba vueltas. Todo me decía que siguiera, que cruzara, que descubriera la verdad. Pero algo dentro de mí dudaba. "¿Y si esto nunca termina? ¿Y si despierto y sigo atrapado en otra grieta, otra versión de mí mismo?" El silencio me rodeó. Las voces de todas las versiones de mí desaparecieron, y por un segundo todo fue solo yo y la grieta que me había traído aquí. Sentí un tirón, como si algo me jalara hacia la luz, hacia la oscuridad, hacia un lugar que no podía nombrar. Respiré hondo. Cerré los ojos. Y sentí que todo se dividía en dos caminos: uno brillante, lleno de luz imposible, y otro que parecía mi cuarto, tal como lo conocía, con la grieta esperando debajo de la cama. -Elige -susurró mi propia voz, desde dentro y desde afuera. Di un paso. Y otro. No supe si iba hacia la luz o hacia mi habitación. Solo sentí el aire envolviéndome, mezclando miedo, curiosidad y algo parecido a esperanza. Abrí los ojos. Estaba en mi cama. La lámpara encendida. El escritorio desordenado. Todo igual. Todo tranquilo. Pero la grieta seguía allí. Más oscura. Más profunda. Y de su interior, una mano blanca me observaba, esperando. Y por un instante... dudé. ¿Había despertado? ¿O todavía estaba dentro del otro lado? El susurro llegó otra vez, apenas audible: -Bienvenido, Angus. Siempre has estado aquí. --- Capítulo XIV - El final... o el comienzo Me levanté de la cama, tratando de convencerme de que todo había terminado. La lámpara estaba encendida, los papeles sobre el escritorio, la ventana abierta dejando entrar la luz de la mañana. Todo parecía normal. Respiré hondo. Tal vez había sido un sueño. Tal vez... Mis ojos bajaron hacia el piso. La grieta seguía ahí. Una línea negra, perfecta, atravesando las baldosas, como si nada de lo que había pasado hubiera alterado su calma aparente. Una brisa fría se deslizó por la habitación. Escuché un susurro: mi nombre, pero no exactamente mío. Era más profundo, más antiguo, más... paciente. -Angus... Di un paso atrás, pero mis pies parecían querer avanzar hacia ella. No había miedo esta vez, solo una sensación extraña de inevitabilidad, como si siempre hubiera estado esperando por mí. Miré alrededor, tratando de encontrar señales de que todo era real, pero no había nada. Solo la grieta. Solo su resplandor oscuro, que ahora parecía respirar, moverse, vivir. Extendí la mano, dudando. Y por un instante, me sentí dividido: una parte de mí quería tocarla, otra quería correr, y otra... sabía que ya no había vuelta atrás. El silencio llenó la habitación. La grieta me observaba. Y yo, de alguna manera, sabía que me estaba llamando. Di un paso más. Y todo quedó en suspenso. Porque tal vez había despertado. O tal vez nunca lo haría. Y la grieta... seguía allí.

Angus descubre una grieta misteriosa en su habitación que lo transporta a un pasillo oscuro y lleno de voces. A medida que se adentra en este mundo, se enfrenta a su reflejo y debe decidir si quedarse atrapado o despertar a la verdad.

