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Había una vez una niña llamada Martina que vivía en una casa donde ella era la reina absoluta. Martina tenía siete años, una colección de dinosaurios de plástico perfectamente ordenados y el control total sobre el mando de la televisión cada sábado por la mañana. Sus padres, a quienes ella consideraba sus súbditos más leales, siempre tenían tiempo para leerle tres cuentos antes de dormir y para preparar panqueques con forma de tiranosaurio Rex. Pero un día de primavera, la paz del reino de Martina se vio amenazada por una noticia devastadora: iba a tener un hermano. Mientras sus padres rebosaban alegría, Martina sentía que su mundo se desmoronaba. No quiero hermanos, declaró con los brazos cruzados durante la cena. Los hermanos rompen los juguetes, lloran como sirenas de ambulancia y huelen a puré de guisantes. Sus padres rieron suavemente, asegurándole que el amor no se dividía, sino que se multiplicaba, pero Martina no estaba convencida. Para ella, un hermano no era una suma, era una resta: menos tiempo, menos espacio y, definitivamente, menos panqueques.
Los meses pasaron y la barriga de su madre creció hasta parecer una sandía gigante. Martina intentó ignorar la situación. Se puso audífonos cuando sus padres armaban la cuna y cerró los ojos cuando trajeron bolsas llenas de ropa diminuta que parecía de muñeca. Es para Lucas, decían ellos con ilusión. Martina solo resoplaba. Ella no necesitaba a un Lucas; ella tenía a su mejor amigo, un estegosaurio de goma llamado Púas, que no lloraba ni necesitaba pañales. La niña incluso elaboró un plan secreto llamado Operación Única Hija, que consistía en demostrar que ella sola bastaba para llenar la casa de ruido y diversión. Bailaba tap en el pasillo, cantaba ópera en la bañera y dibujaba murales gigantes en papel continuo. Sin embargo, sus padres, aunque la aplaudían, seguían hablando del pequeño Lucas.
Finalmente, el día llegó. Martina se quedó en casa de su abuela mientras el intruso hacía su gran entrada. Cuando regresó a casa, el ambiente era distinto. Había un olor a talco y leche tibia que invadía la sala. Sus padres estaban sentados en el sofá, luciendo cansados pero con unas sonrisas que Martina nunca había visto. En medio de ellos, un bulto envuelto en una manta azul se movía ligeramente. Acércate, Martina, susurró su padre. Ella caminó con pasos pesados, como un dinosaurio enfadado. Al asomarse, vio una cara arrugada, roja y muy pequeña. Lucas no parecía un rey, ni siquiera un príncipe; parecía una uva con hipo. Es feo, sentenció Martina. Pero en ese momento, el bebé abrió los ojos y, por un segundo, la miró fijamente. No hizo nada más, pero Martina sintió una extraña punzada en el pecho que decidió ignorar de inmediato.
Las primeras semanas fueron tal como Martina había temido. El bebé lloraba a las tres de la mañana, interrumpiendo sus sueños sobre expediciones en la selva. Sus padres siempre estaban ocupados esterilizando biberones o intentando que Lucas durmiera. Martina se sentía como una astronauta abandonada en una estación espacial lejana. Un martes por la tarde, mientras Martina intentaba construir la torre de bloques más alta del mundo, Lucas comenzó a berrear desde su balancín. Sus padres estaban en la cocina limpiando un desastre de papilla. ¡Cállate, intruso!, susurró Martina con frustración. Pero el bebé no se calló. Al contrario, sus gritos subieron de volumen. Martina, desesperada por el ruido, recordó algo que su abuela decía: a los bebés les gusta el ritmo. Sin muchas ganas, Martina tomó su tambor de juguete y empezó a tocar un ritmo suave. Luego, casi sin darse cuenta, empezó a contarle la historia de cómo los dinosaurios dominaron la Tierra.
Para su sorpresa, Lucas dejó de llorar. Sus ojos grandes y oscuros se clavaron en ella con una curiosidad genuina. Martina se acercó un poco más. Y entonces, el Triceratops usó sus cuernos para proteger a su familia, continuó ella, moviendo sus figuras de plástico frente a la cara del bebé. Lucas soltó una risita burbujeante y estiró una mano diminuta, atrapando accidentalmente el dedo meñique de Martina. Su agarre era sorprendentemente fuerte. Martina sintió un calorcito que le recorrió el brazo. Bueno, pensó, al menos sabe escuchar buenas historias. A partir de ese día, algo empezó a cambiar en el reino. Martina ya no veía a Lucas como un enemigo, sino como un aprendiz de caballero o, mejor aún, como un futuro paleontólogo.
Con el paso de los meses, Lucas empezó a gatear, y aunque es cierto que tiró algunas de las torres de Martina, también aprendió a aplaudir cuando ella terminaba de leer un libro. Martina descubrió que tener un hermano no significaba que sus padres la quisieran menos; de hecho, ahora tenía dos personas más a quienes enseñarles todo lo que sabía. Una tarde de lluvia, mientras ambos estaban sentados en la alfombra rodeados de juguetes, Martina le puso a Lucas un pequeño gorro de explorador. Sus padres los observaban desde la puerta, conmovidos. Martina miró a su hermano, que intentaba morder la cola de un tiranosaurio, y sonrió. Escucha, Lucas, le dijo muy seria, ser el hermano de la reina no es fácil, pero te voy a enseñar los mejores trucos para sobrevivir en esta selva. Lucas respondió con un balbuceo alegre que sonó sospechosamente a un rugido. Martina se dio cuenta de que, aunque no había pedido un hermano, Lucas era la pieza del rompecabezas que no sabía que le faltaba. El reino ya no era solo de ella, pero ahora era mucho más divertido, porque las aventuras son siempre mejores cuando se comparten con alguien que te mira como si fueras la persona más increíble del mundo.
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