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Gratis · elegí una vozLuna Lunera era una niña que amaba las estrellas más que a los caramelos. Cada noche, se sentaba en el balcón de su casa, con su telescopio de juguete, y observaba la luna. Soñaba con saltar entre sus cráteres y saludar a las constelaciones. Un día, Luna Lunera tuvo una idea brillante: ¡construiría su propio cohete para viajar a la luna!
No tenía ni cohetes reales, ni trajes espaciales, pero tenía algo mucho mejor: imaginación. Con cajas de cartón, rollos de papel higiénico, pegamento, pintura brillante y la ayuda de su abuelo, Don Saturno, comenzó a construir su nave espacial. Don Saturno, un viejo inventor con el pelo blanco como la luna llena, siempre apoyaba las ideas de Luna Lunera, por más disparatadas que parecieran.
"¿Estás segura de que este cohete de papel nos llevará a la luna, Lunita?" preguntó Don Saturno, guiñando un ojo.
"¡Por supuesto, abuelo!", respondió Luna, con los ojos brillando. "¡Este cohete funciona con sueños y la magia de las estrellas!"
Después de muchos días de trabajo, el cohete estaba listo. Era una maravilla de colores y formas. Tenía alas de cartón pintadas con estrellas fugaces, una antena hecha con un tenedor viejo y una ventana redonda, por donde Luna Lunera podría ver el espacio. Lo llamaron "El Sueño Lunar".
La noche del lanzamiento, Luna Lunera y Don Saturno llevaron el cohete al jardín. Luna se puso su pijama de estrellas y Don Saturno encendió una linterna para simular el despegue. Luna se sentó dentro del cohete, cerró los ojos y comenzó a imaginar. Imaginó que El Sueño Lunar se elevaba suavemente, dejando atrás la Tierra. Imaginó que veía las estrellas de cerca, brillantes y coloridas como nunca antes.
De repente, sintió un pequeño temblor. Abrió los ojos y vio que el jardín había desaparecido. En su lugar, había un paisaje blanco y lleno de cráteres. ¡Había llegado a la luna!
"¡Abuelo, lo logramos!", gritó Luna Lunera, emocionada.
Pero Don Saturno no estaba allí. En su lugar, vio a un pequeño conejo lunar con grandes orejas y un chaleco plateado. El conejo sonrió y le hizo una señal para que lo siguiera.
Luna Lunera salió del cohete y siguió al conejo lunar. Juntos, exploraron la luna. Saltaron entre los cráteres, jugaron con las estrellas fugaces y conocieron a otros habitantes lunares: unos pequeños seres hechos de polvo de estrellas que reían con voces melodiosas.
El conejo lunar le mostró a Luna Lunera un lugar secreto: un jardín lleno de flores que brillaban con luz propia. Cada flor tenía un pétalo con el nombre de un niño que soñaba con la luna. Luna Lunera encontró una flor con su nombre y la tocó suavemente. Sintió una corriente de energía que la llenó de alegría y esperanza.
Después de un rato, el conejo lunar le dijo a Luna Lunera que era hora de regresar a la Tierra. La llevó de vuelta al cohete y le dio un pequeño cristal lunar como recuerdo. Luna Lunera se despidió del conejo y se sentó en El Sueño Lunar. Cerró los ojos y pensó en su casa, en su abuelo y en su cama.
Cuando abrió los ojos, estaba de nuevo en el jardín. Don Saturno estaba dormido en una silla, con la linterna apagada en su regazo. Luna Lunera se acercó a él y lo despertó con un beso.
"Abuelo, ¡estuvimos en la luna!", exclamó Luna, mostrando el cristal lunar.
Don Saturno sonrió y abrazó a Luna Lunera. "Lo sé, Lunita. Yo también lo soñé".
Luna Lunera nunca olvidó su viaje a la luna. Guardó el cristal lunar en su mesita de noche y cada noche, antes de dormir, lo miraba y recordaba la magia de su aventura. Sabía que, con imaginación y la ayuda de las personas que te quieren, cualquier sueño es posible, incluso viajar a la luna en un cohete de papel.
Al día siguiente, Luna Lunera y Don Saturno decidieron no guardar el cohete. Lo dejaron en el jardín para que todos los niños del barrio pudieran jugar y soñar con viajar a la luna, porque, como decía Luna Lunera, "la luna es para todos los que sueñan con ella". Y así, El Sueño Lunar se convirtió en un símbolo de la imaginación y la esperanza, un recordatorio de que los sueños, aunque parezcan imposibles, pueden hacerse realidad si crees en ellos con todo tu corazón.
Desde ese día, Luna Lunera siguió amando las estrellas, pero ahora, cada vez que miraba la luna, no solo veía un satélite lejano, sino un lugar lleno de magia, amigos y la promesa de que cualquier sueño, por más descabellado que sea, puede hacerse realidad con un poco de imaginación y la compañía de un abuelo que cree en ti. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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