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Gratis · elegí una vozTomás, un niño de diez años con ojos brillantes y una sonrisa contagiosa, era un pequeño misionero. Había viajado con sus padres a lo profundo de la selva amazónica para ayudar a una comunidad indígena. Le encantaba aprender sobre las costumbres de la gente, jugar con los niños y compartir historias de su hogar. Pero lo que más le gustaba era explorar la selva. Siempre con el permiso de sus padres, claro.
Un día, mientras caminaba cerca del río, Tomás escuchó un sonido extraño, como un lamento suave y melodioso. Siguió el sonido entre los árboles altos y las enredaderas gruesas, hasta que llegó a un claro. Allí, sentado sobre una roca cubierta de musgo, vio a una criatura que nunca antes había visto. Era un ser pequeño, no más alto que Tomás, con la piel verde brillante y grandes ojos ambarinos. Tenía un cabello largo y negro adornado con plumas de colores y vestía una túnica hecha de hojas tejidas.
Tomás se quedó paralizado por un momento. ¿Qué era esa cosa? Había escuchado historias sobre criaturas míticas que vivían en la selva, pero nunca pensó que vería una con sus propios ojos.
La criatura levantó la vista y vio a Tomás. Sus ojos se llenaron de sorpresa, pero no de miedo. Lentamente, le hizo una señal a Tomás para que se acercara.
Tomás, sintiendo una curiosidad irresistible, se acercó con cautela. "¿Quién eres?" preguntó en voz baja.
La criatura sonrió, mostrando unos dientes pequeños y puntiagudos. "Soy Curupira," respondió. "Soy el guardián de la selva."
Tomás había oído hablar del Curupira. Se decía que era un duende travieso que protegía a los animales y las plantas de la selva. Se decía también que tenía los pies al revés para confundir a los cazadores y madereros que intentaban dañar la selva.
"¿Es verdad que tienes los pies al revés?" preguntó Tomás, no pudiendo evitar la curiosidad.
Curupira se rió. "¡Claro que sí! Es la mejor manera de proteger mi hogar," dijo. Mostró sus pies, y Tomás vio que, efectivamente, los dedos apuntaban hacia atrás.
Tomás estaba fascinado. "¿Por qué estás triste? Te escuché llorar," preguntó.
Curupira suspiró. "La selva está sufriendo," dijo. "Los hombres están talando los árboles, contaminando el río y asustando a los animales. Ya no respetan la naturaleza."
Tomás se sintió triste al escuchar esto. Él también amaba la selva y quería protegerla. "¿Qué podemos hacer?" preguntó.
Curupira pensó por un momento. "Necesitamos que la gente entienda la importancia de la selva," dijo. "Necesitamos que aprendan a vivir en armonía con la naturaleza. Necesitamos un mensajero."
Curupira miró a Tomás con sus grandes ojos ambarinos. "Tú eres un niño bueno y tienes un corazón puro. ¿Quieres ser mi mensajero?"
Tomás se sintió honrado. Asintió con entusiasmo. "¡Sí, quiero!" dijo.
Curupira le sonrió. Le entregó una pequeña semilla brillante. "Esta semilla representa la vida de la selva," dijo. "Llévatela contigo y plántala en un lugar especial. Cuídala y observa cómo crece. A medida que la semilla crezca, también crecerá la conciencia de la gente sobre la importancia de la selva."
Tomás tomó la semilla con cuidado. Prometió a Curupira que la cuidaría y que haría todo lo posible para proteger la selva. Curupira le enseñó a Tomás sobre las plantas medicinales, los animales sagrados y la importancia de respetar la naturaleza.
Tomás regresó a su campamento con la semilla y una nueva misión. Compartió lo que había aprendido con sus padres y con la comunidad indígena. Juntos, plantaron la semilla en un lugar especial cerca del río. La cuidaron con esmero y, poco a poco, la semilla comenzó a brotar.
A medida que la planta crecía, Tomás compartía las historias de Curupira y la importancia de proteger la selva con todos los que conocía. Poco a poco, la gente comenzó a entender y a cambiar sus hábitos. Empezaron a plantar más árboles, a limpiar el río y a respetar a los animales.
Tomás, el pequeño misionero, se había convertido en el mensajero de la selva. Y gracias a él, y a la magia de Curupira, la selva amazónica comenzó a sanar.
Un día, Tomás regresó al claro donde había conocido a Curupira. Lo encontró sentado en la misma roca, sonriendo. "Has hecho un buen trabajo, pequeño mensajero," dijo Curupira. "La selva está agradecida."
Tomás sonrió. Sabía que todavía había mucho trabajo por hacer, pero también sabía que, con la ayuda de Curupira y la comunidad, la selva estaría protegida para siempre.
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