El viaje de Akatzin al Mictlán
Akatzin, el fiel xoloitzcuintle de Izel, emprende un viaje al Mictlán para reencontrarse con su amo fallecido. En su camino, enfrenta peligros y desafíos, pero su amor y lealtad lo guían. Akatzin debe aceptar un sacrificio para salvar a Izel, y su espíritu reencarna con una nueva misión en la Tierra.

Tenochtitlán, la majestuosa capital, había quedado reducida a escombros. Los mexicas, agotados y sin recursos, resistían en Tlatelolco, su ciudad hermana. Los guerreros águila caían en batalla, las armas temblaban en sus manos debilitadas, y la desolación dominaba las calles. Cuauhtémoc, el último emperador mexica, dio la orden de replegarse. Unas viejas canoas representaban su única esperanza de escapar. Los guerreros encomendados a Huitzilopochtli subieron apresurados a las embarcaciones. Akatzin, fiel a su lado, se lanzó al agua y trepó a una de las canoas mientras avanzaban por los canales. Al llegar a una aldea remota, escucharon el rumor de que Cuauhtémoc había sido capturado. Los guerreros recibieron la noticia con tristeza, pero lo que verdaderamente los devastó fue el estado de Izel. Su piel estaba cubierta de manchas rojas, y el cuerpo le ardía de fiebre. La enfermedad lo consumía rápidamente, y su respiración se volvía cada vez más pesada. Todas las mañanas, Akatzin entraba en la habitación que los aldeanos le habían asignado a su amo y trataba de comunicarse con él. —¿Cuándo te vas a recuperar? Quiero volver a correr contigo —ladraba con ansiedad. Para Akatzin, Izel era su universo entero. La única respuesta que recibía eran débiles susurros. —Tranquilo, amigo, no hagas tanto ruido. Te van a sacar de aquí —susurraba Izel, acariciando la cabeza de su fiel xoloitzcuintle con las últimas fuerzas que le quedaban. —¿Por qué no contestas? ¿Acaso no me escuchas? — ladraba el perro, mirando fijamente a Izel, con la esperanza de que su amo pudiera entenderlo. —Tranquilo, todo estará bien, amigo, todo estará bien— murmuró Izel, antes de que el alma escapara de su cuerpo. Al oír los ladridos desesperados de Akatzin, varios guerreros entraron a la habitación. Al ver al perro intentando despertar a su amo, comprendieron la triste verdad. Izel yacía inmóvil, sus ojos fijos en Akatzin, mientras el can aullaba con desconsuelo, como si pidiera un milagro que jamás llegaría. —Vamos, te llevaré a un lugar — dijo el guerrero más veterano con su voz grave, dirigiéndose al afligido perro, mientras le señaló una laguna cercana. El perro lo siguió como si entendiera náhuatl. Al llegar, el veterano lo ayudó a entrar en el agua. —Nada hasta que tus fuerzas se agoten. En el fondo de esta laguna, encontrarás a tu amo —susurró, abrazando al xoloitzcuintle con una dulzura inesperada en su ruda apariencia. Akatzin lamió la mejilla del guerrero y movió la cola suavemente, como si comprendiera que su reencuentro con Izel no sería en esta tierra. Cuando sumergió sus patas en el agua helada, un estremecimiento recorrió su cuerpo. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no era agua corriente; en su superficie, la figura de Mictlantecuhtli se reflejaba. Y en un parpadeo, Akatzin sintió su cuerpo volverse ligero, como si su alma se separara del mundo terrenal. El Mictlán era un lugar misterioso y desafiante, compuesto por nueve niveles, cada uno más peligroso que el anterior. En Itzcuintlan, el primer nivel, Izel avanzaba desconcertado. El aire frío y denso oscurecía su entorno, haciéndole difícil distinguir entre lo real y lo irreal, hasta que un sonido familiar lo detuvo en seco. —¡Izel, ya estás de pie, te extrañé! —Ladró un perro. La silueta de Akatzin, su leal xoloitzcuintle, se comenzó a volver más nítida frente a él corriendo alegremente en círculos. Su inconfundible lunar en forma de serpiente resaltaba en su mejilla. —¡Sígueme! —ladró el perro, adentrándose en el río ancho y turbulento que se extendía ante ellos. Sin pensarlo, Izel se aferró al cuello de su compañero y juntos atravesaron el agua turbulenta. Al llegar a la orilla, se encontraron en el segundo nivel, Tepetl Monamicyan, donde dos colosos de piedra bloqueaban su camino. De repente, las montañas comenzaron a moverse, provocando estruendosos terremotos que hicieron temblar el corazón del xoloitzcuintle. De pronto un estrecho sendero se abrió entre las enormes montañas, mientras gigantescas piedras caían al camino. El guerrero Izel corrió decidido por el sendero, pero Akatzin quedó inmóvil, invadido completamente por el miedo. —¡Corre, Akatzin, ahora! —gritó Izel, viendo cómo el camino se hacía cada vez más estrecho. El tiempo se agotaba. El llamado de su amo lo despertó, y con un último esfuerzo, el xoloitzcuintle corrió, extendiendo sus patas a toda velocidad. Pero justo cuando iba a alcanzarlo, una gigantesca piedra bloqueó el camino. Luego tembló y las montañas volvieron a juntarse. Akatzin quedó anonadado, en completo silencio, de repente, de la oscuridad emergió un esqueleto enorme frente a él, con los pies invertidos y cabeza de perro. —Lamento informarte que estas montañas volverán a separarse en la próxima Huey Miccailhuitl, la fiesta de los muertos, dentro de un año.—. El can sentía que las palabras taladraban su pecho. Aquel ser imponente frente a él no podía ser otro más que Xólotl, el dios perro. El xoloitzcuintle lloró, sus orejas se abatieron y su cola, antes orgullosa, ahora se escondía entre sus patas. Había fallado, y lo sabía. —Te daré una oportunidad de salvar a Izel —continuó Xólotl, al observar la tristeza de Akatzin—, pero deberás guiar a un humano en su momento más crucial en la Tierra. Sin embargo, hay una condición, perderás tu memoria. No recordarás quién eres ni tu misión. El perro bajó la cabeza y aceptó. Cerró los ojos y, cuando los volvió a abrir, había reencarnado.
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