Capítulo I - El susurro No me animé a moverme al principio. Me quedé quieto, con la respiración contenida, tratando de distinguir si ese aliento era mío o de otro. No había nada. Ni pasos, ni crujidos, ni la típica vibración de la calle que se cuela en las paredes. Solo el aire espeso, demasiado denso para ser natural. Miré alrededor. La habitación era la misma de siempre: el escritorio con los papeles desordenados, la lámpara encendida apenas iluminando un rincón, la cama sin hacer. Y, sin embargo, algo había cambiado. Lo sabía con una certeza que no podía explicar. Di un paso hacia la puerta. El suelo no crujió, aunque siempre lo hacía. Eso me inquietó todavía más. Toqué el picaporte. Estaba frío, como si no perteneciera a esa casa. La abrí. El pasillo estaba oscuro, más largo de lo normal, como si la casa hubiera estirado sus huesos mientras yo no miraba. El susurro volvió, esta vez más claro, como una voz que decía mi nombre. -...Angus... Me paralicé. Nunca había escuchado mi nombre dicho de esa forma: no era un llamado, era casi una advertencia. Me incliné hacia adelante, tratando de ver de dónde venía. La penumbra parecía tragarse todo a pocos metros, y sin embargo juraría que alguien estaba allí, mirándome. Sentí un impulso extraño, una mezcla de miedo y necesidad. Avancé. Cada paso era un desafío contra mis propios sentidos: el pasillo no terminaba, las paredes parecían encogerse y, a veces, me parecía que caminaba en círculos dentro de la misma sombra. De pronto, la lámpara del cuarto se apagó detrás de mí. Giré para mirar, y la puerta ya no estaba. El pasillo me había encerrado. El susurro volvió, ahora más fuerte, repetido por varias voces al mismo tiempo. No distinguía palabras, solo un murmullo que me atravesaba los huesos. Apoyé la mano en la pared para orientarme. Fue un error: la superficie era blanda, casi como piel. La retiré de golpe, y quedé con la sensación pegada en los dedos. No sabía si avanzar o quedarme inmóvil. Pero entonces, lo escuché otra vez. Esta vez fue claro. -No despiertes. --- Capítulo II - La grieta Me quedé quieto. La voz aún resonaba en mi cabeza, como si no hubiera salido del pasillo, sino de adentro de mí. No despiertes. ¿Entonces estaba dormido? Pero, si lo estaba... ¿por qué el frío en mis manos era tan real? Avancé. No sé cuánto tiempo caminé. El pasillo parecía infinito, y cada tanto las sombras se movían aunque yo no respirara. Empecé a notar un detalle perturbador: no tenía sombra propia. Miraba mis pies, estiraba la mano hacia la pared, pero nada me seguía. La pared volvió a temblar, como si latiera. Apoyé el oído y escuché algo que me heló la sangre: un golpe rítmico, como un corazón. Y dentro de ese ritmo, una respiración. No era la mía. Retrocedí, pero el suelo crujió como si hubiera dado un paso en falso. El pasillo se quebró en un ruido seco, y apareció una grieta en el piso. De esa grieta salía un aire cálido, casi húmedo, que olía a tierra recién removida. Me incliné a mirar. No había fondo. O mejor dicho... el fondo se movía. Algo estaba allí, girando, esperando. Entonces lo escuché de nuevo, pero esta vez no era un susurro: era una multitud de voces, superpuestas, repitiendo lo mismo: -Estamos aquí. Di un paso atrás. No podía estar loco, no tan pronto. Traté de gritar, pero la voz se quedó atrapada en mi garganta. Un parpadeo. El pasillo desapareció. Ahora estaba en mi cuarto otra vez, parado frente al escritorio, con la lámpara encendida. Todo era igual que al principio. Cerré los ojos, tratando de convencerme de que había sido un sueño. Cuando los abrí, vi el detalle que me hizo perder el aire: en el suelo, a centímetros de mi pie, había una marca. Una línea fina, oscura, que atravesaba las baldosas. Una grieta. Y de allí salía el mismo aire cálido. --- Capítulo III - La figura Me arrodillé frente a la grieta. Era pequeña, apenas una línea, pero se extendía lentamente, como si estuviera viva. La toqué con la punta de los dedos: estaba tibia, demasiado para ser parte del piso de mi cuarto. De pronto, la lámpara titiló. Una, dos, tres veces, hasta apagarse. El cuarto quedó en penumbras, iluminado apenas por la luna que entraba desde la ventana. Fue entonces cuando lo vi. Una figura. De pie, en el rincón más oscuro. No se movía. No respiraba. Solo estaba allí, observando. No distinguía su rostro, pero sus ojos... no, no eran ojos. Eran dos vacíos brillantes, como si detrás de ellos hubiera algo que no debía mirar. -Angus... -dijo, con una voz que era la suma de todas las que había escuchado en el pasillo. Me levanté de golpe, retrocediendo. Quise encender la lámpara, pero mis dedos temblaban demasiado para girar el interruptor. La figura dio un paso hacia mí. El suelo crujió, y la grieta se extendió bajo sus pies. De la abertura empezó a salir un murmullo, como si cientos de personas hablaran al mismo tiempo desde debajo de la tierra. -No despiertes -repitió la figura, pero esta vez con tono de orden, no de advertencia. La ventana se cerró de golpe. El aire se volvió espeso, casi irrespirable. Yo estaba atrapado. Intenté gritar, pero lo único que salió de mi boca fue un susurro idéntico al suyo: -No despiertes. En ese momento entendí algo que no quería entender: esa voz ya no era ajena. Era mía. --- ... Y allí me quedé, parado, entre mi cuarto y la grieta, entre lo real y lo imposible, sin saber si debía tocar... o retroceder para siempre.

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Publicado el 14/04/2026

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