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Gratis · elegí una vozEra una vez, en un bosque lleno de árboles altos y hojas coloridas, una ardilla llamada Tito. A Tito le encantaban las nueces más que a nada en el mundo. Las nueces crujientes, dulces y llenas de energía eran su tesoro más preciado. Para asegurarse de que nunca se le acabaran, Tito guardaba todas sus nueces en un tronco hueco que había encontrado cerca de un roble gigante. El tronco era su despensa secreta, llena hasta el tope de nueces de todos los tamaños y formas.
Un día soleado, mientras Tito buscaba nueces debajo de un nogal, ¡la vio! Era una ardilla pequeña, con un pelaje suave y brillante, y una cola esponjosa que se movía con gracia. Tito nunca había visto una ardilla tan hermosa. Su corazón de ardilla latió con fuerza, y sintió un cosquilleo en la punta de su nariz. Estaba completamente enamorado.
Decidido a llamar su atención, Tito pensó en lo que más le gustaba a todas las ardillas: ¡nueces! Corrió rápidamente hacia su tronco hueco y sacó las nueces más grandes y jugosas que encontró. Regresó con la ardilla bonita y, con una sonrisa nerviosa, le ofreció su regalo. "Hola", dijo Tito, con la voz un poco temblorosa. "Te regalo estas nueces. Son las mejores que tengo."
La ardilla bonita, cuyo nombre era Lila, tomó las nueces sin decir una palabra y comenzó a comerlas con gusto. Tito se quedó mirándola, embelesado. Cuando Lila terminó, simplemente se dio la vuelta y se fue, sin siquiera agradecerle. Tito se sintió un poco decepcionado, pero también emocionado. ¡Lila había aceptado sus nueces! Eso significaba algo, ¿verdad?
Al día siguiente, Tito volvió a buscar nueces y, una vez más, se encontró con Lila. Sin dudarlo, corrió a su tronco hueco y le llevó aún más nueces, incluso mejores que las del día anterior. Lila las tomó con la misma indiferencia y se fue, pero Tito no se rindió. Le encantaba la atención de Lila, aunque fuera breve y silenciosa.
Así pasó el tiempo. Tito, impulsado por su amor, vació su tronco hueco de todas sus nueces. Cada día le llevaba a Lila las mejores nueces que encontraba, esperando ganarse su afecto. Estaba tan concentrado en impresionar a Lila que no se dio cuenta de que el otoño avanzaba rápidamente y que el invierno se acercaba.
Un día, Tito fue a buscar nueces a su tronco hueco, esperando encontrar suficientes para regalarle a Lila. Pero, ¡horror!, el tronco estaba vacío. ¡No quedaba ni una sola nuez! Tito se dio cuenta de que había regalado todas sus provisiones y que el invierno estaba a la vuelta de la esquina. ¿Cómo iba a sobrevivir?
El pánico invadió a Tito. Corrió por el bosque, buscando desesperadamente nueces que se le hubieran escapado a otras ardillas, pero ya era demasiado tarde. Todas las nueces habían sido recolectadas y guardadas para el invierno. Tito se dio cuenta de que había sido un tonto. Había sacrificado su propia supervivencia por una ardilla que apenas lo notaba.
Hambriento y desanimado, Tito se sentó al pie de un árbol, sintiéndose miserable. Apoyó su cabeza en sus patas y suspiró. "¿Qué voy a hacer?", se lamentó. "Voy a pasar hambre todo el invierno."
De repente, ¡una nuez le cayó en la cabeza! Tito se sobresaltó y miró hacia arriba. Para su sorpresa, ¡era Lila! Ella lo miraba desde una rama alta, con una expresión preocupada en su rostro.
"Tito", dijo Lila, con una voz suave que Tito nunca antes había escuchado. "He estado buscándote. Sabía que te estabas quedando sin nueces. Quiero que pases el invierno conmigo."
Tito estaba confundido. "¿Contigo? Pero… ¿por qué?", preguntó.
Lila bajó de la rama y se acercó a Tito. "Porque tú fuiste quien me ayudó a recolectar toda esta comida", explicó. "Mientras me dabas las nueces, yo las escondía en mi propio escondite. Sabía que estabas regalando todo lo tuyo, y quería asegurarme de que tuviéramos suficiente para los dos."
Tito se quedó boquiabierto. Lila había estado recolectando las nueces que él le había dado, no para comérselas ella sola, sino para guardarlas y compartir el invierno con él. Se dio cuenta de que Lila no era tan indiferente como él había pensado. Ella lo había estado observando y se preocupaba por él.
Desde ese día, Tito y Lila se hicieron inseparables. Pasaron el invierno juntos, acurrucados en el escondite de Lila, comiendo las nueces que habían recolectado. Aprendieron a trabajar en equipo y a cuidarse mutuamente. Y, lo más importante, Tito aprendió que el amor verdadero no se trata de darlo todo sin pensar, sino de compartir y construir juntos. Desde entonces, cada otoño, Tito y Lila recolectaban nueces juntos, preparándose para el invierno, no solo como compañeros, sino como una familia de ardillas muy enamoradas.
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